Skip to main content

Full text of "Papeles viejos é investigaciones literarias"

See other formats


i* 



PAPELES VIEJOS 

É 

INVESTIGACIONES LITERARIAS. 



"'PAPELES VIEJOS 



INVESTIGACIONES LITERARIAS 



POR 



MANUEL OSSORIO Y BERNARD 



— — '-OOO-— — 




MADRID 

Imprenta y Litografía de Julián Palacios 
Arenal, 27. - Teléfono 133. 



1890. 



PERIODISMO MADRILEÑO 
1788-1888 



I 

Dado el prodigioso desarrollo que en la capital 
de España ha logrado el periodismo, cuesta verda- 
dero trabajo darse cuenta de lo que pudo ser hace 
un siglo. Para intentarlo siquiera con ciertas condi- 
ciones de éxito, sería forzoso trasladarnos con la 
imaginación al reducido piso entresuelo de la Puer- 
ta del Sol, donde el alemán D. Santiago Thewin, 
editor con privilegio del Diario de Madrid, se dis- 
pone á trazar el número destinado á publicarse en 
20 de Julio de 1788. 

Thewin, que llorando muerto el antiguo Diario 
lo logró resucitar dos años antes del citado, y que 
desde Enero de 1788 le puso el título citado de Dia- 
rio de Madrid \ se pasea por la habitación, detenién- 
dose á veces junto al balcón, por cuyos vidrios ver- 
dosos se ve el nuevo y suntuoso edificio de la Casa 



de Postas, el mezquino pórtico del Buen Suceso, el 
convento de San Felipe, con sus gradas y cova- 
chuelas, y la modesta fuente llamada Mariblanca, 
cuyo exiguo caudal hace que formen cola junto ai 
pilón, aguardando turno y promoviendo continuas 
reyertas, infinitos aguadores. Madrid, en los vera- 
nos, se muere de sed, y es de temer que algún des- 
perfecto en los viajes ó fuentes obligue á los ma- 
drileños á beber agua de los pozos. 

El director del Diario de Madrid, que ha viaja- 
do por otros países , quisiera traer al suyo adoptivo 
procedimientos y sistemas que dieran interés á su 
publicación, y eso es lo que motiva actualmente 
sus cavilaciones. 

— Para eso, — dice hablando consigo mismo, — se- 
ría necesario pagar los trabajos literarios que se 
destinan á la publicación... Aquí debería darse por 
cada discurso curioso ó erudito 10 reales, y abun- 
darían los autores... pero aun no puede soportar 
este gasto el Diario. Habremos de reducirnos á lo 
que nos manden graciosamente, y examinaremos 
antes los demás periódicos del momento, por si en 
sus memorias , cartas y noticias, encuentro motivo 
de alguna contestación... ¡Juanl 

Un criado de mucha edad acude con tardo paso 
al llamamiento. 

— ¡Juan! ve al puesto de la Imprenta Real, en 
la calle de las Carretas, y tráeme la Gaceta de ayer 
viernes. Desde que el gremio de los ciegos anda en 
pugna con la Imprenta, nunca se puede comprar á 
buen tiempo el periódico de S. M. 

Minutos después, el director del Diario tiene en 
sus manos las ocho páginas en cuarto que constitu- 
yen el periódico oficial ; se sienta en un sillón de 
cuero verde y lee para sí, y aun comenta en voz 
alta, las noticias más interesantes. 

— ¡ Piola I Noticias de Stokolmo del 13 de Junio!... 
Se conoce que algún correo extraordinario las ha 



conducido... treinta y seis días nada más. ¿Y que 
dicen? ¡Yal... que la escuadra salió de Carlscrona 
el día 9, y que se van á conducir víveres y forrajes 
á Finlandia para un ejército de 40 á 50.000 hom- 
bres. [Malol Esta puja eterna de Turquía y de Ru- 
sia no lleva trazas de concluir. 

Noticias de San Petersburgo del 18 de Mayo... 
Dos mesecitos justos. « Se ha hecho cargo de la es- 
cuadra del Mar Negro Pablo Jones.» Esto que si- 
gue es más grave: «'Los turcos han destruido el 8 
de Mayo unas fortificaciones en la aldea polaca de 
Braha.» ¡ Y entretanto sigue el jaleo entre Austria y 
Turquía ; Suecia se dispone á declarar la guerra á 
Rusia, y en todos los países de Oriente continúan 
las levas y los subsidios extraordinarios , que son 
una ruina ! 

cA mediados de Abril llegó á Constantinopla 
el embajador otomano que estuvo en España.» No 
ha corrido mucho la noticia ; pero tampoco es de 
extrañar que invierta tres meses desde Constantino- 
pía, cuando esta misma Gaceta trae una carta de 
Valladolid fechada en xo de Mayo. 

Afortunadamente los pueblos modernos tien- 
den á facilitar las comunicaciones: aquí mismo 
se lee que va á establecarse cada quince días 
un correo entre Marsella y Smirna. Y con esto y 
las noticias de algunos nombramientos eclesiásti- 
cos y provisión de varas de alcalde, ya está vista 
la Gaceta, que para mi Diario no ofrece el menor 
interés. 

De las demás publicaciones de carácter periódi- 
co, habrá que descartar desde luego el Semanario 
Erudito, pues desde que se ha dado á publicar las 
obras de Macanaz tiene pocos atractivos. 

El Mercurio de España, en su último número, 
tampoco pasa de ser una ampliación de lo que ya 
ha publicado la Gaceta. Noticias de Turquía, de 
Italia, de Francia, de Alemania, de la Gran Lre- 



taña y de España. Por cierto que á algún Padre 
de la Compañía he oído que no debieran haber 
dado publicidad á la carta pastoral del obispo de 
Pistoya y Prato , que viene entre las noticias de 
Italia. 

Tampoco tiene importancia el cuaderno de este 
nuevo peiiódico, El Teniente del Apologista Univer- 
sal, que dirige D, Eugenio Habela, enderezador de 
los tuertos y desfacedor de los agravios hechos á la 
filosofía peripatética con la publicación de la Suma 
filosófica del P. Roselli. Otros asuntos de menor abs- 
tracción y mayor gusto buscan mis lectores. 

• Veamos el Memorial Literario. ¿Qué materias 
encierra? Continuación á la instrucción que debe- 
rán observar los corregidores y alcaldes mayores 
del Reino. — Extracto del discurso sobre el lujo de 
las señoras y proyecto de un traje nacional. — Con- 
tinuación á la Historia Natural de Tizón. — Conclu- 
sión de la vida literaria del célebre Dr. D. Francis- 
co Solano de Luque , su doctrina y descubrimien- 
tos médicos. — Libros nuevos. — Observaciones me- 
teorológicas, médicas y teatros. Algo de esto último 
pudiera utilizarse, si no resultara un poco antiguo. 

— [Hola, Juan! ¿Qué traes? 

— Pues El Correo de Madrid, que me tiene usted 
mandado que compre siempre. 

— |Ah! fecha 19 de Julio: ha salido con exacti- 
tud el papel de D. Lucas Alemán. Veamos su con- 
tenido: «Discurso dirigido á la Real Sociedad Ara- 
gonesa», por El Militar Ingenuo. «Continuación de 
la física.» [Demasiado científico todo esto ! «Carta 
quejándose, — y con mucha razón — de que no se 
puede ir á tertulia, teatro, ni otra función nocturna 
que acabe á las diez y medía de la noche , « mien- 
tras que las malignas cubas de potaje mal digerido 
persigan á las racionales narices», y pidiendo se 
concluyan pronto las minas ó cloacas que se están 
haciendo ya en Madrid.» La postdata es lo más cu- 



noso de este escrito, que hubiera pegado mejor en 
mi Diario. Y dice así : 

?Los buenos de los poceros han dado tambie'n 
en la gracia de incomodar y aun asustar á los veci- 
nos de Madrid por medio de un fenómeno raro , y 
es que al levantar la losa de los pozos de la inmun- 
dicia, en lugar de echar una porción de vinagre en 
ellos para precaverse del tufo que exhalan, arrojan 
dentro de los mismos una punta de cigarro ú otra 
materia encendida, de que resulta un tremendo y 
espantoso ruido á modo de trueno; noches pasadas 
alteró tanto la vecindad de mi casa y de otras in- 
mediatas, que, discurriendo fuese cosa de terremo- 
to, salieron muchas tías añejas en paños menores á 
sacudir las polillas de sus arrugados jamones á la 
calle, para escaparse del daño que discurrían les 
amenazaba.» 

¿Versitos ahora de D. Lucas? ¡No podían faltarl 
«Carta de una crítica-verbo-patética á un caballero, 
apreciándose de entendido. » Algo de esto, y con 
bastante mayor gracia, dijo Quevedo en la Cultila- 
tini-parla. Me parece que el bueno de D. Lucas, 
por mucho que escriba, no llegará jamás á la cele- 
bridad. 

[Siete periódicos nada menos, y ninguno me 
proporciona cuatro lineas para el mío!... 

Y el director del Diario sorbe un abundante 
polvo de rapé y abre la tapa de un pupitre forrado 
de verde bayeta, sacando un fajo de papeles. 

Reducido á sus propios elementos, manda al 
impresor, por conducto del criado viejo, la nota que 
le ha llevado el santero y el parte meteorológico, 
para el número del 20 de Julio de 1788. 

Los cultos dicen : San Elias, Santa Librada y 
Santa Margarita. Jubileo de Cuarenta Horas en la 
iglesia del Carmen Calzado. De la nota meteoroló- 



gica, lo más interesante es el termómetro Reaumur, 
que ha señalado á las siete de la mañana 2 5 grados, 
á las doce del día 27, y á las cinco de la tarde 27 
también. 

Para artículo de entrada — sigue diciendo The- 
win — tengo aquí varios: Examen de las ideas de los 
ciegos, Examen de los baños de agua mar... Irán cual- 
quier día de estos D. Joaquín Bogantes me ha 

prometido una carta contestación á la de D. Anto- 
nio Diego Contreras ; pero una cosa es prometer y 
otra cumplir. También me han anunciado otra car- 
ta de un proyectista , para que se establezcan en 
Madrid, como los hay en París, limpiadores de za- 
patos, á quienes llaman dccroteurs. Estos afrancesa- 
mientos, aunque sean inútiles y aun absurdos, lla- 
man siempre la atención. Aquí hay otro artículo 
en turno, Examen de algunos axiomas populares, 
que es muy á propósito. Como es algo corto, pon- 
dremos á continuación uno de los Avisos morales 
que tengo preparados. Vaya éste: 

«El infeliz gusto que tiene el hombre de hacerlo 
y decirlo todo, ha pervertido sus ideas. Estimamos 
más al médico que cura las enfermedades, que al 
que las precave; más al magistrado que juzga las 
querellas, que al que las apacigua \ más al general 
que gana batallas que al que sabe evitarlas para 
nuestro provecho, y más al que nos persuade con su 
elocuencia, que al que nos predica con su buen 
ejemplo.» 

Detrás de El aviso, una poesía. Por desgracia, 
hoy no tengo ningún soneto de los dedicados al du- 
que de Aliaga por lo bien que marcha en sus estu- 
dios, ni de los que dedican á La Tirana sus admi- 
radores, ni D. Francisco Gregorio de Salas, á pesar 
de su fecundidad, me tiene entregada ninguna de 
sus composiciones, después de la que ha disgustado 



á algunos descontentadizos, á pesar de tener estro- 
fas tan bien tomadas del natural como ésta: 

Erase una mujer vieja y fruncida, 
Morena, roma, calva y patituerta, 
Desdentada, arrugada y tierna de ojos, 
Corcovada, pequeña y consumida 

Y de un color, al fin, como una muerta; 
Con berrugas, con fuentes y anteojos, 
Perdida de obstrucciones y de Hatos 

Y otros mil enfermizos aparatos.» 

¡Ea! pondremos la fábula Júpiter, puesto que 
tengo tan poco donde escoger. 

Creo que con esto queda bien justificado el ca- 
rácter literario de la publicación, y por otra parte, 
tampoco puedo correrme mucho, porque reclaman 
espacio las Noticias particulares de Madrid. 

Vaya la primera la del real Monte de Piedad, 
honrando así la fundación del virtuoso Piquen 
Comprende el estado de empeños y desempeños de 
la primera semana de Junio ; anuncia que van á pa- 
sar á la sala de ventas 49 lotes, y consigna los so- 
corros del lunes y jueves de esta semana. En di- 
chos días ha socorrido á 260 personas con 54 290 
reales, y se ha reintegrado de 68.481, á que ascien- 
den 341 desempeños: las limosnas recibidas para 
culto de la capilla importan 657 rs. 

Para la sección de noticias sueltas tengo el ma- 
terial siguiente: 

Anuncio del traspaso de la relojería de la Ca- 
rrera de San Jerónimo, frente á la Fontana de Oro. 

El del quitamanchas Juan Manuel García, de la 
Corredera de San Pablo. 

Riña de gallos ingleses en la calle de la Made- 
ra; cuatro famosos aficionados, dos de ellos arma- 
dos con navajas. 

Anuncio de que se dará 50 reales de beneficio 
al que haya comprado en el Monte, por 30 reales, 



12 

una cadena de oro de dos ramales, con tres colgan- 
tes esmaltados. 

Pérdida de relojes: el que ha de entregarse en 
la embajada de Portugal, el de la calle del Limón 
de la Fuebla y el de la de los Preciados , el de la de 
Relatores y el de la de Alcalá. Muchos son, para 
que parezcan, tantos relojes perdidos. 

Sirvientes: el eclesiástico joven que pretende 
ser capellán ó encargarse de la educación de un 
niño (darán razón en el puesto del Diario de la Red 
de San Luis). 

Fiestas religiosas: la de la congregación de 
Nuestra Señora de la Piedad en la iglesia de San 
Millán, y la de la real archicofradía del Santísimo 
Sacramento de Santa María la Mayor. 

Teatros: en el de los Caños del Peral, á las ocho 
en punto, la ópera bufa intitulada El robo de la aldea- 
na, en la que hará la parte de primera dama la seño- 
ra r \ ere>a Oltrabelli. Vamos, hoy no canta la María 
Jacinta Galli, de la que decíamos recientemente: 

...¿Qué es aquesto, Anfión? ¿Qué dulce acento 
se escucha en los espacios carpetanos? 



Ese acento soberano, 
ese encanto, esa dulzura, 
esa acción y expresión pura 
que á la roca moverá, 
es la Galli portentosa, 
que en la corte venturosa 
de Madrid tenemos ya... 

Pero esta noche como si no la tuviéramos, desde 
el momento que no canta. Entre los dos actos ha- 
brá el baile intitulado El waushal de Londres, en el 
que hay un cuarteto grotesco, nuevo, compuesto 
por el señor Domingo Magni. 

En el de la calle de Ja Cruz, por la compañía 
de Martínez, la comedia intitulada La Xarretiera de 



— 13 — 



Inglaterra, un saínete y dos tonadillas. Siempre 
cantarán estas, como de costumbre, la Francisca 
Rodríguez, la Lorenza Correa y Miguel Garrido. 
A las cuatro y media. 

En el de la calle del Príncipe, por la compañía 
de Rivera, la comedia Pensar mal y obrar peor, es 
propio de hombres sin honor, con una tonadilla y el 
sainete La venganza del Zurdillo. (La entrada de 
anteanoche fué de 1.877 reales.) 

|Ah! Y no quiero que se me pase advertir á Hila- 
rio Santos, el impresor, que salve la errata de ayer 
y evite otras análogas para lo sucesivo. Ahí es nada. 
| Hablando de la obra de la calle Angosta de Peli- 
gros , haber puesto convento de Monas por Monjas! 

Y el Sr. Thewin, después de escribir en una cuar- 
tilla la rectificación mencionada y de entregarla, en 
unión de los demás originales , al criado Juan , que 
se apresuró á llevarlos á la planta baja de la casa 
donde estaba la imprenta de Hilario Santos, con 
sus dos prensas del antiguo régimen y el despacho 
principil del Diario, quedó en su habitación coor- 
dinando otros escritos, á pesar de tener ya comple- 
to el número del día 20. Aquel trabajo suplementa- 
rio tenía su explicación en que el día siguiente era 
domingo, y Thewin acostumbraba á santificar las 
fiestas, y el lunes no podía faltar á la corrida de to- 
ros, como que en ella habían de matar Francisco 
Herrera (a) el Curro, Joseph Ximénez y Joseph de 
Castro, por hallarse heridos, de resultas de la ante- 
rior corrida, Joaquín Rodríguez Costillares y Joseph 
Delgado, conocido más tarde por Pepe Illo. 

II 

Han pasado cien años, y en el trascurso de los mis- 
mos se ha efectuado la más portentosa revolución que 
registra la humanidad: las nuevas ideas, consagran- 
do derechos y determinando deberes en la misma, 



— 14 — 



han impreso nuevo rumbo á sus destinos: una acti- 
vidad antes desconocida se ha apoderado de las so- 
ciedades modernas, y la filosofía con sus abstrac- 
ciones, el arte con sus prodigios, la ciencia con sus 
descubrimientos y la industria con sus osadas aplica- 
ciones, han constituido una sociedad nueva, activa, 
emprendedora y acaso despreocupada en demasía. 

La vieja casuca de la Puerta del Sol en que hace 
cien años tenía Thewin su despacho y Santos su im- 
prenta, ha desaparecido, probablemente antes de las 
obras de reforma de la gran plaza el edificio levanta- 
do para Casa de Postas es el único que aun subsiste, 
consagrado á ministerio de la Gobernación; pero el 
templo y el convento han desaparecido , como el 
resto del caserío, y la Mariblanca, que goteaba tra- 
bajosamente en las cubas de los aguadores, ha sido 
reemplazada por otra fuente, que si en lo artístico 
es lo más elemental que puede concebirse, arroja 
altísimo surtidor de agua del Lozoya, aprisionado 
casi en su cuna para que enriquezca con sus cau- 
dales á los madrileños, motivando la frase de nues- 
tro malogrado Fernández y González, de que aque- 
lla fuente era un río «puesto de pie». 

Si el bueno de D. Santiago Thewin pudiera ver en 
tuberías subterráneas el gas que nos ilumina, el agua 
que nos inunda y los hilos eléctricos que nos ponen 
en comunicación con el resto del mundo: si levan- 
tándolos ojos viera los haces de alambres telefónicos 
y pudiera darse cuenta del vapor que impulsa trenes 
y buques y hace mover con poderoso empuje las má- 
quinas de las imprentas; de la luz eléctrica, que va 
generalizándose en comercios y talleres, y de tantas 
y tantas maravillas como nos rodean, es seguro que 
ante semejante espectáculo no le quedaría tiempo 
ni siquiera para hacerse cargo de que él tuvo algu- 
na parte en los orígenes de este movimiento de pro- 
greso, dotando á Madrid del primer periódico diario 
y precursor de los muchísimos que hoy se publican. 



Pero si, venciendo su incredulidad y sobrepo- 
niéndose á su propio asombro, acudiera á la re- 
dacción de un periódico moderno, y atravesando la 
imprenta, contemplara el motor, pronto á impulsar 
la máquina que en una hora arroja, impresos, ple- 
gados y hasta numerados, 40.000 ejemplares , las 
planchas de estereotipia y los inmensos rollos de 
papel continuo ; si observara las operaciones com- 
plementarias de la administración*, si después, pa- 
rándose un instante junto á la redacción, viera entrar 
en su buzón, gracias al mutuo cambio, la mayoría 
de los 235 periódicos diarios y revistas semanales 
que actualmente se publican en Madrid, se haría 
cruces por no comprender tamaño portento. 

Y si la visita á la redacción se prolongara luego, 
y el alemán-madrileño, llevado de sus aficiones, 
presenciara la confección del número de 20 de Ju- 
lio 1888, como nosotros hemos asistido á la de su 
Diario del 20 de Julio de 1788, las diferencias que 
notara no habrían de ser menores. 

Mientras que él estaba solo y tenia que vigilar 
hasta los originales de anuncios, en la redacción de 
hoy el confeccionador da principio á su trabajo 
examinando la Gaceta, no una Gaceta de ocho pá- 
ginas en cuarto y publicada los martes y viernes, 
como ocurría en sus tiempos , sino una Gaceta dia- 
ria y de 24 páginas de doble folio; sigue á este pe- 
riódico el Diario de Avisos — el heredero del suyo — 
mucho más crecido, pero también mucho menos in- 
teresante, y después La Correspondencia y El Im- 
parcial } que tiran prodigioso número de ejemplares, 
El Globo, El Liberal, El Siglo Futuro , La Epoca, 
El País, La Justicia^ El Resumen, La Ee y y tantos 
y tantos otros de gran tamaño y excelentes tipos, y 
aun algunos con grabados. 

Otro redactor examina el correo de las provin- 
cias, que sólo horas ha tardado en llegar á Madrid. 
Si en tiempos de Thewin se publicaban noticias de 



— 16 — 



Valladolid con 70 días de retraso, hoy los periódi- 
cos vallisoletanos que se reciben en Madrid, como 
los de Zaragoza, llevan la fecha corriente: la fecha 
misma que los periódicos madrileños. Y aquellos 
diarios no son tres ó cuatro, como en el pasado si- 
glo, sino 200 ó 300. El redactor, sin tiempo mate- 
rial para examinarlos, les quita las fajas para des- 
envolverlos, les echa un vistazo y los tira al suelo. 
¿Para qué, por otra parte, análisis más minucioso? 
De ocurrir algo importante en las provincias, el te- 
légrafo se encargaría de trasmitirlo. ¿Ve el buen 
Thewin entrar á un ordenanza con una carta azul? 
Pues fíjese bien en su contenido. 

«San Sebastián 20 de Julio, á las 11 y jo de la 
mañana (¡dos horas antes I). — Ha llegado sin nove- 
dad la infanta doña Isabel, acompañada de la con- 
desa de Superunda, marqueses de Nájera y tesorero 
Sr. Rosales. Esperaban en la estación la reina, la 
infanta doña Eulalia, las duquesas de Bailén y Me- 
dina Sidonia, las marquesas de Guadalest, Miraflo- 
res, San Felices, Peñaflorida y Martorell; las con- 
desas del Pilar, Casa Irujo y Sorrondegui; el minis- 
tro de Gracia y Justicia, jefes de Palacio, generales 
del cuarto militar, marinos presididos por el contra- 
almirante Topete; Loma, al frente de la oficialidad 
de la guarnición; Navarro, Lasala, Romero Roble- 
do, ^numerosa representación de la colonia veranie- 
ga, el gobernador, comisiones del Ayuntamiento, 
Diputación y muchísimas señoras.» 

¿Cuánto se hubiera tardado en los tiempos de 
Thewin en saber semejantes noticias? 

Y al telegrama de San Sebastián siguen otro y 
otros, noticiando la llegada de los vapores correos 
á la Habana y Puerto Rico, á Manila y ai Canal de 
Suez... otra de las portentosas obras de la industria 
humana en el siglo xix. 



Otro redactor revisa los diarios extranjeros en 
busca de impresiones, ya que no de noticias. ¿Para 
qué las noticias postales, por rápidas que sean hoy 
las comunicaciones marítimas y terrestres, si el te- 
légrafo las trasmite en minutos? La electricidad de- 
vora las distancias, y si á su marcha se ofrecen 
obstáculos, se perfora las montañas para dejarla 
paso, ó se la conduce por cables subterráneos ó 
submarinos hasta los más remotos países del globo. 
Gracias á su poderoso influjo, si en 1788 se tardaba 
dos meses en averiguar noticias de Rusia, hoy, en 
20 de Julio de 1888, sabemos que el día anterior 
llegó á Peterhoff, á bordo del yacht Hohenzollern, 
el emperador de Alemania Guillermo II, siendo fra- 
ternalmente recibido por el czar de R.usia; que de 
la entrevista de los dos soberanos pende hoy la paz 
europea y la resolución del problema oriental , que 
ya parecía prolongado y enojoso hace cien años, y 
que la policía rusa sigue las maquinaciones de los 
nihilistas, habiéndose cambiado el programa de los 
festejos por el temor de algún atentado. 

Y por el mismo conducto telegráfico sabemos 
que horas antes ha volado en Rouen un buque es- 
pañol cargado de petróleo (producto desconocido 
para Thewin, á lo menos en sus aplicaciones mo- 
dernas); que en Inglaterra se ha celebrado el tercer 
centenario del desastre de la armada española lla- 
mada La Invencible; que en Erfurth (Alemania), 
se ha inventado un nuevo fusil de ocho milímetros 
y alcance de 3.000 metros; que ha llegado á Paler- 
mo la escuadra española; que no es exacto que el 
revolucionario Zorrilla haya desaparecido de París; 
que la Cámara de Diputados de Roma ha aproba- 
do la compra del palacio de La Correspondencia de 
España para dedicarlo á Embajada de Italia... ¡Un 
periódico que compra y vende palacios! 

Siga observando Thewin , y poco á poco verá ir 
llegando, ya con apuntes, ya con noticias escritas, 



— 18 — 



á numerosos redactores — repórter s — del periódico. 
Uno viene del Congreso — ¡otra cosa que no existía 
en 17 881 — y viene de hablar con los políticos más 
importantes, como lo demuestra el traer impresio- 
nes muy recientes de los mismos; otro ha estado 
preguntando á los ministros las deliberaciones y 
acuerdos que han tomado en su reciente reunión ó 
Consejo; otro, consagrado á los asuntos de tribuna- 
nales, ha hablado con jueces, escribanos, carcele- 
ros y presos para poder satisfacer la ansiedad pú- 
blica, excitada con un crimen reciente; otro ha pre- 
senciado un incendio ó una reyerta y no se ha dado 
minuto de descanso hasta comunicar al público los 
daños causados por el primero ó las consecuencias 
que ha tenido la segunda; uno da las noticias de 
los Ateneos ó centros científicos; otro sigue el mo- 
vimiento crítico noticiero del mundo teatral; otro 
tiene la especialidad tauromáquica y reseña los 
triunfos y percances de los sucesores de Costillares 
y de Pepe Illo. 

La redacción es una verdadera colmena, llena 
de actividad, de vida y de movimiento; los orde- 
nanzas no cesan de entrar volantes, súplicas y cuar- 
tillas; los carteros y dependientes de telégrafos de 
traer cartas y despachos, y á todo esto el estridente 
timbre del teléfono hace que el confeccionador in- 
terrumpa cien veces sus tareas y entable otros tan- 
tos diálogos con seres invisibles que desde el ba- 
rrio de Salamanca ó el de Argüelles , desde las Pe- 
fiuelas ó Chamberí, le piden que reforme un ape- 
llido, que anuncie un fallecimiento, que se cambien 
las señas del domicilio de un suscriptor... 

Del periódico de ayer al periódico de hoy me- 
dia un abismo: las ligeras citas que en los antece- 
dentes párrafos quedan consignadas, bastan para 
formar aproximada idea del progreso realizado en el 
transcurso de los cien años últimos. De las deduccio- 
nes y enseñanzas encárguese el benévolo lector. 



LOS AUTOS SACRAMENTALES 

DE CALDERÓN 



I 

Entre las diversas manifestaciones del arte y las 
múltiples formas externas que el mismo puede re- 
vestir, acaso no haya otra tan genuinamente espa- 
ñola como el auto sacramental. Las analogías que 
existen en los orígenes del teatro universal no al- 
canzan á este género; y se comprende perfectamen- 
te que así sea, porque el auto responde á nuestro 
carácter nacional, eminentemente religioso. Siete 
siglos de lucha incesante para la reconquista com- 
pleta del territorio, y otros cuatro de intransigencia 
religiosa para arrancar los gérmenes del judaismo 
y la herejía, á la vez que para oponer fuertísima 
valla á la protesta religiosa, que había originado 
sangrientas luchas en las demás naciones; una pre- 
ponderancia política que tomaba su fuerza del es- 
píritu católico español; el aislamiento nacido de la 
topografía del territorio ; el absolutismo en el régi- 
men político ; la piedad y el fervor en casi todas las 



20 



conciencias ; el temor y la hipocresía en otras , ha- 
bían caracterizado de tal modo á nuestro país, que 
ai mediar el siglo xvn no había llegado todavía á 
nuestra patria la repercusión de los gritos de la gue- 
rra religiosa de otros pueblos. Los muros de los 
conventos se enlazaban con los pórticos de los tem- 
plos; portales y pasadizos, plazuelas y encrucijadas 
ostentaban imágenes de santos , alumbradas por la 
tenue luz de la lamparilla alimentada por el fervor 
de los fieles; y la iglesia y el convento parecían ser 
muda y simbólica representación de nuestro carác- 
ter, exageradamente religioso y profundamente de- 
voto. De aquí que los antiguos misterios representa- 
dos por clérigos en los templos hubieran buscado 
más anchos horizontes, y que utilizando el carro en 
que Lope de Rueda representaba sus farsas y en- 
tremeses, naciera, si bien con mayor aparato, el 
auto sacramental, representado también en la plaza 
pública y formando una de las partes de mayor im- 
portancia en la celebración de las fiestas del Cor- 
pus. Costumbre llegó á ser esta tan rígida y escru- 
pulosamente observada, que antes se hubiera pres- 
cindido por los Ayuntamientos de la procesión que 
del auto; y las aficiones literarias, unidas al deseo 
de exhibición y lujo, influyeron de tal suerte en los 
pueblos, que no se hallaban satisfechos si no enco- 
mendaban el auto á escritores de reconocida valía, 
teniendo á gala pagar espléndidamente estos traba- 
jos. ¿Qué extraño que la sociedad del siglo xvu, 
apreciando en lo que valía á D. Pedro Calderón, 
buscase con empeño su concurso para la mayor 
brillantez de las fiestas del Corpus? Todas las auto- 
ridades — hasta los reyes en ocasiones— presencia- 
ban aquella representación; numeroso pueblo se 
congregaba junto al improvisado teatro de tablas; y 
si era objeto de sus preferencias aquella represen- 
tación, dígalo el infinito número de composiciones 
de esta índole que registra el concienzudo trabajo 



de D. Cayetano Alberto de la Barrera acerca del 
teatro antiguo español. 

Pero ¿qué eran los autos sacramentales? La re- 
presentación de un hecho alegórico, encerrando 
una verdad divina ó revelada, relacionada con el 
misterio de la Eucaristía. En ellos no se buscaba, 
como en el drama, la idea de la humanidad, sino la 
idea de Dios. La Historia y la Teología, la Filoso- 
fía y la Mitología eran sus elementos; la verdad di- 
vina su fin. El auto no espera, como el drama, la 
deducción del espectador; por el contrario, busca á 
éste, le sorprende, le subyuga y le revela el fin del 
autor. Semejante misión sólo podía ser cumplida- 
mente realizada por un poeta de tan profunda fe, 
de tanta imaginación, de tanto arranque como Cal- 
derón de la Barca; poeta que si en lo humano se 
deja arrastrar por el sentimiento estético y por la 
brillantez de la forma, en lo puramente religioso se 
identifica con el pensamiento de su creación, y para 
hacerlo perceptible acomete los empeños más atre- 
vidos y sale de ellos triunfante. ¿Quién sino D. Pe- 
dro Calderón podría sacar á escena á la misma Di- 
vinidad, simbolizándol 1 de manera tan transparen- 
te que no hay quien no la vea, bajo el nombre del 
Poder, la Gracia, el Amor ó la Sabiduría? ¿Quién, 
sino él, manejaría á su arbitrio el Mundo y el Es- 
pacio, el Tiempo y la Creación, y haría asistir al es- 
pectador á los momentos bíblicos más sublimes y á 
los actos más portentosos de la revelación? Los ele- 
mentos de que carece en la naturaleza se los da á 
Calderón el ideal; el simbolismo le presta majes- 
tuosas y severas figuras para sus autos, y ya las re- 
trate gráficamente en dos versos, ya las adorne con 
todas las galas de su poesía, realizando en ellas la 
sublimidad de su concepción, siempre resultan tan 
admirablemente pintadas que la más severa y des- 
contentadiza crítica teológica no podría advertir en 
ellas un leve reparo. 



El auto sacramental tuvo detractores en su pa- 
tria, como tuvo siempre y tiene entusiastas panegi- 
ristas en extranjeros pueblos. Razones de alta polí- 
tica movieron, sin duda, al rey Carlos III á decretar 
su prohibición , muriendo así gubernativamente un 
género nacido de los villancicos religiosos cantados 
en los templos, salido á la plaza pública en el si- 
glo xiv, presidido por el corregimiento de Madrid 
y por la Corona en su época de mayor apogeo, y 
pagado á los poetas con una prodigalidad sin ejem- 
plo; así terminaron los «sermones en representable 
idea», como los denominaba el vulgo en el siglo de 
Calderón. Y como si no fuera bastante aquel rigor 
del poder, algunos eminentes españoles parecieron 
complacerse en justificar la supresión con sus aven- 
turados juicios, ya calificándolos Jovellanos de «su- 
persticiosa costumbre», ya denominándolos Moratín 
«composiciones absurdas», ya Martínez de la Rosa 
conceptuándolos como «absurdos monstruosos y 
perjudiciales á la dramática». 

Más acertada y justa la crítica moderna, ha sa- 
bido conceder á los autos la importancia que en sí 
tienen. Pero ¿qué mucho que haya sido negado el 
mérito de Calderón como autor de autos, cuando 
sus detractores lograron á fines del último siglo que 
fuera prohibida la representación de La vida es 
sueño, no lográndose reivindicar su gloriosa memo- 
ria hasta que la crítica alemana primero y el triunfo 
del romanticismo más tarde marcaron nuevos rum- 
bos y ensancharon los horizontes de la poesía dra- 
mática ? 

II 

No es seguramente nuestro siglo materialista el 
más á propósito para la resurrección de los autos 
sacramentales; pero, aun concediendo esto, ¿tiene 
fundamento la opinión sostenida hoy mismo por 
muy distinguidos escritores de que no pueden re- 



— 23 — 



presentarse los autos por ser incomprensible su 
simbolismo para, el espectador? 

Revisando la muy completa colección de los pu- 
blicados en 17 16 por D. Pedro de Pando y Mier y 
varios trabajos críticos de nuestros días, he podido 
fijarme en uno de aquellos espectáculos, discretísi- 
mamente analizado antes de hoy por un distingui- 
do escritor, robado á las letras por las tareas del 
foro y á éste por las altas funciones del sacerdocio. 
Sea este auto el que me sirva para la demostración 
de la tesis que me he propuesto. 

Titúlase El *ran teatro del mundo, y el fin que 
en él se propuso Calderón se halla encerrado gráfi- 
camente en el título. El primero de sus personajes 
es El Autor, el segundo El Mundo; en el primero se 
halla simbolizada la Divinidad, la Humanidad en el 
otro. El Autor expone su propósito de hacer que se 
represente una comedia, y El Mundo manifiesta su 
plan, su división, sus perspectivas, su distribución 
escénica, los actores que en la obra han de inter- 
venir, la entrada y salida de los personajes en la 
escena. 

Oigámosle: 

...Y para que desde tí 
á representar al mundo 
salgan y vuelvan á entrarse, 
ya previno mi discurso 
dos puertas : la una es la cuna, 
y la otra es el sepulcro. 
Y para que no les falten 
las galas y adornos juntos, 
para vestir los papeles 
tendré prevenido á punto 
al que hubiese de hacer Rey, 
púrpura y laurel augusto; 
al valiente capitán 
armas, valores y triunfos; 
al que ha de hacer el Ministro 
libros, escuelas y estudios. 



— 24 — 



Al religioso obediencias, 
al facineroso insultos, 
al noble le daré honras 
y libertades al vulgo. 
Al labrador, que á la tierra 
ha de hacer fértil, á puro 
afán (por culpa de un necio) 
le daré instrumentos rudos. 
A la que hubiere de hacer 
la dama, le daré sumo 
adorno en las perfecciones, 
dulce veneno de muchos. 
Sólo no vestiré al pobre 
porque es papel de desnudos... 

promesa que cumple después tan fielmente que, no 
sólo no viste al pobre, sino que le desnuda de sus 
harapos. 

Prevenida la fábula, el autor hace un llama- 
miento á los que en ella han de ser actores, y acu- 
den un Rey, la Hermosura, la Discreción, el Rico, 
el Pobre, un Niño y un Labrador ; reciben el soplo 
de vida y se procede al reparto de papeles. Satisfe- 
chos de los suyos respectivos quedan la Discreción, 
por conformidad religiosa; el Rey, la Hermosura y 
el Rico; el Labrador, que constituye el elemento 
cómico, se resigna al cabo con el que le han dis- 
tribuido, y el Pobre se lamenta de la escasa suerte 
que ha tenido en el reparto. Sus frases son de tanta 
oportunidad hoy como en la época de Calderón: 

¿Por qué tengo de hacer yo 
el pobre en esta comedia? 
¿Para mí ha de ser tragedia 
y para los otros no? 
Cuando este papel me dio 
tu mano ¿no me dio en él 
igual alma á la de aquel 
que hace el Rey? ¿Igual sentido? 
¿Igual ser? ¿Pues por qué ha sido 
tan desigual mi papel? 



— 25 — 



Si de otro barro me hicieras, 
si de otra alma me adornaras, 
menos vida me fiaras, 
menos sentidos me dieras, 
ya parece que tuvieras 
otro motivo, Señor; 
pero parece rigor, 
perdona decir, cruel 
el ser mejor su papel 
no siendo su ser mejor. 



El Autor acoge piadoso la justa queja, y contes- 
ta con las siguientes consoladoras frases: 

No porque pena te sobre 
siendo pobre, es en mi ley- 
mejor papel el del Rey, 
si hace bien el suyo el pobre. 



A la pregunta que hace la Hermosura respecto 
á cuál haya de ser el título de la comedia, contesta 
su Autor: 

Obrar bien, que Dios es Dios. 

Hecho el reparto de papeles , llega el momento 
de dar á los personajes los trajes y las insignias con 
que han de representarlos , operación que va reali- 
zando el Mundo. Al presentarse el Labrador se en- 
tabla entre ellos el diálogo este: 

Mundo. ¿Qué pides tú? Di, grosero. 

Labrador. Lo que le diera yo á él. 
Mundo. Ea, muestra tu papel. 

Labrador. Ea, digo que no quiero. 
Mundo. De tu proceder infiero 

que como bruto gañán 

habrás de ganar tu pan. 
Labrador. Esas mis desdichas son. 
Mundo. Pues toma aqueste azadón. 

Labrador. Esta es la herencia de Adán. 



Al llegar su vez al Niño, pregunta el Mundo \ 



¿Cómo tú entras sin pedir 
para el papel que has de hacer? 
Niño. Como no te he menester 

para lo que he de vivir; 
sin nacer he de morir, 
en tí no tengo de estar 
más tiempo que el de pasar 
de una cárcel á otra oscura, 
y para una sepultura 
por fuerza me la has de dar. 



Preguntado el Pobre acerca de cuál es su pa- 
pel , contesta : 

Es mi papel la aflicción, 
es la angustia, es la miseria, 

(o , 

la desdicha, la pasión , 
el dolor, la compasión, 
el suspirar, el gemir, 
el padecer, el sentir, 
importunar y rogar, 
el nunca tener que dar, 
el siempre haber de pedir. 
El desprecio, la esquivez, 
el baldón, el sentimiento, 
la vergüenza, el sufrimiento, 
la hambre, la desnudez, 
el llanto, la mendiguez, 
la inmundicia, la bajeza, 
el desconsuelo y pobreza, 
la sed, la penalidad, 
y es la vil necesidad, 
que todo esto es la pobreza. 



Y el Mundo, no tan sólo no le da ropas, sino 



(i) En la edición de los Autos que tengo á la vista, falta el verso 
que he suplido con puntos suspensivos. 



— 27 — 

que, como anteriormente dije, le desnuda de las 
que lleva. 

Preparado y dispuesto todo, dice el autor 

Hombres que salís al suelo 
por una cuna de hielo 
y por un sepulcro entráis ; 
ved cómo representáis, 
que os ve el autor desde el Cielo. 

Y comienza la representación , en la cual cada 
uno de los personajes caracteriza, ya en sus monó- 
logos, ya en la intervención dialogada, el papel 
que se le ha confiado. Presuntuoso y soberbio el 
Rey, vana y coqueta la Hermosura, burlón y tai- 
mado el Labrador, víctima de todos el Pobre. En 
esta parte del auto hay rasgos artísticos de gran 
mérito: por ejemplo, al salir el Rey á escena, la 
Hermosura se le pone delante para ver de rendirle 
con sus gracias, en tanto que el Labrador se escon- 
de, para que, al verle el Monarca, no se le ocurra 
imponerle algún nuevo tributo ; la Discreción sufre 
un mareo ó desvanecimiento que la pone á punto 
de caer, y el Rey la sostiene*, el Pobre pide caridad 
inútilmente á todos los demás personajes, y sólo 
halla en la Discreción un socorro. Ya indiqué que 
este personaje simboliza á la Religión. 

Los actores van muriendo sucesivamente, ha- 
ciéndolo el rico con tanto trabajo y angustia como 
con facilidad y contento el Pobre ; y al salir de la 
escena de la vida, mejor dicho, al llegar el momen- 
to del juicio para conceder ó negar el premio de la 
cena ofrecido por el Autor á los que hayan desem- 
peñado mejor sus papeles, el Mundo reclama á los 
actores los vestidos, galas y atributos que les dió 
para la representación: reclama al Rey los Estados, 
pompas y majestad ; pide á la Hermosura sus atri- 
butos, que ésta no puede devolver por haberlos 



— 28 — 



consumido el sepulcro; y á la Discreción los suyos, 
que ésta niégase á entregar, porque 

en el mundo no se quedan 
sacrificios, afectos y oraciones. 

Al llegar el turno al Niño, reproduce Calderón 
el bello pensamiento del primer cuadro. 
Dice el Mundo: 

Tú que al teatro á recitar entraste , 
¿cómo, di, en la comedia no saliste? 

Y contesta el Niño: 

La vida en un sepulcro me quitaste : 
allí te dejo lo que tú me diste. 

Llegados los actores á la presencia del Autor, 
verifícase el juicio: la Discreción y el Pobre son los 
que directa é inmediatamente se salvan; el Rico el 
único que desde luego se condena: en la suerte del 
Niño se simboliza el Limbo; en la de los demás 
actores el Purgatorio. Verdad es que Calderón, res- 
pondiendo al espíritu católico, caballeresco y mo- 
nárquico de su época, hace pesar en la suerte del 
Rey el apoyo que prestó á la Discreción, y ésta, 
dándole la mano, consigue que asista á la Divina 
Cena. 

Basta el ligero examen que antecede para que 
se comprenda que el simbolismo de los personajes 
de los autos calderonianos no es de tan difícil 
comprensión que imposibilite puedan ser repre- 
sentados. 

III 

La lectura de Calderón encierra tales encantos, 
que es difícil, una vez comenzada, no seguir ade- 



— á 9 — 



lante. Por eso he creído que á los que me hayan 
acompañado en el ligero examen que antecede de 
El gran teatro del mundo , no les será tal vez enojo- 
so acompañarme en el de El Sacro Parnaso, hecho 
en elogio de San Agustín, y al cual prestó oportu- 
nidad poco tiempo hace la celebración del décimo 
quinto centenario del Obispo de Hipona. 

Dicho auto fué representado en el Corpus del 
año 1659 por las compañías de Diego Osorio y 
Sebastián de Prado, y cobró por él nuestro insigne 
Calderón setecientos reales. Su lectura basta para 
demostrar, así lo acostumbrado que se hallaba el 
público á desentrañar las sutilezas teológicas y mi- 
tológicas, como á comprender los certámenes lite- 
rarios , todo lo cual presta sumo carácter á la obra 
del poeta. 

En la fábula dramática del poeta, La Fe con- 
voca á certámen , y en unión de las Sibilas , 
ofrece los asuntos que han de ser cantados por 
los que aspiren á los premios. La proposición de 
La Fe dice así: 

El que en una canción real 
de tres estancias dijere 
cuanto en el hombre prefiero 
á la vianda natural 
el dulce espiritual 
manjar de aquella oblación, 
tendrá (pues del fuego son 
señas rayos carmesíes) 
un corazón de rubíes 
en premio de la canción. 

San Jerónimo, San Gregorio y San Ambrosio 
dudan respecto á cuál de los asuntos del cartel han 
de consagrarse, y los dos primeros animan al últi- 
mo, temeroso de sus fuerzas, prometiéndole el 
triunfo por la dulzura de su estilo. Y dice San 
Agustín : 



— 5o -~ 



Yo confieso 

que es así, pues nadie más 
lleva tras sí mis afectos, 
siendo mi imán su atractiva 
dulce retórica; pero 
aunque me huelgo de oirle, 
no de seguirle me huelgo. 
Y así, si Ambrosio el asunto 
escribe de este misterio, 
por lucir 1? oposición 
yo contra él escribir pienso. 

AMBROSIO 

¡Ay, Agustín, qué mal haces 
en seguir del maniqueo 
la sacramentaría escuela, 
malogrando y desluciendo 
de tu lógica sutil 
los altos merecimientos! 



AGUSTIN 

Tagaste, de Africa, fué 
cuna de mi nacimiento ; 
de padre gentil nací, 
y aunque de la Iglesia el gremio 
sigue Mónica, mi madre, 
pidiendo con sentimientos 
siempre á Dios mi redención, 
más de mi padre me precio; 
con que gentil en la sangre 
y en religión maniqueo, 
inclinado á los estudios, 
sin bautismo me conservo. 
Mas esto ahora no es del caso, 
y así solo á decir vuelvo 
que he de escribir contra ese 
cartel que nos ha propuesto 
en su mística academia 
la Fe... 



— 3i — 



AMBROSIO 

¡Ay, Agustín, quién pudiera, 
ya que al certamen te veo 
opuesto con ese asunto, 
verte á ese asunto no opuesto, 
sino á favor! 

AGUSTIN 

Yo te estimo 
la afición, más no el consejo, 
pues en esta parte sólo 
con él, Ambrosio, me quedo 
para impugnarle. 

Ambrosio 

Quizá 

mejorará Dios tu intento. 

AGUSTIN 
¿Con qué medios? 

AMBROSIO 

Con el llanto 
de tu madre, con el ruego 
de la Iglesia, con la instancia 
de mis amantes recuerdos 
y con la agudeza de 
tu propio conocimiento. 

De tal suerte queda planteado el asunto dramá- 
tico, alejándose San Ambrosio, al que siguen en 
breve la Gentilidad, el Judaismo y el Regocijo, y 
quedando en escena Agustín, más que leyendo el 
cartel del certamen abstraído en las meditaciones 
en que le han sumido la grandeza del asunto por una 
parte, y por otra los razonamientos de Ambrosio. 



— 32 — 



La escena que sigue, en que interviene, dando 
belleza al monólogo del Santo, la voz de Santa Mó- 
nica y coro de fieles, es bellísima, y tan dentro del 
propósito que me ha puesto la pluma en la mano, 
que no resisto á la tentación de reproducirla íntegra. 

Es como sigue : 

AGUSTIN 



¡Válgame Dios! ¿Qué temblor, 
otra vez á decir vuelvo, 
es el que en mí ha introducido 
este ó acaso ó misterio, 

que absorto, confuso, 

helado y suspenso, 

ni el misterio alcanzo 

ni el acaso entie'ndo? 
El asunto que la Fe 
dio de todos el primero, 
es el que á mí me ha tocado. 
¿Asunto de la Fe? ¡Cielos! 
En que piJe que se pruebe 
cuanto prefiere el sustento 
del espiritual manjar 
del pan de su Sacramento 
á la natural vianda 
que alimenta vida y cuerpo, — 
en el poder de Agustino, 
cuando que crea es su intento 
que, transustanciado el pan, 
no es pan, y que al punto mesmo, 

guardando accidentes 

su candido velo 

pierde la sustancia 

y deja de serlo? 
Pues ¿cómo su alto saber 
no previno que á mi ingenio 
este asunto no llegase? 
Sin duda pensó que el premio 
del rubí de un corazón 
me sobornara el afecto, 
para que no siendo yo 



— 33 — 



quien escriba contra esto 
quede la proposición 
asentada, no advirtiendo 
que no es para mí soborno, 
porque yo, ¿para qué quiero 
un corazón de rubí, 
si de diamante le tengo? 

¡Y tan de diamante 

que dentro del pecho 

ni polvo le labra 

ni sangre ni acero ! 
Polvo, pues sé que lo soy, 
sin que me mueva por eso 
sobre el aviso de Ambrosio 
mi propio conocimiento ; 
sangre, pues no me enternecen 
de mi madre los extremos; 
ni acero, pues no me arrastra 
el imán de todo el cielo ; 
y así, á sombra de esta higuera, 
cuya fruta algún sujeto 
dijo ser de Adán la poma, 
así por ser su primero 
abrigo sus hojas , como 
que otro árbol no sabemos 
que en el mundo maldijese 
Cristo, reclinarme quiero, 
para hacer en este libro 
de memoria apuntamientos. 

(Siéntase y saca un Vibro de memoria.) 
Con que aquese asunto 
veamos si halla, cielos, 
donde Adán errores 
Agustín aciertos; 

para cuyo silogismo 

tengo de empezar diciendo... 

(Canta dentro una vo\ triste de mujer.) 

voz 

¡Piedad, Señor divino, y de mi ruego, 
muévaos el llanto, obligúeos el lamento! 

2 



— 34 — 



AGUSTIN 

La voz de mi madre es esta, 
cuyo triste llanto tierno 
siempre que en estas materias 
escribo, discurro ó pienso, 
me está sonando al oído 
con tan dos contrarios ecos, 
que es para conmigo llanto 
y para con Dios concepto; 

que lágrimas son 

templado instrumento 

que sonando tristes 

suenan de los cielos. 

voz 

Piedad, Señor divino, y de mi ruego 
muévaos el- llanto, obligúeos el lamento! 

AGUSTIN 

Lástima que enternecida 
tantas lágrimas te cuesto, 
que si en aquella estatera 
que al Apocalipsis leo 
nos pusieran á los dos, 
no dudo pesara menos 
la gravedad de esta carne, 
que el suspiro de un acento. 
¿Qué quieres de mí? 

voz 

Que no 

se pierda, Señor, os ruego; 

ajeno de Vos un hijo 

que yo os pedí para vuestro. 

ÁCUSTIN 

Nadie piense que va errado 
que no lo fuera, y supuesto 



— 35 — 



que yo pienso que voy bien, 

¿de qué me sirve el acuerdo? 

Y así que cantes ó llores, 

al pasado asunto vuelvo, 

y contra el antecedente 

^e esta manera argumento : 

{Escribe.) 

«Pan que conserva color, 
olfato, tacto y sabor, 
¿cómo sin substancia vino? 
(Música dentro.) 

CORO 

De lógica de Agustino 
líbranos y Señor. 

AGUSTIN 

Pero ¿qué nueva armonía, 
qué segundo coro nuevo 
me nombra en estotra parte? 
Escucho otra vez atento. 

MÚSICA 

De peste , hambre v mortandad... 

TODOS 
Líbranos , Señor. 

MÚSICA 
De ira , rayo y tempestad... 

TODOS 

Líbranos , Señor. 

MÚSICA 

De toda infelicidad. . . 



- 36 - 



TODOS 

Líbranos , Señor. 

UNO 

Y para que sea mayor 
siempre tu favor divino.., 

TODOS 

De lógica de Agustino , 
líbranos, Señor. 

AGUSTIN 

En las preces con que el coro 
de la Fe le pide al cielo 
la libre de pestes y hambres, 
muertes, desdichas y riesgos, 

me añade : ¡ muy malo 

sin duda ser debo , 

pues me hacen lugar 

los que no son buenos ! 
¿Quién, pues, soy yo, ¡ay infelice! 
para que me den asiento 
en el banco de las iras, 
los relámpagos y truenos, 
ansias y calamidades? 
¿Quien, pues, soy yo, que le cuesto 
tanto cuidado á mi madre 
y á la Fe tanto desvelo, 
que cuando dice el amor... 

voz 

¡Piedad, Señor Divino! 

AGUSTIN 

Responde luego el temor... (Cáesele el libro). 



— 37 — 



MÚSICA 

De lógica de Agustino 
Líbranos, Señor. 

AGUSTIN 

Todos diciendo á un tiempo... 

ÉL Y TODOS 

Muévaos el llanto, obligúeos el lamento. 
AGUSTIN 

Pues ¿cómo?... si... cuando yo... 
Mas ¡ay de mí! que el aliento 
torpe, balbuciente el labio, 
la voz muda, helado el pecho, 

pasmado el discurso, 

absorto el ingenio 

y el juicio turbado 

aun á hablar no acierto. 
Mas ¡ay! ¿qué mucho, si el libro 
de memoria perdí? Pero 
¿qué me aflijo? ¿qué me espanto? 
¿qué me asombro? ¿qué me quejo? 
si quizá le he dado á logro, 
pues en lugar de que pierdo 
el libro de la memoria 
hallo el del entendimiento, 

según me ilumina 

hoy un rayo bello 

que hace ver más 

cuando estoy más ciego? 
¿Qué es esto, cielos? Si es 
eficaz auxilio vuestro, 
que responde conmovido 
al piadoso sentimiento 
de una y otra voz, habladme 
más claro, que como es nuevo 
el idioma del favor, 



- 33 - 



le escucho, más no le entiendo ; 
y sólo discurro en que 
con estas ansias perdiendo 
el corazón, que á pedazos 
se quiere salir del pecho, 

intentáis que al ver 

que sin él me quedo 

me ponga á codicia 

de traer el del premio. 
¿Quién, pues, pondrá en vuestro nombre, 
ya que yo elección no tengo, 
alumbrar mis dudas?... 

En este punto vuelven á intervenir en la acción 
dramática la Fe y San Ambrosio, para apoyar la 
nueva tendencia y acabar de disipar las últimas du- 
das de Agustín; entran sucesivamente en escena las 
Sibilas y el Regocijo, trayendo los atributos del sa- 
cramento bautismal, y exclama Agustín: 

Fe, dime : pues que aún no tengo 
de aquellas voces que oí 
perdido el sagrado miedo, 
¿volverá á afligirme el llanto 
de mi madre? 

FE 

No. 

AGUSTIN 

El lamento 
de tu coro, ¿volverá 
á pedir contra mí al cielo 
justicia? 

FE 

No. 

AGUSTIN 

¿Y qué dirán 
ahora de mí entrambos ecos? 



— 39 — 



TODOS 

Dirán... 

AGUSTIN 

¿Qué? 

MÚSICA 

Te Deum laudamos, 
Te Dominum confitemur* 

El Te Deum cantado por los personajes es tan 
bello como todas las demás partes del auto; pero 
como sólo ha sido mi propósito reproducir algunos 
de los hermosos pensamientos puestos \ or Calderón 
en boca de San Agustín al tiempo de su conveisión, 
habré de ceñirme al limitado extracto y aun renun- 
ciar á la canción con que el convertido se presenta 
á optar al premio primero del certamen, y cuyo 
asunto era exponer cuánto el manjar espiritual ex- 
cede al natural. 

Agustín, como es de rigor, obtiene el premio 
prometido que le entrega el Regocijo, y 

porque no de balde 
goce el corazón, 
llévele atravesado 
con flechas de amor. 

Con cuya frase alude el autor al simbólico em- 
blema que la orden de San Agustín ostenta en su 
escudo. 

Al leer los Autos Sacramentales de D. Pedro 
Calderón, suspende y maravilla el tesoro de saber, 
la fe profunda, el acertado simbolismo de las figu- 
ras que hace jugar en sus fábulas, y la siempre rica, 
exuberante y armoniosa versificación que en ellos 
campea. Las escenas que quedan copiadas de El 
Sacro Parnaso, como las citas de El gran teatro 



— 4o — 



del mundo, bastan para formar idea del carácter de 

unas composiciones, hijas de la arraigadísima fe de 
nuestros padres, así como de la sobriedad y acierto 
con que supo Calderón representar á San Agustín 
en los momentos de su conversión, en la que tanta 
gloria cabe á la Santa Madre del Obispo de Hipo- 
na, dando á la humana y frágil naturaleza la parte 
que de derecho le corresponde, aun en asuntos de 
tan subido carácter religioso. 



LA IMPRENTA REAL EN EL SIGLO XVIII 



La Imprenta Nacional pertenece ya á la Histo- 
ria. Suprimida en 1886, vendidos sus enseres y ma- 
terial y arrendados los servicios de impresión de la 
Gaceta de Madrid y Guía Oficial, la supresión á que 
me refiero parece definitiva, aun cuando en otras 
ocasiones haya sido la Imprenta deshecha y res- 
taurada. Ocasión oportuna es, por lo tanto, de diri- 
gir una mirada rápida á lo que fué, supuso y repre- 
sentó la Imprenta oficial, si no durante todo el cur- 
so de su accidentada vida, á lo menos en el si- 
glo xviii, ó sea durante los veinte primeros años 
desde su fundación. Los aficionados á éste género 
de estudios encontrarán en los párrafos que siguen 
algo que satisfaga su curiosidad, y yo habré consa- 
grado cariñoso recuerdo al establecimiento en que 
he pasado veinte años de mi vida, contribuyendo 
modestamente al prestigio que tuvo y lentamente 
fué perdiendo. 



— 42 — 



En el año 1756 el Secretario de Estado adqui- 
rió la propiedad del Mercurio histórico y político, 
publicado hasta entonces de su cuenta por un par- 
ticular llamado D, Salvador Mañer, á quien se otor- 
gó por la concesión una equitativa recompensa, en- 
cargándose á D. Francisco Manuel de Mena, im- 
presor bien conocido en el pasado siglo , la impre- 
sión y venta de dicho periódico por cuenta de Su 
Majestad, premiándole con un 4 por 100 de comi- 
sión y ordenándole que el líquido producto lo tu- 
viera siempre á disposición del Gobierno. La Gace- 
ceta } que hasta 1752 había sido propiedad exclusiva 
del Conde de Saceda, fue también adquirida por 
el Estado, previo abono de 700.000 reales (1), y en 



(1) Es curiosa la Real orden dirigida á Mena, encargándole de 
la Gaceta, y que dice así: 

"El Rey ha resuelto incorporar á su Real Corona el privilegio de 
imprimir la Gaceta de Madrid, queriendo que la del martes 19 del 
presente mes, y todas las subcesivas, se impriman de su Real cuen- 
ta, con intervención de la Secretaria del despacho de Estado de 
mi cargo; y atendiendo S. M. á que usted corre tiempo ha con la 
impresión del Mercurio y con su venta, procurando en una y otra 
las posibles ventajas á su Real Erario, ha iesuelto que igualmente 
se encargue usted de la impresión y venta de la Gaceta, y que para 
que se verifiquen los mismos fines que con el Mercurio, tome usted 
desde luego las correspondientes medidas, advertido de que la 
Gaceta se ha de vender al público á los mismos precios que hasta 
aquí, no haciéndose baja en ellos á motivo del mejor papel en que 
se debe de imprimir y de las noticias más frescas y escogidas que ha 
de contener. Don Juan Antonio de Eguilondo, que de diez y siete 
años á esta parte ha traducido la Gaceta, está nombrado por S. M. 
para continuaren el mismo encargo, y en atención al trabajo que se 
le seguirá, se le han señalado por ahora 4.000 reales de vellón ai 
año , cuya cantidad le entregará usted por sus recursos y á los plazos 
que la quisiere.=*=Al revisor de dicha Gaceta, D. Miguel de San Mar- 
tín Cueto, que quiere el Rey continúe en esta comisión, le entregará 
usted igualmente por tercios ó por medios años los quinientos pesos 
sencillos que ha percibido hasta aquí por tal servicio, Estas dos par- 
tidas, las del importe del papel que usted compre para la impresión 
y las de los gastos que en ella se ocasionen con todos los demás que 
fuesen indispensables, los cargará usted en la cuenta formal y sepa- 
rada que debe llevar del producto de la misma Gaceta, no dudando 
S M. de la acreditada honradez de usted, de su celo y su desinterés, 
que su Real Erario experimentará más y más las ventajas que corres- 
ponden á esta confianza y el público el cumplido, puntual servicio 
que se debe prometer.=La recompensa que deberá usted tener por 
este nuevo trabajo que se le aumenta, se le señalará á usted más ade- 



— 43 — 



1769 se compró el privilegio que para publicar el 

Guía de forasteros disfrutaba D. Antonio Sanz, me- 
diante una renta anual y vitalicia de 6.000 reales, 
que pudo disfrutar muy corto tiempo. Para ambas 
publicaciones se hizo con el impresor Mena el mis- 
mo trato que con el Mercurio > y así continuaron es- 
tos servicios del Estado hasta 1780, en que la muer- 
te del citado industrial facilitó el cumplimiento de 
uno de los deseos del Gobierno. La compra de los 
privilegios de Mañer, Saceda y Sanz obedecía, con 
efecto, al propósito de establecer una Imprenta 
Real, en que pudieran hacerse todos los trabajos 
que necesitase el Gobierno, y cuando, á la muerte 
del impresor, sus herederos resultaron alcanzados 
por muy grandes cantidades con la Secretaría de 
Estado, ésta admitió en pago de la deuda los uten- 
silios y máquinas de la imprenta de Mena, valua- 
dos en 224 752 rs., según las cuentas presentadas 
al conde de Floridablanca por D. Francisco Fer- 
nández de Rábago. 

Alquilóse local para la Imprenta; un sobrino de 
Mena fué encargado de la administración de la Ga 
ceta } con el sueldo de 9.000 rs. , casa y franquicia 
de correos; D. Santiago Barufaldi fué nombrado 
interventor, con 6.000 rs., ascendiendo á adminis- 
trador en 1784; los operarios de la Imprenta y em- 
pleados del difunto Mena fueron confirmados en 
sus cargos, y nombrado regente con 12 rs. diarios 
el tipógrafo D. Vicente Febrer, al que tres años 
más tarde sustituía D. Lázaro Gaiguer, y en 1795 
D. Pedro Pereira. He aquí, según la orden de crea- 



lante bien en iguales términos que se practica por el Mercurio, ó 
bien en los que parecieren más correspondientes al mérito que usted 
acredite. Lo participo á usted de orden de S. M. para su inteligencia 
y cumplimiento, y deseo guarde Dios á usted muchos años. = Buen 
Retiro, 10 de Enero de ^^6'z.—D. Ricardo Wal=Sr. D. Francisco Ma 
nuel de Mena.* 



ción , los cargos y sueldos fijos y eventuales de la 
Imprenta Real : 



Administrador 9 000 

Interventor 6.000 

Regente de la Imprenta, á 12 rs. diarios. . 4.380 

Cinco escribientes, á 8 — — . . 14.600 

Dos oficiales vendedores, á 8 — — .. 5840 

Un mozo del oficio, á 6 — — 2.190 

Dos mozos de la imprenta á 5 — * — 3 650 

En la Gaceta, — Los compositores del molde , á 
60 reales por cada pliego; 20 de gratificación por 
el coito tiempo en que la han de componer, y si 
hay segundo molde» á 36 reales por pliego, sin gra- 
tificación. Los correctores, á 7 reales el antiguo y 6 
el moderno. Los tiradores, el día que trabajen, á 12 
reales por resma, y los aprendices de su cuenta. 
Los plegadores, á 67 reales por cada Gaceta de á 
pliego, y si es de más, á proporción del mismo 
precio. 

En el Mercurio. — Los compositores del molde, 
á30 reales por cada pliego. Los correctores, como 
en la Gaceta. Los tiradores, á 12 rs. por resma. Los 
alzadores, á 20 reales por toda la impresión de cada 
Mercurio. La encuademación, á 4 maravedís cada 
ejemplar. 

En el Guía. — Los compositores, á 200 reales 
por cada pliego. Los tiradores, á 12 reales resma. 
Los correctores, como en la Gaceta. Los prensistas, 
por el continuado y excesivo trabajo, 450 reales de 
gratificación. Los oficiales que secan, alzan, pasan 
y cuentan el Guía para darlo á encuadernar, á 12 
reales en los días que diese esta faena, en atención 
á que trabajan mucha parte de la noche. (Estos 
jornales ascendían á 1.000 reales, poco más ó me- 
nos.) Al que forma el Kalendario, se le gratifica 
con 250 reales. Al que recoge las listas y noticias 



— 45 — 



para formar el Guia, que últimamente ha sido en- 
. cargo del Regente, 600 reales. La encuademación, 
á 8 maravedís cada Guía. 

La Secretaría de Estado era la encargada de 
remitir los originales por conducto de D. Eugenio 
de Llaguno, entendiéndose directamente con el 
Regente de la Imprenta. Don Tomás de Iriarte, 
primero, y D. Joseph Clavijo Faxardo, después, re- 
dactaban el Mercurio con la asignación de 12.000 
reales; el mismo sueldo disfrutaba D. Ramón de 
Guevara por redactar la Gaceta, desde que en 1778 
se dieron dos números semanales, y otros auxilia- 
res traductores percibían 4.000 reales. En 1778, el 
redactor primero, D. José de Guevara Vasconce- 
los, percibía 24.000 reales de sueldo; el segundo, 
D. Felipe David Otero, 18.000, teniendo dos auxi- 
liares con 4.400 y 2 200. 

Tal fué el origen humilde del establecimiento 
tipográfico que lLvó el nombre de Real, y al que 
desde el primer momento se procuró fomentar por 
todas las secretarías del despacho: la de Estado le 
encomendó la impresión de los ajustes de Paz y de 
Comercio, los documentos consulares y algunas 
obras cedidas por sus autores al Rey ; la de la Gue- 
rra le encargó la impresión del Estado Militar, que 
se agregó muy en breve al Guía de f orasteros; la de 
Marina la impresión de su Almanak náutico, y al- 
guna otra obra; la renta de Estafetas, la Real Or- 
den de Carlos III y otros ramos de la Adminis- 
tración pública, llevaron á la Imprenta Real sus 
impresiones, con cuyos auxilios pudo aquélla ir en- 
grandeciéndose y dar ocupación á numerosos tra- 
bajadores del arte de imprimir, sin que con ello se 
perjudicaran las demás imprentas particulares, se- 
gún demostré años há en uno de mis modestos es- 
critos (1). Con estos recursos, el adelanto de 176.785 



(1) Las imprentas de Madrid «n $1 siglo XVIIX* 



— 46 - 



reales del fondo de Correos, y 180.000 del de Mos- 
trencos, la Imprenta Real pudo marchar desahoga- 
damente, é hizo pensar con urgencia en la imperio- 
sa necesidad de construir una casa en que aquélla 
se colocase. Como al poco tiempo de publicarse la 
Gaceta por cuenta del Estado se obtuvieran gran- 
des beneficios, decidióse que, con los productos 
del periódico oficial, se adquiriesen siete casas 
pequeñas de la calle de las Carretas y plazuela 
de la Paz, para levantar sobre sus solares el nuevo 
edificio. 

Merece seguramente ser consignada esta cir- 
cunstancia, porque no creemoo que exista otro ejem- 
plar de edificio del Estado construido con los pro- 
ductos de sus oficinas, y mucho menos atendiendo 
á que las adquisiciones se hicieron muy al principio 
de su establecimiento. El encargado de la ejecu- 
ción de las obras fué el célebre arquitecto D. Pedro 
Arnal, y si en vez de este ligero estudio de la Real 
Imprenta pudiéramos hacer el del edificio levanta- 
do para su instalación, seguramente que habían de 
resaltar circunstancias muy curiosas sobre el carác- 
ter de las expropiaciones en el pasado siglo y la 
irregular construcción del edificio, levantado en di- 
ferentes veces , con diversas alturas de pisos y su- 
peditada en un todo la paite científica á exigencias 
de carácter puramente administrativo. Nuestro pro- 
pósito es muy diferente, y por eso nos habremos de 
limitar á dejar sentado que las casas costaron 
1 1 15.915 reales vellón, de los que una buena par- 
te pasó á diferentes comunidades religiosas , propie- 
tarias de las citadas casas ; y que , tanto esta canti- 
dad como las invertidas en la construcción, fuéron- 
se pagando de los fondos de la Gaceta , los cuales 
se aplicaban también á distintos objetos del Real 
servicio, entre ellos pensiones y sueldos á emplea- 
dos ajenos al establecimiento, por lo que se vieron 
paralizadas las obras de la nueva casa, hasta que la. 



— 47 — 



renta de Correos facilitó las cantidades necesarias 
para su terminación, cuyos anticipos fueron reinte- 
grados antes de finalizar el siglo xvin. 

Lo de las pensiones y sueldos á individuos de 
fuera de la casa, llegó a ser artículo tan importan- 
te, que la Imprenta Real daba: 9.000 reales de gra- 
tificación — reservada — á cada uno de los diez ofi- 
ciales de la secretaría de Estado; 12.000 á la Con- 
desa viuda de Pernia ; 6 000 á D. a María Antonia 
Garimberti; 3 614 á D. a María Barnewal; 24.000 á 
D. Eugenio Izquierdo; 10000 á D. Antonio Ponz, 
el ilustre literato; 33.000 á los dependientes del 
gabinete de Historia natural; 3 300 á la maestra 
bordadora D. a Josefa Puig, y 4.000 más para al- 
quiler del cuarto; 6.000 á D. Antonio Palau, ca- 
tedrático del Jardín Botánico, y 3.000 á su ayu- 
dante D. Bruno Salvador; 24.000 á la fabrica de 
cordoneros de Madrid, y otras muchas cantidades á 
viudas y huérfanos, sin contar las satisfechas en 
concepto de censos, ni los socorros á diario conce- 
didos, tales como 300 reales mandados dar por 
Floridablanca al mozo Agustín de Casas «para que 
compre una capa»; los 3 700 reales que el mismo 
Ministro ordena en 21 de Marzo de 1875 se entre- 
guen «á Lorenzo Daniel, napolitano, por un encar- 
go que yo le hice»; los 3.000 reales concedidos al 
administrador de la Imprenta, Barufaldi, para que 
se hiciera un uniforme de Comisario de guerra, 
amén de perdonársele en 16 de Julio de 1793 un 
alcance de 38.625 reales vellón en sus cuentas. A 
estos perdones, ayudas y gratificaciones, pueden 
añadirse otros muchos pagos «por gastos secretos 
hechos en Aranjuez», «por pago á un pintor fran- 
cés», «por coste de árboles traídos del extranjero», 
«por un sello hecho por el grabador Prieto para la 
Princesa (1764) con el oro correspondiente», «pro- 
yecto de mejora del Prado, de Mr. Chappus», «gra- 
tificación á un empleado de la Biblioteca del Rey» 



- 48 - 



y «30 000 reales á D. Francisco Pe'rez Bayer, por 
fcus trabajos en el Escorial». 

Si la Gaceta ofreció desde el principio tan pin- 
gües rendimientos, no fueron menores los de las 
obras impresas de Real orden, pues el valor de las 
vendidas en los diez primeros años asciende á 
2.176.320 reales 27 maravedís-, algunas de éstas 
eran responsables á Correos en calidad hipotecaria 
por los fondos adelantados, y otras, aunque en 
corto número, á bienes mostrencos. Fue preciso 
aumentar extraordinariamente el personal y mate- 
rial de la casa, hasta tal punto, que en 1795 ex * s " 
tían en el depósito de papel de la Imprenta Real 
10.024 resmas, que importaban 493.621 reales 
vellón, para las impresiones de los seis primeros 
meses, y pensar sériamente en el establecimiento 
de un obrador de fundición que, siendo propio de 
la casa, pudiera satisfacer las perentorias necesida- 
des de la misma. 

Existía un taller de esta clase en la Real Biblio- 
teca, establecido por cuet ta de la misma, con el 
objeto de promover el arte de abrir punzones y 
matrices para la fundición de letras de imprenta, y 
S. M. se sirvió resolver, por órdenes comunicadas 
por el Duque de Alcudia en 17 de Octubre de 1793, 
que aquella oficina se agregase á la Imprenta Real 
siempre que ésta pagara los 299.330 reales vellón 
en que fueron apreciados todos sus instrumentos, 
utensilios y enseres. La Imprenta celebró un con- 
trato con la Biblioteca, por el que se obligó á pagar 
dicha suma en plazos de 50.000 reales anuales, 
bien en efectivo ó en el valor de las impresiones 
que mandase hacer la Biblioteca. A ios cuatro años 
la deuda estaba extinguida, y la Imprenta Real era 
dueña de su fundición, como lo había sido de su 
edificio, sin el menor desembolso de parte del 
Erario. Pagó además la Imprenta, facilitando la 
liquidación, 25 arrobas de plomo, que á 25 reales 



— 49 — 

una (á que por gracia especial lo facilitaba S. M.), 
hacen 625 reales; 53 arrobas de metal fortalecido 
con régulo, á 60 reales una, que hacen 3.228; una 
fundición atanasia de 50 anobas y 16 libias, im- 
portante 6.988 reales, y otra de lectura gorda, en- 
cargada por D. Gabriel Sancha, que importaba 
3.168. También abonó á la Biblioteca 4.850 reales 
que adeudaban los operarios, y que iban pagando 
con su trabajo, por anticipos hechos á los mismos. 

Es digno de notarse que en el periodo de cator- 
ce años, no sólo había cubierto la Imprenta Real 
todas sus obligaciones, pagado á sus muchos em- 
pleados y operarios, amortizado sus deudas en Co- 
rreos y la Biblioteca, é invertido en compra de ob- 
jetos indispensables considerables fondos , sino que 
conservaba en sus arcas en metálico, según el ba- 
lance de 30 de Julio de 1794, la respetable suma de 
1 527.481 reales 33 maravedís; existía en su favor, 
en poder de administradores de Correos, por sus- 
cripciones á la Gaceta, la de 205.276 reales 32 ma- 
ravedís, y se le adeudaba por impresiones particu- 
lares, que las satisfacían á plazos, la de 549233 
reales vellón. 

Insertamos á continuación un balance de los 
productos exclusivos de la Gaceta, durante el quin- 
quenio de 17 89-1 7 93: 



AÑOS. GASTOS. PRODUCTOS. GANANCIAS. 



I789..,.. II9. 751 703-669 583-9 18 

179° IOO.786 633 711 554 925 

179 1 I09-385 72I.728 612343 

1792 II7.832 928.358 810.527 

1793 382.863 2067.822 I.684959 



830.617 5.077.289 4246.672 



— So — 



El Mercurio dejó en los cinco años una ganan- 
cia de 424 254 reales vellón, y el Guía de forasteros 
otra de 205.105, que, unidas á las 102.981, ganan- 
cia de las obras particulares y al total estado de la 
Gaceta, componen una suma de 4 978 982 reales 
vellón. Entonces, cual muchos años después, la 
Gaceta fué el principal producto del establecimien- 
to, siendo de notar que sus gastos propios eran 
muy exiguos. 

Para que la Imprenta Real no careciese de una 
oficina de estampado, se estableció en ella el ramo 
de calcografía durante el año de 1789, con el do- 
ble objeto de reunir una crecida cantidad de lámi- 
nas, grabadas á expensas de S. M., que se hallaban 
dispersas en establecimientos particulares, y á fin 
de que se grabaran nuevamente copias de nuestros 
cuadros y monumentos artísticos. La Imprenta com- 
pró también todos los utensilios de esta dependen- 
cia, pagó de su cuenta á los dibujantes y grabado- 
res, compró todas las planchas de cobre y las má- 
quinas, y tasó sus efectos á les cinco años de esta- 
blecerse en 1. 106.887 reales vellón. El Conde de 
Floridablanca, primer secretario de Estado, había 
aprobado el Reglamento de esta nueva dependen- 
cia con fecha 12 de Abril de 1790, y á las pruden- 
tes y atinadas prescripciones del mismo se debió el 
rápido y considerable desarrollo de sus talleres, de 
cuya dirección se encargó el académico de mérito 
de San Fernando D. Nicolás Barsanti, así como de 
los trabajos oficiales del Guía el ilustre artista don 
Manuel Salvador Carmona, á quien se concedió 
por ello la pensión vitalicia de 300 ducados anua- 
les. En un principio pareció limitarse el estableci- 
miento á la estampación de vales reales, cédulas de 
banco y caja, empréstitos, deuda pública y toda 
clase de papel moneda; pero poco después, y res- 
pondiendo preferentemente á los fines de su crea- 
ción, reunió una notable colección de láminas de 



— 5i — 

los Varones ilustres , Vistas del Real Monasterio del 
Escorial } cuadros de los Reales Palac ios y muchas 
otras de diversos asuntos. De entonces datan los 
grabados más conocidos de Selma, Ametller, Sal- 
vador Carmona, Boix, López Enguidanos, Esqui- 
vel , Brunetti y tantos otros como lograron en el si- 
glo xvm levantar el grabado en dulce hasta un pun- 
to que honra al arte español. 

Menos afortunada la Imprenta en la fabricación 
de papel que estableció en el Real Sitio de San 
Fernando, tuvo que desistir de su empresa con per- 
dida en tres años de cerca de medio millón de rea- 
les y volver á ser tributaria de las fábricas de Ca- 
taluña y de Alcoy. 

Dado el portentoso desarrollo que <>n este siglo, 
y sobre todo en los últimos años, ha logrado el arte 
tipográfico, teniendo en cuenta además las prodi- 
giosas tiradas que realiza gracias á los sistemas de 
máquinas de Marinoni, Alauzet, Hartt, Lilibella, 
Arbizoni y tantas otras, cuesta trabajo trasladarse 
con la imaginación á la antigua casa de la calle de 
Carretas, en que veinticuatro prensas modestísimas 
ejecutaban verdaderos primores, haciendo ganar al 
Regente de la Imprenta los honores de impresor de 
Cámara y el uso de uniforme de Ayuda de la Fu- 
rriera de Su Majestad. El temor de prolongar de- 
masiado este artículo me veda citar detailamente el 
incalculable número de remiendos, añalejos, nove- 
nas, planes, avisos, bulas, pastorales, memorias, de- 
cretos, discursos, reglas monásticas, ordenanzas y 
silabarios, publicados por la Real Imprenta en los 
veinte primeros años de su creación, que fueron los 
últimos del siglo xvin*, pero no puedo pasar en si- 
lencio que durante aquel período vieron la luz 
obras de tanta importancia como el Viaje á Cons- 
tantinopla, Defensa de la Religión cristiana, Dcscrip- 
tiones plantarum, Colección de los Tratados de paz, 
Viaje al Estrecho de Magallanes por el capitán Pedro 



Sarmiento, Digesto teórieo-pr de-tico, Botánica del Ca- 
ballero Carlos Linneo, Tratado de la pintura de Leo- 
nardo de Vinci y Juan Bautista Alberti, Los Diez li- 
bros de Arquitectura de Marco Vitrubio Polión, His- 
toria de la insigne Orden del Tohón de Oro , Pará- 
frasis árabe de la Tabla de Cebes , Obras de Juan 
Ginés de Sepúlveda, Historia de la vida de Marco Tu • 
lio Cicerón, Las Obras de Xenofonte ateniense, Dos co- 
mentarios, Censo español de 1787, Colección de poetas 
antiguos y otras muchas obras, si no tan conocidas 
por sus asuntos, igualmente apreciables por su mé- 
rito tipográfico. 

De aquel importante establecimiento tipográfi- 
co, nada queda ya: la guerra de la Independencia 
en los primeros años de este siglo le infirió mortal 
herida; el régimen constitucional y la reforma en 
los ingresos y gastos públicos, redujo sus funciones; 
las quejas, no siempre justas, de la industria parti- 
cular minaron sus cimientos, y llegó un día en que 
se la despojó de su casa, se la privó de ca i todos 
sus rendimientos, y llegó á reducírsela á la impre- 
sión de la Gaceta y de el Guia. En tales condicio- 
nes, la publicación del periódico oficial debía resul- 
tar muy gravosa, no siendo ya de extrañar que, de 
reforma en reforma, se llegara á la supresión defi- 
nitiva de la Imprenta Nacional. Sus máquinas, sus 
tipos y todo su material, se han vendido á particula- 
res; los trabajos que realizaba se hacen por subasta; 
sus archivos duermen acaso, como otras veces, en 
un sótano, y sobre la puerta de ingreso del edificio 
construido por Arnal en la calle de Carretas, y que 
hoy ocupa la administración del Correo Central, 
pudiera escribirse, imitando otra antigua inscrip- 
ción: Aquí f ué la Lmpre?ita ReaL 



IMPRENTAS DE MADRID EN EL SIGLO XVIII 



La modestísima situación en que se vio durante 
sus últimos años y hasta su desaparición completa 
la Imprenta Nacional, no permitía recordar en poco 
ni en mucho el muy brillante estado que tuvo en 
los últimos años del siglo anterior, ni siquiera el 
que pudo conservar durante la primera mitad del 
presente. De aquí que las quejas formuladas mu- 
chas veces contra la imprenta del Gobierno, si pu- 
dieron justificarse alguna vez, han carecido en otras 
de toda razón y de todo fundamento serio. 

No es éste, sin embargo, el asunto del actual 
artículo, encaminado á poner de manifiesto la si- 
tuación de las imprentas de Madrid en 1792, tarea 
que me dan hecha tres curiosos documentos: el 
primero, una exposición dirigida al rey por algunos 
impresores de la corte; el segundo, un oficio del 
ministro conde de Aranda al subdelegado de la 
Real Imprenta para que informase aquella solicitud, 



— 54 — 



y el tercero, el informe dado por el jefe superior de 
la imprenta. Mi buena fortuna me permite también 
añadir á este último documento curiosas notas, que 
especifican mejor los fundamentos del informe. 

He aquí, respetando hasta su ortografía, el me- 
morial dado al conde de Aranda para el rey, por 
los impresores: 

«Señor: Quando las Artes hallan propicios á los 
Príncipes y Soberanos y Magistrados, la honrosa 
emulación los excita á el adelantamiento en la fa- 
cultad que profesan; mas quando no hallan el su- 
ficiente premio ni la protección en lo que empren- 
den, se abandonan á la negligencia con un perjui- 
cio notable del Estado. Ninguno es más necesitado 
de la protección Real y del favor de los regios 
tribunales que el Noble Arte de la Imprenta, por 
depender inmediatamente de la Magestad, ya en 
facilitar los medios para el comercio de los libros, 
y ya en las excepciones, gracias y privilegios que 
los avilita. Los individuos de este Arte llegan hoy 
á los Reales Pies de V. M., no á tratar de estos 
puntos sumamente delicadísimos, sino á exponer 
muy por mayor los principios lastimosos de la Im- 
prenta en España, sus aumentos y por quién, y la 
decadencia mui notable que ya se experimenta en 
esta Corte y villa de Madrid. 

»No ignora V. M. el año, autor, tiempo y lugar 
del apreciable y nunca bien alavado descubrimien- 
to de la Imprenta, ni que se propagó con grandísi- 
ma brevedad por las principales ciudades de Euro- 
pa, tanto que cada una de por sí se juzgó autor de 
este prodigio; fundaron en él los progresos en su 
literatura y agregaron á su comercio el ramo mas 
lucroso y equitativo de quantos tenían. Solo Espa- 
ña, que aunque se admiró al verlo, no lo estimó, 
pues pasaron cerca de treinta años de su descubri- 
miento primero que se vió Imprenta en ella; y 



— 55 — 

quando apareció no tuvo apoyo ni estimación, por 
cuyo motivo vivieron sus Profesores en suma po- 
breza, y así no hicieron progresos en el arte ni en 
el comercio de los libros, haciéndole éste las na- 
ciones extrangeras pagando á buen precio lo poco 
que se aprovechó en él. 

»En este estado tan deplorable vivió en España 
este Noble Arte de la Imprenta, desde su descubri- 
miento hasta que subió á su regio trono el padre 
de V. M., el Señor Don Carlos III de gloriosa me- 
moria, y registrando desde su elevación la miseria 
y abatimiento en que estaba, determinó vivificarle 
y fomentarle; para lo que mandó se crease una 
Compañía general de Impresores y Libreros que 
tomase á su cargo las impresiones del rezo divino 
que venían de Amberes ; prohivió por Real Cédula 
de 20 de Noviembre de 1763 la entrada en estos 
Reinos de todos los libros que no se imprimiesen 
en él, y en suma concedió quantas Cédulas, Reales 
privilegios y exempciones fuesen capaces de poner- 
le en estado que pudiese competir en su qualidad 
y comercio con cualquiera nación extranjera —A 
los deseos de S. M. correspondieron los facultati- 
vos con su aplicación, tanto que en la Real Cédula 
de 9 de Julio de 1778, que trata entre varios parti- 
culares de el fomento de la Imprenta y comercio 
de libros, dice: c Sabed que informado en todas las 
> órdenes que desde mi exaltación al trono he man- 
»dado expedir, dirijidas al fomento del Arte de la 
^Imprenta y comercio de libros en estos mis Reí- 
anos, que mas de un siglo á esta parte se hallaban 
»en lastimosa decadencia, y enterado circunstan- 
ciadamente de todas y de los buenos efectos que 
»han producido, pues á beneficio de ellos se han 
^mejorado las impresiones de tal forma que han 

>dado crédito á la avilidad de nuestros artífices » 

A cuya diligencia han contribuido todos, y cada 
uno de por sí, en las obras que se les han propor- 



donado, y en efecto, todas las naciones se admiran 
y confiesan que ha llegado el Arte de la Imprenta 
en España á su perfección y que puede competir 
en este ramo de la Imprenta y en su comercio con 
la más opulenta de ellas —Con estos auxilios tan 
particulares del Padre de V. M., junto con la apli- 
cación de los individuos del Arte de la Imprenta, 
se puso en la mayor opulencia, se vió desterrada la 
miseria de sus individuos, pobladas sus casas de 
prensas, y oficiales trabajadores contribuian á las 
fábricas de papel con sumas considerables, mante- 
nían muchos encuadernadores y otras infinitas gen- 
tes que se alimentaban de las manufacturas de los 
Libros. =Todos estos auxilios y ostentación que 
acreditaban la grandeza del corazón del Señor Don 
Carlos III y la felicidad de sus vasallos, se va disi- 
pando como el humo: De pocos años á esta parte 
se nota una decadencia muy notable en este Arte; 
ya las más de sus prensas no trabajan, la mayor 
parte de sus oficiales mendigan ó se arriman á las 
obras públicas, los mercaderes de Libros y los En- 
cuadernadores echan de menos esta falta de trabajo 
en las Imprentas, los fabricantes y trajineros de 
papel pasan de puerta en puerta sin hallar el des- 
pacho de su género, y en suma, en todo lo que 
corresponde á este ramo útilísimo de la literatura y 
comercio se halla una desmejora considerable.= 
Registrando con maduro examen en qué consiste 
esta decadencia, no se halla otro motivo sino los 
perjuicios que sufren con la opulencia de la Im- 
prenta de la Gaceta, porque quanto mas se va au- 
mentando ésta van decayendo las otras, inavilitán- 
dose y faltándoles las fuerzas, de modo que ésta 
será la destrucción de las demás. =Esta Imprenta 
de la Gaceta se tomó por cuenta de la Secretaría 
de Estado y del Despacho Universal de V. M. por 
los años de 1756 para imprimir en ella la Gaceta, 
de donde le viene su nombre: se le agregaron in- 



— 57 - 

mediatamente las impresiones del Mercurio y Guia 
de Forasteros, Estado Militar y algunas otras im- 
presiones particulares que S. M. mandaba se hicie- 
sen de su cuenta. En este estado y circunstancias 
se mantubo mas de veinte y quatro años, sin que 
fuese perjudicial á ninguna de las otras, hasta que 
auxiliada del poder y con los grandes caudales que 
allí se han depositado, ha declarado la más cruel 
guerra á las demás — El plan que se ha propuesto 
la Imprenta de la Gaceta es el mas terrible que se 
puede dar: sus operaciones son aun contra el deco 
ro Regio del nombre Augusto Real —En qualquie- 
ra Librillo, Novena ú otro papelucho, se halla 
estampado en su portada «En la Imprenta Real.»= 
En las Cortes de Europa hai Imprentas Reales, 
pero estas no se emplean sino en las obras propias 
que el Rei manda imprimir ó en obras de solo luxo 
que son dignas de la Magestad ó por ostentar su 
grandeza y poder, cuyas obras, aunque son dignas 
de la prensa, no son aptas para el comercio.=En 
la Imprenta Real no se deven hacer obras para 
ganar sinó para instruir, como no sean algunas que 
por su particular motivo sa privilegie el Rei para sí 
ó las agregue á cualquiera destino.=V. M., Señor, 
puede privilegiarse quantas obras tuviese á bien á 
beneficio de la Real Hacienda ú en la misma Im- 
prenta Real, ó darlas el destino que gustase ; pero 
las obras del pueblo que el común destino lleva á 
las puertas del impresor, estas por natural derecho 
son suyas; con ellas se mantiene; mantiene su ofi- 
cina y á sus oficiales, que todos son vasallos de 
V. M. y se hallará razón para quitarles el pan con 
una Imprenta Real que tiene la puerta abierta para 
recivir las obras, ya sean pequeñas, ya grandes, y 
si no van las solicitan como pobre necesitado.— En 
este supuesto: Suplicamos á V. M. se digne mandar 
la moderación en estos excesos, como propia de un 
Monarca: que dicha Real Imprenta se abstenga en 



- 58 - 

adelante de recivir obra alguna por pequeña que 
sea, sin tener la Real aprovacion de V. M v pues 
de lo contrario se verán los exponentes en la preci- 
sión de abandonar su facultad y haver de buscar 
por medios extraños la manutención de sus fami- 
lias, de que aun está reciente el ejemplar. Esta gracia 
esperan de la Real protección de V. M.=Señor.= 
A. L. R. P. de V. M.=Manuel Gonzalez=Hilario 
Sentos = María Angela Usor, viuda de Marín = 
Andrés de Soto=Blas Roman=joseph de Urru- 
tia=Antonia Ulloa=Jph Doblado=Pantaleon Az- 
nar=Isidoro Hernández Pacheco = Andrés Ra- 
mírez.» 

Hé aquí el oficio de remisión de la anterior ins- 
tancia : 

«limo. Sr. : Remito á V. S. I. el memorial que 
han dado -algunos Impresores de esa villa, á fin de 
que enterado de quanto exponen y piden, y toman- 
do en consideración las razones en que se fundan, 
gradúe el valor de estas y exponga V. S. I. lo que 
se le ofrezca y parezca —Dios guarde á V. S. I. mu- 
chos años. Aranjuez, 4 de Abril de 1792 —El Con- 
de de Aranda.=Sr. D. Joseph Antonio Fita.» 

Informe dado por el subdelegado de la Real Imprenta. 

«Excmo. Sr. : Debuelvo á V. E. el memorial que 
se ha servido remitirme á informe, en que algunos 
impresores de esta villa exponen á S. M. la deca- 
dencia que padecen las imprentas, los enquaderna- 
dores de libros y las fábricas de papel en sus res- 
pectivos trabajos; que, examinada la causa, no ha- 
llan otra que la opulencia y aumento de la Impren- 
ta Real, porque no debiendo hacer obras para ga- 
nar, sino para instruir, imprime de todo con perjui- 
cio de las imprentas particulares; y concluye pi- 



— 59 — 



diendo que S. M. mande se abstenga de esto y no 
reciba ninguna obra sin que preceda Real aprova- 
cion. Examinado el apoyo de esta representación, 
resulta es equivocación sentar que la Imprenta de 
la Gaceta se tomó por la Secretaría de Estado el 
año de 1756, haviendo sido el 61 cuando se com- 
pró por el Rey el privilegio de este impreso que 
poseía el Conde de Salceda; y se encargó por co- 
misión á D. Francisco Manuel de Mena la impri- 
miese en su propia imprenta, que continuó siendo 
una de las particulares de Madrid. En iguales tér- 
minos se le encargó la impresión del Mercurio 
en 1762 y del Guia de Forasteros en 69, adquiridos 
también por S. M. y encargados á Mena, satisfa- 
ciéndole su trabajo y comisión, hasta que por su 
muerte el año de 1780, se transigió su imprenta con 
los herederos, quedando por el Rey las 15 prensas 
en que se componia, llamándose desde entonces la 
Imprenta Real. 

»De estos hechos se convence que no pudo cau- 
sar perjuicio alguno anterior á su establecimiento; 
y es preciso partir desde esta época, examinando 
el estado y progreso que ha tenido ella y las im- 
prentas particulares. 

>Todo el aumento de la del Rey se ha reducido 
á dos prensas más el año 84 y otras cuatro en 86, 
compradas de imprentas mal provistas, que por lo 
mismo carecian de travajo y de utilidad para sos- 
tenerlas (1). Por otra parte crecieron también las 
particulares, de suerte que prescindiendo de Alcalá 
de Henares, donde había solo la de la Universidad 
y hay ya tres, y de otras capitales más distantes en 
que se han establecido, solo en Madrid ha habido 
un aumento considerable, pues Manuel González 



(1) Las dos prensas compradas en 1784 lo fueron á D. Isidoro Ló- 
pez, quien continuó trabajando con otras cuatro. Las cuatro com- 
pradas después lo fueron á D. Manuel Sancha, que trabajaba en la 
calle de las Fuentes. 



— 6o — 



(uno de los que firman) teniendo 3 prensas en 1784, 
aumentó otras 3; Antonio Uiloa, también exponen- 
te, teniendo 3 aumentó hasta 7 en compañía de 
Ramón Ruiz; Joseph Herrera, habiendo tomado la 
de Antonio Cabezota con 2, aumentó hasta 4; An- 
tonio Espinosa, que condujo 3 de Segovia en 1785, 
aumentó hasta 7, y Benito Cano, que ninguna tenía, 
estableció el mismo año la suya con 24 prensas 
nuevas, sin contar las imprentas más acreditadas 
de Ivarra, Sancha, Marin y otros (1). El motivo de 



IMPRENTAS DE LA CORTE EN 1792 



6 Imprenta Real, calle de las Carretas 21 

„ Viuda de Ibarra, calle de la Gorguera 13 

„ Idem de Marín, calle de la Encomienda. .... 21 

,4 Benito Cano, calle de Jesús y María 24 

m Joseph Urrutia, junto á San Cayetano 14 

1 Don Gabriel Sancha, Aduana Vieja 16 

M Plácido Barco, calle de la Cruz 11 

1 Jerónimo Ortega, calle de Majadeiitos 7 

7 Don Antonio Espinosa, calle del Espejo 7 

3 Manuel González, en los Capuchinos 6 

7 Ramón Ruiz, calle del Aguila 7 

M Blas Román, plaza de Santa Catalina 7 

Joseph Doblado, calle de Barrio Nuevo 6 

m Pantaleón Aznar, carrera de San Jerónimo. .. . 3 

Hilario Santos, calle de la Montera 4 

- m Antonio banz (sus heredero?), calle de la Paz. . 5 

Joseph García, calle de Capellanes 4 

Andrés de Sotos, frente á San Ginés 4 

Juan Rodríguez, calle de Toledo 7 

m Isidoro Pacheco, calle de Tudescos 4 

w Antonio Ranz, calle de Jacometrezo 1 

Lorenzo San Martín, calle de la Montera 2 

m Don Antonio (sus herederos), calle del Carmen. 2 

M Antonio Ulloa, calle de la Concepción 3 

m Manuel Moya, plaza de San Jacinto 2 

2 Joseph Herrera, calle del Olivo 4 

m Andrés Ramírez, calle del Buey x 

m Joachín Morales, calle de las Carretas 1 



5i 



— 6i 



haberse crecido tanto la Imprenta, fué la mucha 
salida y venta de obras que produjo la paz, des- 
pués de haber estado interrumpido el comercio 
durante la guerra; y no siendo el en libros tan 
activo y constante como el de géneros de consumo 
común, de aquí es haberse disminuido , general y 
progresivamente, el trabajo y la utilidad. Aun en 
los años de su maior incremento solo algunas pocas 
se hallaban bien surtidas y las demás desempeña- 
ban mal las obras. Esta fué la causa que expuso al 
Rei la Compañía de Impresores y Libreros del 
Reino, expresando á S. M. que por no poder cum- 
plir lo que habian escriturado con el Monasterio de 
San Lorenzo el Real para las impresiones de Libros 
del rezo eclesiástico, por tener que valerse de im- 
prentas particulares que no cumplian bien y á 
tiempo; y para evitar el perjuicio que resultaba al 
comercio general de la Nación y al de la misma 
Compañía, se le concediese tener imprenta propia: 
y S. M. en 16 de Noviembre de 1787 se sirvió con- 
cederla, sin embargo de estarla prohivido por la 
Real Cédula de su creación y no obstante un re- 
curso hecho por varios impresores de Madrid. Ex- 
perimentando esto mismo los edictores particulares, 
no es extraño hayan preferido y prefieran para la 
impresión de sus obras las imprentas mejor surti- 
das, en cuya clase se halla la del Rei: y si por este 
solo título deviera substraerse de la impresión de 
aquellas obras que los exponentes llaman suyas por 
derecho natural, deberia seguirse que las del Rei 
se imprimiesen solo en la de S. M., comprendién- 
dose quantos Decretos, Pragmáticas, Cédulas y 
demás cosas que dimanasen de las Secretarías 
del Despacho, Tribunales y oficinas subalternas 
que se imprimen siempre en otras particulares ; y 
bastarian por dotación con la Gaceta, Mercurio y 
Guia para conservar aun en mejor estado la Real 
Imprenta y que emprendiese por sí algunas obras de 



— 62 — 



instrucción y luxo que exijen este ú otro subsidio. 

»Con presencia de todo soi de dictamen que 
V. E. se digne desatender el recurso de esos im- 
presores como infundado en todas sus partes. V. E. 
no obstante resolverá lo que sea de su superior 
agrado.=Nuestro Señor, etc — Madrid, 2 1 de Abril 
de i792.=Excmo. Sr. Conde de Aranda.» 

Los razonamientos del subdelegado de la Im- 
prenta Real no eran de fácil réplica, y de acuerdo 
con ellos fué desestimada la solicitud de los impre- 
sores de Madrid. Más tarde, y en el trascurso de 
muchos años, la Imprenta Real fué perdiendo en 
importancia, pero sin gran ventaja para las particu- 
lares, que miéntras dirigían á aquélla sus golpes, 
no siempre justos, no advertían que la verdadera 
competencia que se les hacía arrancaba de otras 
pequeñas impr ntas que iban montándose á la som- 
bra de los diferentes departamentos ministeriales. 



MISTERIOS DE BASTIDORES 

EN 1802 



En una acreditada revista ha visto recientemen- 
te la luz pública un curioso documento, relacionado 
con el arte dramático: las «Listas de las compañías 
cómicas para los teatros de esta Corte en el presen- 
te año de 1818, precedidas del Reglamento que 
han de observar los actorés y de las condiciones 
generales á que están obligados, aprobadas por 
S. M. en Reales órdenes de 18 y 23 de Febrero de 
este año.» 

El documento es notable y digno de estudio; 
sus conclusiones poco favorables al orgullo que 
actualmente caracteriza á cuantos viven de él y 
en el teatro, ó por lo menos á la inmensa mayoría 
de los mismos Los sueldos que entonces perci- 
bían Máiquez, Carretero, González y demás prime- 
ras partes, harían ruborizarse hoy á los que salen 



- &4 - 



á escena dos ó tres veces en la temporada para de- 
cir: «El coche está esperando», ó «La comida está 
en la mesa». 

Los deberes y obligaciones, harto difíciles y nu- 
merosos, de los actores, dado el carácter de su pro- 
fesión; el encanto que suele ofrecer al público la 
vida que empieza y se desarrolla en los teatros, del 
telón de embocadura para adentro*, eso que la frase 
«misterios de bastidores» ha consagrado, circuns- 
tancias son más que suficientes para que el exhu- 
mado papel haya sido leído, saboreado y comenta- 
do á más y mejor en salones y saloncillos, vestíbu- 
los y cafés. 

Muchos periódicos lo han reproducido también 
en sus columnas; pero, cual si todos obedeciesen á 
una consigna, renunciando á hacer comentarios por 
cuenta propia y dejándolos íntegros al curioso lec- 
tor. Cierto que el Reglamento de 1818 y las listas y 
asignaciones de las compañías del Príncipe y la 
Cruz son de por sí sobrado elocuentes; pero no hu- 
biera estado de más que los periódicos utilizaran 
el documento, siquiera para glosar sus principales 
disposiciones y contribuir á rebajar un poquito 
el pecado capital de los cómicos del día, pecado 
á que queda hecha referencia, ya que no existe 
hoy saltarín ni ventrílocuo que no ex ; ja un suel- 
do ocho veces mayor que el que disfrutó en vida 
el pobre Isidoro Máiquez, honra de la escena es- 
pañola. 

En fin, puesto que ninguno de mis compañeros 
en la prensa ha utilizado, como podía, el curioso 
documento, cuya copia debe pertenecer, ó mucho 
me engaño, á un distinguido oficial de la Biblioteca 
Nacional; á pesar de que las constituciones del tea- 
tro en 18 18 han corrido todos los periódicos, voy á 
mi vez á exhumar, por si tienen mejor fortuna, otros 
documentos, que juzgo más notables que aquellas, 
por su fecha, por su carácter y por sus conclusiones: 



- 6 5 - 

la formación en 1802 de las compañías de los Ca- 
ños del Peral y de la Cruz. 

Dejemos hablar al Diario de Madrid del viernes 
27 de Agosto de 1802: 

«Habiendo cesado en la Empresa de los Tea- 
tros de esta Córte D. Melchor Ronci, celoso siem- 
pre el Gobierno y la Junta de Teatros, presidida 
por el Excmo. Sr. Gobernador del Consejo, del in- 
terés y derecho del público, que le tiene notorio á 
que no se le prive de las diversiones y escenas tea- 
trales, ha determinado facilitárselas por los medios 
más sencillos y eficaces, formando dos compañías, 
que por el tiempo que resta del presente año cómico 
trabajen con esmero y puntualidad, «llenando las 
obligaciones que tenía dicho empresario, á lo que 
se han prestado y contribuido generosamente los 
individuos que se mencionarán , conducidos del de- 
seo de servir al público de esta Córte, en cuya con- 
secuencia se han realizado por medio de sus apode- 
rados dichas compañías en la forma siguiente : 

>Los comisionados de las compañías de cómi- 
cos de los coliseos de la calle de la Cruz y Prínci- 
pe, en cumplimiento de las órdenes del excelentísi- 
mo Sr. Gobernador del Consejo, del encargo par- 
ticular de la Comisión nombrada por S. E , y que- 
riendo llenar al mismo tiempo la confianza que sus 
compañeros han puesto en ellos, y conciliar con el 
interés general los intereses particulares de tantos 
individuos á quienes el aprecio del público, el dere- 
cho á la jubilación ú otros motivos hacen acreedo- 
res á la consideración, han formado las siguientes 
listas, que son, en su juicio, las que menos perjui- 
cios ocasionarán á los actores y mejor podrán satis- 
facer al público : 



3 



COMPAÑÍA DEL COLISEO DEL PRÍNCIPE EN EL DE LOS 
CAÑOS DEL PERAL. 



Los Sres. Isidoro Maiquez 40 reales. 

Juan Carretero 32 > 

Rafael Pérez 27 > 

Agustín Roldan 19 » 

Josef Navarro 15 » 

Manuel Herrando 14 » 

Manuel León 13 » 

Josef González 13 > 

, . (Vicente García 32 > 

De carácter an-\ , _ J 

< Tomas López 22 > 

ciano j . . . -V . • 

( Antonio Martínez 15 > 

/Miguel Garrido 32 » 

De carácter Jo-) Eugenio Christiani ?o > 

coso (Francisco López 20 > 

\Juan Antolin Miguel 13 > 

! Manuel García 30 > 

Vicente Comas 27 > 

Lázaro Calderi 22 » 

Sobresaliente... Agustín Llopis 29 > 

ACTRICES 

Las Sras. Andrea Luna 40 » 

Antonia Prado 36 > 

Josefa Luna 32 » 

Rosa García 28 » 

Manuela Montéis 28 > 

Gertrudis Torres 22 » 

Joaquina Briones 18 » 

Manuela Morales 14 » 

j Lorenza Correa 36 » 

De cantado. .. i Vicenta La porta 26 » 

' Joaquina Torres 18 » 

! Dionisio Solís 17 » 

Josef de Lamo 12 » 

Gabino Sierra 10 > 



ACTORES 



PARTIDO 

DIARIO 



Supernumerario Juan Manuel Martínez 13 reales. 

Compositor de , pMo ^ > 

música ) 



COMPAÑÍA DEL COLISEO DE LA CALLE DE LA CRUZ 

Los Sres. Manuel García Parra 40 reales. 

Antonio Ponce 32 > 

Joaquín Cap rada 27 » 

Antonio Ortigas 19 » 

Juan Ri vas 15 » 

Pablo Parra 14 » 

Juan de Mata 13 > 

Braulio Hidalgo 13 » 

Josef Cortés 13 » 

_ , _ [Antonio Pinto a 2 > 

De carácter an-\ r? • r> 

< Jbrancisco Baca 22 > 

(Josef Diez 15 » 

_ { t (Mariano Querol 22 » 

De carácter 10— ) T , ^ , TT _ 7 

J { José García Ugalde 20 » 

COSO i r £ 

(Joseiüros 20 » 

l Josef Berteli 30 > 

De cantado. . . .< Josef Esnos 20 » 

( Josef Rigal 20 » 

Pí?^ suplir se- \ 

gundos y icr-\ Rafael Palomera 22 > 

ceros ) 

ACTRICES 

Las Sras. Rita Luna 40 » 

Coleta Paz 32 » 

Josefa Virg 24 » 

Joaquina A rteaga 28 » 

María Rivera 22 » 

Antonia Zarate 16 » 

Manuela Correa 16 » 

■p. . , \ Laureana Correa 26 » 

De cantado. .. . . _ ' 

( Mariana Galino 24 » 



— 68 — 



ACTORES 



PARTIDO 
DIARIO 



Apuntadores, . . 



Blas Flores 

Josef de Casas . . . 
Francisco Farelo 



17 reales. 
12 » 



10 



> 



Compositor d e 
música, 



D. Blas de Laserna 



> 



Nota. El Galán tendrá todas las obligaciones anexas á 
esta parte, y los privilegios que le son propios, según la 
ley de ejercicio.» 

>La Sra. Antonia Prado, en consideración á que 
estaba colocada de primera dama en el teatro de 
]os Caños, y á que lo ha sido anteriormente en el 
del Príncipe, alternará en dicha parte con la señora 
Andrea; y no pudiendo dársela los intereses en el 
todo de primera dama, por no cargar á las compa- 
ñías, ni hacer ejemplares de partidas dobles, se la 
aproximará cuanto sea posible á dicho partido, y la 
alternativa se entenderá en hacer aquellas comedias 
que sean de su carácter y ser primera dama en au- 
sencias y enfermedades de la Sra. Andrea, que 
ocupa dicha parte. 

»Las Sras. Rita Luna y Lorenza Correa tendrán 
los intereses y privilegios anexos á las partes que 
ocupan; pero como el mérito de una y otra es tan sin- 
gular, y los cómicos tienen aún mayor interés que 
el público en reconocerlo y distinguirlo, han tenido 
por justo asignarlas, además de los sueldos fijados á 
sus partes, alguna cantidad, que si no recompensa 
el mérito, á lo menos da un testimonio de cuanto 
lo aprecian, y de que solamente su pobreza es la 
causa de no igualar fel premio á los talentos. 

>En atención á las obligaciones que los gracio- 
sos Miguel Garrido y Mariano Querol están conti- 
nuamente desempeñando sin ser relativas á su par- 
te, tales como los figurones en el uno, y en el otro 
las operetas y tonadillas, como también al extraor- 



- 6 9 - 

dinario aprecio que de ellos hace el público, sin em- 
bargo de haber cedido en mucha parte su trabajo 
en el día, por haber variado las circunstancias, se 
les considerará, en punto á intereses, del mismo 
modo que anteriormente en su mayor trabajo, pero 
no se entenderá así con los que les sucedieren. 

»Las compañías cómicas carecen de medios pe- 
cuniarios para recompensar el mérito en cuantos 
tienen alguno que los distingue del resto de sus 
compañeros, pero en consideración del celo que el 
actor Isidoro Maiquez ha mostrado en sus obser- 
vaciones teatrales, en adquirir conocimientos á costa 
de estudio y de fatigas, y en dar á su escena más 
decoro y regularidad que hasta aquí ha tenido, se le 
dará precisamente descanso cuando ejecute la com- 
pañía en que se halle alguna ópera seria ó bufa, 
opereta ó pequeña pieza de verso y música, para 
que pueda en estos intervalos llevar á la perfec- 
ción la regularidad y el decoro á que ha dado 
principio. 

^Ninguno de los contenidos en las anteriores 
listas podrá excusarse al trabajo que le pertenezca 
y se le mande por el primer actor, ni á salir á los 
acompañamientos desde quinto galán y quinta dama 
inclusive, y cantar los coros según la ley de ejerci- 
cio; la armonía entre todos, el buen servicio del pú- 
blico y la completa satisfacción del Gobierno, tales 
son los deseos de los comisionados que han obteni- 
do la distinción de que se les encargue la formación 
de estas compañías y su arreglo. 

»Los comisionados propondrán á la Junta en 
qué términos deberán los actores hacer el cobro de 
sus intereses, y la pensión que deberán percibir, y 
de qué modo, las Sras. Rita Luna y Lorenza Correa. 

»Los partidos que van asignados sirven sólo de 
regla para el reparto que se hará de los productos 
de los teatros deducidas cargas y gastos; de forma 
que si las entradas doblasen lo que importan lo 



— 7o — 



partidos diarios, tomarán los actores dos veces el 

asignado y si se triplicasen, tres. 

» Igualmente los referidos comisionados han pen- 
sado que por lo que resta del año hasta la próxima 
Cuaresma, los individuos que quedan excluidos de 
estas listas y habían hecho contrato con D. Melchor 
Ronci, perciban la media parte perteneciente á 
aquella en que estuviesen colocados según ley de 
ejercicio, y evitar en lo posible la indigencia y el 
dolor á que se verían reducidos si se quedasen ex- 
cluidos á mitad de año, cuyo esfuerzo es el mayor 
que en circunstancias tan apuradas pueden hacer 
las compañías; pero los individuos comprehendidos 
en este caso deberán conformarse con lo que de 
ellos disponga la Junta en los términos que propon- 
drían los comisionados, que así en esto como en 
todo lo que sucesivamente ocurriere, se protestan 
obedientes á las sabias disposiciones del Gobierno, 
á quien suplican les permita imprimir esta lista del 
modo que la presentan. — Madrid 22 de Agosto de 
1802. — Antonio Pinto. — Rafael Pérez. — Dioni- 
sio Solís.» 

Como se ve por el documento trascrito, puesto 
en parangón por el reproducido en la Revista aludi- 
da, los partidos señalados á los que formaban en 
las compañías de Madrid en 1802 son bastante 
más bajos que los que disfrutaban en 181 S; pues 
Isidoro Maiquez, que en este año tenía asignados 
60 reales, en aquél no pasaba de 40; Juan Carrete- 
ro había subido de 32 á 40; Josefa Virg, de 24 á 
30; Joaquín Caprara, de 27 á 30; Eugenio Christia- 
ni, de 20 á 26 y Rafael Pérez, de 27 á 30. 

Rita Luna, que no figuraba en 1818, tenía en 
1802 el mismo partido que Máiquez: 40 reales. 

Y téngase en cuenta que, si bien estas asigna- 
ciones eran á partido, ó lo que es igual, que los có- 
micos podían verlas muy aumentadas , según el in- 
greso de los teatros, no lo es menos que las cuen- 



— 7i — 



tas que se publicaban diariamente, y se conservan 
en el Archivo del Ayuntamiento, arrojan la triste 
evidencia de que, á lo sumo, tenían que contentar- 
se los cómicos con la asignación del partido, sin so- 
ñar nunca con imposibles aumentos. 

No es de extrañar que Máiquez, la Antonia Pra- 
do, Manuel García el cantante y otros, se negaran 
á formar parte de una combinación teatral que tan 
poco les favorecía , haciendo exclamar á los auto- 
res de la misma, desde el citado Diario de Avisos: 

cQuando la Junta y el público debían esperar 
que, á imitación de sus compañeros, subscribiesen 
también los actores Isidoro Máiquez, Josef Navarro, 
Josef González, Antonio Martínez , Eugenio Chris- 
tiani, Manuel García, Joaquín Caprada, Antonia 
Prado, Gertrúdis Torres, Joaquina Briones y Ma- 
nuela Morales, á quienes se premiaaba y distinguía 
en el plan formado por dichos sus compañeros 
para esta formación, con la particularidad que en 
él se advierte, se ha experimentado todo lo contra- 
rio, sin embargo de haber dicho antes que estaban 
prontos á obedecer al Gobierno, y á pesar de las 
suaves persuasiones que se les han hecho, se han 
resistido absolutamente á alistarse en dichas com- 
„ pañías, por cuyo motivo quedan excluidos de ellas.» 

|Qué ingrato era Máiquez! [Renunciar así á un 
partido de cuarenta reales, después de verse pre- 
miado por sus estudios profundos sobre la historia 
y el ejercicio del arte dramático, permitiéndole que 

no tomase parte en las tonadillasl La Junta de 

teatros, por lo menos, debió conceptuarlo así, cuan- 
do no vaciló en denunciar su conducta desde las 
páginas del periódico oficial más leído por enton- 
ces. | Quién sabe también si ya á la sazón ejercerían 
un influjo, que tan funesto ha llegado á ser luego, 
las rivalidades de los mismos cómicos! [Quién sabe 



— 72 — 



si los autores del proyecto, compañeros de Máiquez, 
no tendrían interés en hacerle saltar de la compa- 
ñía, para que se corriera la escala! 

De todas suertes — y aquí entra el asunto en una 
nueva fase — en el Diario citado aparece el arreglo 
y, juntamente con él, la negativa de Máiquez y de 
otros á aceptarlo; pero, cosa extraña, á los ocho 
días justos de esta negativa , y mientras que en el 
teatro de la Cruz se representaban por la compañía 
de García Parra El Fruto de un mal consejo contra 
el mismo, Malos efectos del vicio y jugador abando- 
nado, El Asturiano en Madrid y observador instrui- 
do, Pensar mal y hablar peor es de gentes sin honor ó 
el hablador indiscreto, y otras comedias de igual al- 
cance literario, el teatro de los Caños del Peral se 
abría en 5 de Septiembre, y Máiquez representaba 
el drama el Aguador de París, y descansaba luego 
durante la opereta El Secreto. Y, como nueva y de- 
cisiva demostración de haberse llegado á un acuer- 
do, el día 12 del mismo mes de Septiembre de 1802 
se reunían ambas compañías para representar la 
comedia heróica Atilio Regalo. 

¿Había reformado sus condiciones la Junta de 
teatros? ¿Había desistido Máiquez de su intransigen- 
te actitud? 

No he podido averiguarlo. 

Lo que sí debo declarar, cerrando estos deshil- 
vanados párrafos, es que, habiendo recurrrido á las 
Bibliotecas públicas de Madrid para resolver una 
duda sobre este asunto, y revisado el tomo de Diarios 
de Madrid de la época, he visto con sorpresa que el 
número del 27 de Agosto de 1802, encuadernado 
con sus compañeros, no dice una sola palabra de lo 
que reza el ejemplar suelto del mismo día, ejemplar 
de mi pertenencia que antes guardaba como docu- 
mento curioso, y que, con esta circunstancia, ha lle- 
gado á ser interesantísimo. 

¿Sería posible que el 27 de Agosto de 1802 se 



— 73 — 



publicase un segundo Diario de Avisos, para satis" 
facer legítimas quejas de Márquez, herido por la 
nota que he copiado y en la que su formalidad no 
quedaba muy bien parada? 

Averigüelo quien trate de profundizar misterios 
de bastidores del año 1802, que yo, después de ha- 
ber allegado los materiales trascritos, cejo en mi 
propósito y cierro este artículo. 



UN RETRATO DE PRÍNCIPE 



La casualidad puso recientemente en mis ma- 
nos un ejemplar de la obra Nuevas indagaciones 
acerca de la fractura de la rótula, publicada en 1795 
por el cirujano de cámara D. Leonardo Galli, lla- 
mando desde luego mi atención el ver al frente de 
dicho libro el retrato de D. Manuel Godoy, duque 
de la Alcudia á la sazón y más tarde príncipe de 
la Paz. 

Un retrato, cuyo dibujo se debe al pintor de cá- 
mara D. José Beratón y el grabado al célebre Sal- 
vádor Carmona, ofrece ya inequívoco interés para 
el aficionado á las Bellas Artes, y cuando el retrato 
representa á quien logró por su talento, y acaso 
también por su figura, un puesto eminentísimo, 
aunque de tristes consecuencias para la nación, el 
interés sube de punto. Persiguiendo la historia del 
libro y algunos detalles curiosos del mismo, tuve 
ocasión de convencerme documentalmente de lo 



- 76 - 

descontentadizo que debió ser D. Manuel Godoy 
para con los que se consagraron á reproducir su 
efigie, y no he resistido á la tentación de presentar 
reunidas en breve número de cuartillas, las obser- 
vaciones que á mí me costaron diferentes viajes y 
consultas. 

El libro, cuyo título he copiado, se debe, como 
queda dicho, á D. Leonardo Galli, natural de Ta- 
rragona, cirujano de cámara del rey Carlos IV y 
autor de varias obras de la especialidad científica 
á que se consagró. Fué escrito con motivo de una 
fractura que sufrió en la rótula la infanta doña Ma- 
ría Josefa, dedicado al duque de la Alcudia, é im- 
preso á expensas de éste en la Imprenta Real. La 
obra, según la opinión autorizada de un joven doc- 
tor que ha venido en mi auxilio, es interesante por 
las observaciones propias del autor, por el ingenio 
de sus aparatos de terapéutica quirúrgica, por las 
investigaciones que en ella se encuentran acerca 
del diagnóstico de estas fracturas, por su estilo y 
datos anátomofisiológicos y por la recopilación he- 
cha por Galli de opiniones ajenas. Acompañan al 
libro seis láminas de sillas y aparatos para curar 
aquel género de fracturas. 

Pero si el autor encontró una mano protectora 
en el duque de la Alcudia, no tanto tal vez por el 
objeto científico del trabajo como por el origen 
palatino que había tenido, justo es consignar que 
correspondió con creces al beneficio, estampando 
en la dedicatoria todos los títulos del protector, que 
por ser documento curioso reproduzco íntegro, y es 
como sigue: 

«Al Mecenas español el Excmo. Sr. D. Manuel 
de Godoy y Alvarez de Faria Rios Sánchez Zar- 
zosa: Duque de la Alcudia: Señor del Estado de 
Albalá : Grande de España de primera clase: Regi- 
dor perpétuo de la ciudad de Santiago: Caballero 



— 77 — 



de la insigne Orden del Toyson de Oro: Gran Cruz 
de la Real y distinguida española de Carlos III: 
Comendador de Valencia del Ventoso, Ribera y 
Aceuchal en la de Santiago: Caballero Gran Cruz 
de la Religión de San Juan: Consejero de Estado: 
primer secretario de Estado y del Despacho: Se- 
cretario de la Reina Nuestra Señora: Superinten- 
dente general de correos y caminos: Protector de 
la Real Academia de las Nobles Artes y de los Rea- 
les Gabinete de Historia Natural, Jardin Botánico, 
Laboratorio Chímico y Observatorio Astronómico: 
Gentilhombre de Cámara con exercicio: Capitán 
general de los Reales exércitos: Inspector y Sar- 
gento Mayor del Real Cuerpo de Guardias de 
Corps & & &.=Excmo.=Sr. Leonardo Galli.» 

El retrato le representa, hasta donde es posible, 
con todas las cruces de que se hace mérito en la 
dedicatoria, las bandas de las grandes y el Toisón 
de Oro. Sus facciones, gruesas y abultadas, recuer- 
dan desde luego la efigie que tan bien copió Goya 
en su magnífico retrato ecuestre del príncipe de la 
Paz. No puede negarse, por lo tanto, que el lápiz 
del aragonés Beratón, discípulo de Luzán é imita- 
dor de Bayeu, estuvo acertado al reproducir las 
facciones de Godoy. Pero ¡cuántos disgustos debió 
sufrir el artista antes de ver terminada su obra ! 

Desde luego resulta así de una carta dirigida 
por Godoy al subdelegado de la Imprenta Real 
en s de Septiembre de 1794, y que decía textual- 
mente : 

«Devuelvo á V. S. mi retrato, con las adverten- 
cias de que el brazo izquierdo es disforme de largo 
y mal colocado, pues indica que el bastón es alto: 
además que no debe tenerse en aquella mano. El 
semblante no es, pero tiene más semejanza que 
otros y podrá pasar con poco que se enmiende. = 



- 78 - 

Dios guarde á V. S. muchos años —San Ildefonso 5 
de Septiembre de i794.=El Duque de la Alcudia. 
=Sr. D. Juan Facundo Caballero.» 

No es muy aventurado suponer que- el duque 
de la Alcudia, aun siendo protector de la Real 
Academia de San Fernando, ignoraba que en el 
dibujo, que es la negativa, debe colocarse el bas- 
tón en la mano izquierda, si se quiere que en la es- 
tampación del grabado salga en la derecha. Beratón 
debió de hacer inmediatamente las demás correc- 
ciones impuestas, pues el dibujo fué de r.uevo á la 
Granja, y volvió con fecha 27 del mismo mes, 
acompañado también de la carta-oficio siguiente: 

«Devuelvo á V. S. el divujo que ha buelto Be- 
ratón con las advertencias de que la cabeza es 
muy abultada, y la cara más redonda que la mia, 
pues en lo demás está bien; á fin de que lo enmien- 
den. =Dios guarde á V. S. muchos años.=San Il- 
defonso 27 de Septiembre de 1794— El Duque de 
la Alcudia.=Sr. D. Juan Facundo Caballero.» 

Las nuevas correcciones no debieron ser con- 
sultadas, ó, de serlo, lograron al cabo la ansiada 
aprobación, pues en 7 de Octubre decía el sub- 
delegado de la imprenta al administrador de la 
misma : 

«Satisfaga Vm. á D. Josef Beraton, Pintor de 
Cámara de S. M., seiscientos reales de vellón, por 
el dibujo que ha hecho del retrato de S. E. para la 
obra del cirujano de Cámara D. Leonardo Galli.= 
Dios guarde á Vm. muchos años.=Madrid 7 de 
Octubre de i794.=Sr. D. Santiago de Farufaldi. » 

Aunque el dibujo aparece regularmente retri- 
buido, es indudable que no debieron agradar mu- 



— 79 — 



cho al pintor aragonés los escrúpulos del duque de 
la Alcudia. De todas suertes, poco tiempo tuvo de 
vida para sentir las observaciones y repulsas de 
Godoy, pues Beratón murió en Madrid en 1796, 
año siguiente al de la publicación de la obra de 
Galli. 



EL PANTEÓN NACIONAL 



No os podéis quejar de mí. 
Vosotros á quien maté; 
Si buena vida os quité, 
Buena sepultura os di. 

(Zorrilla.) 

En un pueblo de Extremadura ó Andalucía, 
porque esto no hace al caso, vivía no há mucho 
tiempo un hidalgo, que había dado en matar sus 
ocios disecando diferentes animales. En un princi- 
pio los adquiría muertos por la bala del cazador ó 
el escondido lazo del labriego; pero ansioso de per- 
feccionar sus trabajos, y juzgando que las agujerea- 
das pieles ó el ala desplumada quitaban mérito á su 
obra, dió en cogerlos vivos y dejarlos morir de ham- 
bre para rellenarlos luego de paja. 

Terminado su trabajo, enriquecía con él su co- 
lección, y nadie podía figurarse al contemplar ex- 
tasiado aquellos perros y gatos, cuyo volumen pa- 
recía indicar el buen trato que debían haber tenido 



— 82 — 



en vida, que hubiesen muerto privados de aire res- 
pirable y alimento reparador. 

El hidalgo monomaniaco simbolizaba, sin figu- 
rárselo siquiera, la crueldad vanidosa de toda la 
generación presente, que al inaugurar el Panteón 
Nacional, pretende honrar á los que las anteriores 
dejaron morir de hambre en otra época, para satis- 
facer en ésta el pueril capricho de poder enseñar 
su colección á los curiosos. 

Ello sí, la idea es peregrina y digna en todo de 
la consecuencia política de nuestros gobernantes. 

Empezaron incautándose del Trono; incautáron- 
se después de todas las riquezas de los templos, y 
hoy se incautan de los cadáveres. 

Mañana se incautarán de las armas de los vo- 
luntarios, para que éstos sean completamente in- 
cautos. 

Pero no adelantemos los sucesos en el orden de 
los tiempos. 

Ahora no se trata de los voluntarios, que están 
quietos y en correcta formación. 

Delante de ellos, y al compás de varias músi- 
cas, recorren las calles de Madrid en carros prepa- 
rados al efecto y adornados de percalina algunos 
cadáveres. 

¿De dónde proceden? 

Unos han sido arrancados de su sepulcro mar- 
móreo, ante el cual se paraba el artista para recons- 
truir en su mente los siglos caballerescos y evocar 
el honrado recuerdo de sus nombres. Otros descan- 
saban bajo la severa bóveda del templo, y escu- 
chaban en su eterno sueño las plegarias de la reli- 
gión y la sagrada música de los salmos ; el niño y 
el anciano se postraban diariamente sobre la losa 
que les cubría, y rezaban por los difuntos. Otros, 
representantes de la lealtad española, reposaban 
en un panteón levantado á su memoria; delante de 
él pasaban sin descanso los que les habían seguido 



- 8 3 - 

en su carrera, y se inspiraban en su alto ejemplo, y 
encomiaban sus prendas y se proponían su imita- 
ción. Algunos, menos ricos de fortuna en vida, ha- 
bían ocupado una pobre sepultura abierta en la 
madre tierra, junto á la que nacía algún lozano ar- 
busto, ocultando tal vez su miserable lápida. Acaso 
no se veía ésta; pero el padre y el maestro, el via- 
jero y el poeta, recordaban su nombre, y murmura- 
ban por él una oración. 
¿Adónde marchan? 

A confundirse todos bajo la bóveda de un anti- 
guo templo de los pocos que ha dejado en pie la 
piedad liberal, convenientemente preparado para 
recibir aquel depósito, como el estante del librero 
ó la cueva del mercader de vinos. Después se ce- 
rrarán las puertas del Panteón ; la comitiva volverá 
á ocupar sus coches; los voluntarios colgarán su 
uniforme; las músicas cesarán en sus acordes; la 
muchedumbre se irá con la música á otra parte, y 
funcionarán los teatros; temblará el pavimento de 
los salones de baile ; las tabernas darán su contin- 
gente diario al cementerio, al hospital y al Saladero; 
se jugará á la banca en una casa sí y otra también, 
y... todo habrá concluido. 

Acaso el extranjero pregunte mañana por el Pan- 
teón Nacional, y nadie le sepa dar razón. 

Acaso llore el aldeano la pérdida de su depósito 
querido, centralizado por los mismos que proclaman 
la descentralización. 

Acaso aumente la producción de eminencias 
que se crían hoy como los hongos, y sea preciso 
arrojar á la fosa los restos de los archivados hoy 
para suplirlos por otros; y dentro de algunos años 
los que hoy honran á los difuntos serán á su vez 
honrados en el Panteón, y nuestros nietos observa- 
rán al visitarlo las más graciosas contraposiciones 
y los más sangrientos contrastes. 



- 84 - 



Ya tenemos Panteón Nacional. 

Ahora sólo nos falta con qué llenarlo. 

Repasemos la historia por si se nos ha olvidado 
algún hombre grande. 

El ministro de Fomento asegura haber oído 
nombrar á un tal Velázquez; pero no estando bien 
comprobada su existencia, y habiendo, por otra 
parte, quien asegura que si bien es cierto que exis- 
tió, no lo es menos que fué un criado palatino, se 
borra su nombre de la lista de candidatos. 

En Daoiz y Velarde no hay que pensar, pues 
bastante tienen con el macizo grupo de Solá. 

A Cervantes sí que se le incluiría con gusto en 
el Panteón ; pero no parece. Se le pondrá á su esta- 
tua la espada que le arrancó en 1856 un balazo 
unionista, y en paz. 

A Murillo se le podría incluir; pero los libre- 
cultistas se opondrían á causa de que pintó muchos 
asuntos religiosos. 

En Cisneros no hay que pensar, á causa de su 
dignidad eclesiástica. 

Lo mismo sucede con fray Luis de León, fray 
Hernando de Talavera, fray Luis de Granada, fray 
Benito Jerónimo Feijóo, y algunos otros que perte- 
necieron á las órdenes monásticas. 

En cuanto á Raimundo Lulio, D. Luis de Velas- 
co, Moreto, Saavedra Fajardo, Jovellanos, Campo- 
manes, Alonso Cano, Rioja, Alvarez Cubero, Mora- 
tín, Goya y otros, no está muy probado que al vivir 
en esta época hubieran hecho el viaje de Cádiz á 
Madrid, pasando por el puente de Alcolea. 

Nada, pues, de investigaciones inútiles. Quede 
el Panteón tal y conforme está, que no ha n de fal- 
tar para llenarlo diputados constituyentes, econo- 
mistas, generales y catedráticos liberales de la Uni- 
versidad Central. 



Dos palabras más. 



- 8 5 - 



Cuando nuestros lectores vean este artículo, 
los hombres de mérito tendrán ya donde caerse 
muertos. 

Esta es una ventaja inapreciable debida al señor 
Ruiz Zorrilla; pero como deseamos ayudarle en su 
obra, le hemos de dar un consejo. Cuando quiera 
aumentar el catálogo del Panteón, suba á todas las 
habitaciones donde vea un cadáver. Hágalo así, y 
hallará sin duda el del artista de genio que, care- 
ciendo de estímulo, de elementos y aun de pan, ha 
sido consumido por una fiebre lenta; el del inven- 
tor atrevido que, después de concebir un proyecto 
asombroso, ha muerto sin poder realizar sus expe- 
rimentos ; el del soldado valiente, cuyas heridas le 
llevan á la tumba después de haberse sacrificado 
por la patria ; el del menestral, que muere por sal- 
var á sus semejantes de un incendio; el del médico, 
que se sacrifica en una epidemia, dejando á sus 
hijos huérfanos y sin pan, y el del escritor que, en 
el silencio de la noche y ajeno á las luchas políti- 
cas, muere en el abandono, dejando por sola he- 
rencia un montón de cenizas, que fueron toda su 
vida y la causa de su muerte, pudiendo haber sido 
el asombro de las generaciones. 

18Ó9. 



UN HALLAZGO BIBLIOGRÁFICO 

EN DEFENSA DEL TEATRO 



Mucho se ha escrito acerca de la misión civili- 
zadora del teatro ; mucho se han proclamado sus 
excelencias y héchose notar su necesidad; pero 
asunto es este que nunca será excesivamente deba- 
tido y al que cada opinión nueva le presta interés 
mayor. 

Júzguese cuál habrá sido mi satisfacción al tener 
la suerte de tropezar con un curiosísimo trabajo re- 
ferente al teatro y que por la autoridad y compe- 
tencia de su autor, época y circunstancias en que 
fué escrito y notorio juicio que revela, constituye un 
verdadero hallazgo. Dicho trabajo es una exposi- 
ción indirecta dirigida en 1811 al Gobierno de la 
Regencia en Cádiz por el cómico Mariano Querol, 
pidiendo se organizasen en dicha plaza , á la sazón 
sitiada, representaciones escénicas. 



— 88 — 



El manuscrito, que obra en mi poder se hall?ba 
destinado á la imprenta, y su impresión fué autori- 
zada; pero ¿llegó á efectuarse? ¿Tuvo circulación? 
Esto es lo que no podría decidir, pues toda mi dili- 
gencia para encontrarlo en las bibliotecas públicas 
y particulares ha sido inútil. No menores dificulta- 
des he encontrado para hallar completas noticias 
biográficas del autor, teniendo al cabo que renun- 
ciar á una investigación que abandono resueltamen- 
te á quien, más afortunado ó más constante, guste 
emprenderla. Sábese únicamente que Querol brilló 
en nuestra escena durante el último tercio del si- 
glo xvm y primeros años del xix , al propio tiempo 
que Moratín ; que el actor completó al poeta inter- 
pretando sus más celebrados barbas ', incluso el don 
Hermógenes de La comedia nueva y estrenada en 7 de 
Febrero de 1792, y retratando, como decía el mis- 
mo Moratín, «el pedante más completo que es po- 
sible hallarse entre los muchos que pudo imitar» , é 
incluso también el D. Diego de El sí de las niñas, y 
que muy notable había de ser su mérito y muy es- 
peciales sus facultades, cuando el mismo Moratín, 
al hablar de las circunstancias que un compositor 
músico necesitaba reunir, decía: «...Mariano Querol 
puede enseñarle la expresión maliciosa de un rústi- 
co, la sencilla grosería de sus amores, su mal disi- 
mulado temor, las impertinencias de la vejez, su ás- 
pera condición, su debilidad, sus vicios ridículos», 
idea por cierto que el redactor del Diario de Madrid 
había expresado en 1788 en los términos siguientes: 

«El vano hidalgo, el lugareño astuto, 
el pastor simple , el viejo sin aseo , 
el padre cuerdo, el señorito bruto, 
el majo crudo, el codicioso hebreo, 
de tu estudio y talento digno fruto 
te hacen de España el cómico Proteo. > 

El manuscrito á que me he referido se titula 



-•8 9 - 

UN ACTOR EMIGRADO DE MADRID, 

CON EL MAYOR RESPETO, AL PUBLICO, 

y en la carpeta que le encierra se lee, á manera de 
prefacio, un romance muy mediano en que el acttor 
asegura decir verdad, 

He aquí ahora el trabajo de Querol: 

«El teatro pocos años hace estaba mirado en 
España como un entretenimiento de farsa que se 
daba al pueblo para distraerle, y ya ha llegado en 
el día á ser (como en toda Europa) la palestra más 
sobresaliente de los talentos grandes, la escuela más 
enérgica de las costumbres públicas y la diversión 
más racional , más noble, más útil y más deleitable 
entre cuantas se conocen. 

Desde su establecimiento en España ha sido per- 
seguido de hipócritas é ignorantes, apoyando su 
crítica con débiles razones, comparando los de 
nuestros dias con los de la antigüedad y pintando á 
sus histriones con los colores más feos por las re- 
presentaciones que en aquellos se hacían. A estos 
críticos impugnaban los amantes del teatro, las al- 
tercaciones se acaloraban cada vez más, los unos 
los acriminaban hasta lo infinito y los otros los de- 
fendían con entusiasmo y solidez. Viendo los Go- 
biernos tan opuestos pareceres, consultaron sobre el 
punto repetidas veces al cabeza de la Iglesia, que 
siempre contestó que, lejos de ser anticristiano y 
perjudicial el teatro, era necesario, útil y digno de 
la protección de un monarca católico. 

Bajo esta salvaguardia, los teatros han sido 
siempre protegidos por todos los Gobiernos de Eu- 
ropa, pues en ellos se fomentan las Bellas Artes y 
se instruye en todas las materias al simple pueblo, 
que no lee ó no puede leer; por manera que había 
la costumbre en los teatros de Madrid de represen- 



— 9 o' — 



tar en Cuaresma las comedias de pasajes de Histo* 
ria Sagrada, y en la octava del Corpus los misterios 
de nuestra Santa Religión, representados en los au- 
tos sacramentales de Calderón. No quiero detener- 
me aquí en recordar á los mogigatos (que en todos 
tiempos han hablado contra el teatro), que aun en 
tiempo de los romanos salieron al teatro siendo ac- 
tores Ginés, Próspero, Maximiliano y Restituto, los 
que hoy en el dia la Iglesia adora y venera como 
inclusos en el catálogo de los santos. 

El teatro, vuelvo á decir, á juicio de las gentes 
imparciales, influye inmediatamente en las costum- 
bres , pues se ve patentemente que el espectador se 
compadece de las desgracias, se complace de ver 
castigado el vicio , le odia , y se inflama é interesa 
en todos los asuntos peculiares á la causa de su pa- 
tria y religión; muchos de los habitantes de este 
noble pueblo son testigos de haber visto la primera 
representación de la comedia titulada Misantropía y 
arrepentimiento, por la que se vieron muchos matri- 
monios que estaban separados por bagatelas, reuni- 
dos otra vez y estrecharse en los lazos de himeneo. 
Por la representación de la nombrada La reconcilia- 
ción de los dos hermanos, diversas familias enemista- 
das volverse á pacificar, olvidando las discordias 
domésticas que habían causado su enemistad. 

Posteriormente se representaron las comedias 
llamadas Los patriotas de Aragón, La defensa de 
Gerona y La defensa de Valencia, las que causaron 
tanto entusiasmo, que fueron muchos los miles de 
jóvenes que se alistaron para el servicio de las ar- 
mas: no quedó catalán, valenciano y aragonés que 
no volara al socorro de la provincia. 

El pueblo de Madrid, sin embargo de sus pri- 
vilegios, tomó las armas á vista de estas represen- 
taciones, deseoso de exceder en gloria á los defen- 
sores de las inmortales Zaragoza y Gerona, forman- 
do cuatro regimientos, dos de caballería y dos de 



— 91 — 

infantería: hasta los actores de las compañías mos- 
traron su patriotismo en aquella acción, pues el 
producto de dos funciones cada compañía lo desti- 
naron para vestuario del ejército de Andalucía, 
que había llegado desnudo, cuyo importe fué más 
de 30.000 reales. Luego, posteriormente, emplea- 
ron 17.000 reales en lienzo Coruña para camisas, 
que fueron cosidas por las mismas actrices para el 
ejército de Aragón, las que entregaron al comisio- 
nado en la casa de los Cinco gremios mayores. 
Estos rasgos de patriotismo acaloraron en tanto 
grado á las demás clases del Estado, que se esfor- 
zaron á competencia en los donativos. Los recién 
venidos de Madrid han sido testigos de que, repre- 
sentándose allí la comedia titulada Carlos V sobre 
Túnez, el primer día de su representación no omi- 
tieron el pasaje en que nombraban «los descamisa- 
dos españoles», y se entusiasmó el público en tales 
términos, que el gobierno francés mandó que al 
otro día no se hiciese aquella escena; pero el pue- 
blo se alborotó en tal grado que tuvieron que salir 
á decirle que de orden del Gobierno se haría al 
otro día. 

Yo creo que este sabio Gobierno no mirará con 
indiferencia que hay en esta ciudad pereciendo 
más de ochenta familias que subsistían del teatro, 
ni menos olvidará el producto que de éste sacaba 
diariamente el hospital de San Juan Dios, que, sin 
aventurar el cálculo, se puede decir que había sufi- 
ciente para curar y socorrer veinticinco ó treinta 
enfermos diarios ; tampoco ignorará el producto que 
de cada representación tiene este Hospicio, y tam- 
bién la fortificación de la muralla ; tampoco puede 
dejar de atender el Gobierno que tiene dentro de 
su plaza á la aliada nación británica, sin más diver- 
sión que la de verter su sangre por defender nues- 
tra causa, y que la política exige tener un teatro 
abierto para que, en los intermedios de sus fatigas, 



— 9 2 — 



tengan este honesto recreo y se instruyan mejor en 

el idioma español. 

Los amantes de la escena dirán que es justo lo 
expuesto, pero no faltarán espíritus enemigos, dé- 
biles é hipócritas que digan lo contrario; pero con 
dos ejemplos que trae Manuel Guerrero en su De- 
fensa del teatro se destruyen absolutamente, cuando 
no bastara lo arriba dicho, sus opiniones. Luego 
que entró á reinar en España Carlos III, á instancia 
de muchos timoratos, mandó que se hiciese una 
junta de teólogos sabios que declarasen si eran 
útiles ó perjudiciales las representaciones teatrales. 
Esta sabia junta ó congreso informó á S. M. , di- 
ciendo: «Que las comedias representadas en los 
teatros, previa la censura del ordinario, era un acto 
indiferente, como el ir á un baile, un paseo, etcétera, 
etcétera» (i). 

La ciudad de Pamplona hizo voto de no tener 
comedias; rasados algunos años, los magistrados de 
aquella capital pidieron á la santidad de Benedic- 
to XIII les conmutase el voto ; Su Santidad, no sólo 
levantó el entredicho del voto, sino que les mandó 
que precisamente tuviesen comedias, prohibiendo á 
aquella y las demás ciudades que en lo sucesivo se 
abstuviesen de hacer semejantes votos (2). 

Es de esperar que el Gobierno, que siempre vela 
por la felicidad y tranquilidad del pueblo, atendi- 
das las circunstancias y la aflicción de sus habitan- 
tes, les dé la honesta diversión del teatro, pues en 
él se inflama el patriotismo, en él ve el pueblo las 
acciones heróicas de sus hermanos; por ellas ve 
que el avaro se hace generoso, el cobarde animoso, 



(1) Si esto informó una junta de teólogos sabios, ¿ habrá todavía 
algún temerario hipócrita que tenga el amor propio de querer des- 
truir con su opinión ó capricho el fallo que aquellos dieron? — Q. 

(2) ¿Si se hallará todavía alguno que se atreva á criticar y cen- 
surar esta resolución de la santidad de Benedicto XIII? — Q. 



— 93 — 



el ignorante entendido, y el débil egoísta se cambia 
ea buen patriota. De estas verdades es testigo el 
ejército de Andalucía: él vió el entusiasmo con que 
el pueblo de Madrid corrió á salvar á sus soldados 
del depósito en donde los tenían cuando entraron 
prisioneros de Veles ; él vió cómo acudió al Hos- 
picio de aquella capital á procurar el alivio de sus 
dolencias, no siendo pocos los madrileños que pe- 
recieron contagiados por asistirlos, y muchos los 
que salvaron aun á costa de sus vidas ; tampoco ig- 
nora cuánto hicieron por ellos en la desgraciada 
acción de Ocaña, cuando entraron prisioneros en 
Madrid, vistiendo su desnudez, socorriendo sus ne- 
cesidades con abundante comida y procurando sal- 
varlos á todo riesgo para que se volviesen á sus 
banderas. Todo lo referido puede deducirse que es 
dimanado del entusiasmo que el pueblo había ad- 
quirido del teatro, con ver y oir repetidas veces las 
representaciones y canciones patrióticas. 

Escudado el Gobierno con estas reflexiones, no 
debe temer ni las murmuraciones de los hipócritas 
ni las censuras de los mal contentadizos. 

Pues cuanto va expuesto lo ha adquirido, no por 
noticias vagas é inexactas, sino en fuerza de cuaren- 
ta años,*y más, en que ha sido su inseparable com- 
pañera la práctica, por lo que está bien seguro que 
ni en ello adula, ni menos tiene la osadía de enga- 
ñar á un pueblo que sabe discernir y del que ha 
recibido tantos beneficios : sólo se gloría de ofrecer 
este pequeño escrito de su escaso talento, como una 
prueba de su mayor gratitud y respeto. — Mariano 
QueroL » 



Tal es el interesante trabajo del famoso cómi- 
co Querol, que seguramente será leído con avi- 
dez,meditado con reposo y apreciado como, debe 
serlo. 



— 94 — 

Yo me felicito de haber sido en esta ocasión 
afortunado copiante de su manuscrito y órgano de 
comunicación para que, multiplicado por la impren- 
ta, pueda llegar hasta el público. 



CERVANTES EN ARGEL 



Después de las gloriosas campañas de Italia; des- 
pués de haber concurrido al combate de Lepanto 
y perdido en él la izquierda mano, luchando como 
español y como cristiano; después de la pérdida de 
la Goleta y de su inútil socorro, Miguel de Cervan- 
tes, á quien ya cansaba la prolongada estancia en 
Sicilia, anhelante por regresar á su patria, y deseo- 
so al par de obtener algún premio que compensara 
sus dilatados merecimientos, pidió y obtuvo licen- 
cia de D. Juan Austria, en 1575, para regresar á 
España, á cuyo fin le facilitó recomendatorias car- 
tas aquel guerrero ilustre para el rey, rogándole 
agraciara á Cervantes con el mando de una com- 
pañía, por ser hombre de ralor y de muy señalados 
servicios. 

El duque de Sesa, que era á la sazón virey de 
Sicilia, quiso contribuir al buen éxito de la preten- 
sión y escribió asimismo al monarca y á los minis- 



- 96 - 

tros, encareciendo las buenas prendas de Cervan- 
tes y la justicia de lo que solicitaba. 

Pero como no hay ventura que no contribuya á 
la desgracia del que nace desgraciado, aquellos do- 
cumentos, que tan honrosos eran para su dueño, le 
originaron nuevos y mayores males; pues habiendo 
sido atacada la galera en que se dirigía á la costas 
de España por una escuadra argelina, y rendida, á 
pes r de los heroicos esfuerzos hechos por la tripu- 
lación española, Cervantes fué llevado á Argel, 
como cautivo del arráez Dali-Mamí, quien al sor- 
prender las carcas de D. Juan de Austria y del vi- 
rey, juzgó al soldado persona de gran calidad, es- 
peró lograr por él crecido rescate y le cargó de ca- 
denas, tanto para evitar su evasión, como por obli- 
garle á que, no pudiendo tolerar tantos tormentos, 
reclamara de su familia la libertad. 

Cervantes, aprisionado en unión de su hermano 
Rodrigo y de otros caballeros españoles, se dió tra- 
zas para procurar la fuga de todos; pero cuando la 
creyeron lograda, viéronse abandonados por un 
moro que se había comprometido á llevarles á 
Orán, y tuvieron que volver á su cautiverio, donde 
esperaban á Miguel nuevos tormentos. Sabedor de 
tan triste situación su amante padre, se apresuró á 
empeñar toda su hacienda y las dotes de sus hijas; 
pero cuando este caudal llegó á poder del cautivo, 
Dali-Mamí creyó mezquino el precio que se le ofre- 
cía por su libertad, y se negó á aceptar todo género 
de proposiciones. Aplicado aquel dinero al rescate 
de su hermano Rodrigo, Miguel le dió instrucciones 
para que, una vez en España, armase una fragata, 
que, acercándose á la costa argelina, pudiera liber- 
tarle y conducirle á España, en unión de otros 
cautivos . 

Para alcanzar tan anhelado objeto, Cervantes 
había logrado conocer una cueva tres millas de Ar- 
gel, en la cual fueron reuniéndose, hasta el número 



— 97 — 



de catorce ó quince, los cristianos que lograban fu- 
garse de casa de sus amos: él mismo les llevaba al 
lugar en que debían aguardar su libertad ; procura- 
ba la compra y conducción de víveres, y regía aquel 
pequeño pueblo, cuya sola esperanza era. 

El 20 de Septiembre de 1577 huyó el mismo 
Cervantes de la casa de su amo y se refugió en la 
cueva, juzgando ya muy próxima la llegada de la 
embarcación que esperaban todos. Y, con efecto, 
el 28 de dicho mes llegó la expresada fragata al 
mando de un tal Viana; pero al intentar acercarse 
á la costa, fué vista por unos moros, que comenza- 
ron á pedir auxilio, y lograron después apoderarse 
de toda la tripulación del buque. 

Lo que la desgracia había empezado, debía ter- 
minar la traición. El Dorador, confidente que había 
sido de los cristianos, renegado dos veces, querien- 
do sin duda congraciarse con el rey Azan, le des- 
cubrió el secreto de la cueva y la ingeniosa manera 
con que Cervantes había logrado manejar todo 
aquel asunto, y el codicioso rey, que, conforme al 
derecho del país, era dueño de todos los esclavos 
abandonados ó perdidos, hizo prender inmediata- 
mente á los mismos y llevar á Cervantes á su pre- 
sencia. Inútiles fueron todas las amenazas, astucias 
y aun halagos con que Azan-Agá pretendió descu- 
brir á los cómplices de Cervantes: éste se obstinó 
en manifestar, como cien veces lo había hecho, que 
él solo era el culpable, que él solo conocía el pro- 
yecto de la evasión, y que serían inútiles todos los 
tormentos para arrancarle otra declaración. 

El carácter sanguinario de Azan fué dominado 
por la ambición: creyó que el rescate de aquel cau- 
tivo correspondería á su grandeza de ánimo, y le 
encarceló en el baño, recomendando á sus guardias 
la vigilancia más exquisita. Pero Cervantes no era 
hombre que se dejara dominar por las contrarieda- 
des: había jugado muchas veces su vida para que 

4 



- 9» - 

temiera perderla, y desde el mismo instante en que 

estuvo fuera de la presencia del rey, no volvió á te- 
ner más pensamiento que el de romper su cauti- 
verio. 

Frustradas varias tentativas que hizo con el mis- 
mo objeto, entre otras una tan bien dispuesta que 
hubiera permitido la evasión de sesenta cristianos, 
facilitósele la ocasión de verificarlo él sólo, temero- 
so un mercader valenciano, que había sido su cóm- 
plice, de que Cervantes le delatara; pero el cautivo 
se negó á ello y prometió que los mayores tormen- 
tos no serían poderosos á convertirle en delator. 

Como había huido del baño y el rey le tenía en 
tan alto aprecio, fué buscado por medio de pregón, 
en el que se imponía pena de la vida al que le tu- 
viera oculto. Cervantes, que lo estaba en casa de un 
antiguo camarada suyo, quiso evitarle todo daño, 
y se presentó al rey por su propia voluntad. 

Cargado de hierros, puesto un cordel á su gar- 
ganta y atadas las manos á la espalda, como si á 
quitarle la vida fuesen, Azan pretendió averiguar 
las circunstancias de su plan de evasión y los nom- 
bres de sus cómplices y compañeros; pero Cervan- 
tes contestó, con su habitual entereza, que sólo él 
era culpable; y supo de tal manera unir la dignidad 
á la discreción, y la fortaleza de ánimo al ingenio, 
que el rey se limitó á disponer que fuera encerrado 
en la cárcel de los moros, donde estuvo cinco me- 
ses cargado de grillos y custodiado por numerosa 
guardia. 

En aquella tristísima situación concibió Cervan- 
tes otro proyecto, que pudiera calificarse de locura 
si no fuera suyo: nada menos que levantarse con 
Argel, apoyado por los 25.000 cautivos que existían 
en la ciudad y hacerla parte de la corona de Espa- 
ña. Y comprueba la importancia del proyecto y los 
medios con que Cervantes contaba para su ejecu- 
ción, la frase que solía repetir Azan-Agá, de que 



— 99 - 



ccomo tuviese bien guardado al estropeado espa- 
ñol, tendría seguros su capital, sus cautivos y sus 
bajeles». 

Cuando más duro era el cautiverio de Cervan- 
tes, llegó el 29 de Mayo de 1580, día de la Santísi- 
ma Trinidad, y en él desembarcó en Argel el reve- 
rendo padre fray Juan Gil, procurador general de 
áquella orden y redentor de cautivos por la Corona 
de Castilla. 

Llevaba trescientos ducados para el rescate de 
Cervantes, que constituían toda la herencia de su 
padre, ya difunto, toda la hacienda de su madre y 
hermana. Corta era la cantidad para la codicia del 
rey, que exigía mil escudos por el cautivo manco; y 
negándose, por lo tanto, á entrar en tratos, le em- 
barcó cargado de hierros en una galera que iba á 
hacerse á la mar con rumbo á Constantinopla. 

Compadecido el padre Gil y viendo que para 
siempre iba á perderse la ocasión de darle libertad, 
inspirado acaso por el cielo y llevado de su caritati- 
vo corazón, buscó dinero prestado, imploró limos- 
nas, y pudo al cabo lograr el rescate en el precio 
de 500 escudos. 

La nave que debía conducirle á Constantinopla 
se hizo á la vela sin él en 19 de Septiembre, y Cer- 
vantes pudo en el mismo día considerarse libre y 
bendecir al cielo que le había proporcionado la 
libertad cuando para siempre la juzgaba perdida. 
En aquella misma nave iba Azan-Agá por haber 
concluido el tiempo de su remado. 

Conocida la crueldad de aquel rey, apenas pue- 
de concebirse que escapara Cervantes con vida. 
«Cada día, dice él mismo, ahorcaba al suyo, empa- 
laba á éste, desorejaba á aquél; y esto, por tan poca 
ocasión y tan sin ella, que los turcos conocían que 
lo hacía no más de por hacerlo, y por ser natural 
condición suya ser homicida de todo el género hu- 
mano.» 



100 



El mismo Cervantes, en la primera parte del 

Quijote y pone en boca del cautivo estas palabras: 
«Sólo libró bien coia él un soldado español, llamado 
tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que 
quedarán en la memoria de aquellas gentes por mu- 
chos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le 
dió palo ni se lo mandó dar, ni le dijo mala pala- 
bra-, y por la menor cosa de muchas que hizo, te- 
míamos todos que había de ser empalado, y así lo 
temió él más de una vez.» 

Poco después de los sucesos que hemos referido, 
lograba Cervantes, según propia confesión, «uno de 
los mayores contentos que en esta vida se puede 
tener, cual es el de llegar, después de luengo cau- 
tiverio, sano y salvo á su patria ». 

El de Cervantes había durado cinco afios menos 
seis días. 

Hemos relatado á grandes rasgos las penalida- 
des que tuvo que sufrir durante su cautiverio en 
Argel el Príncipe de nuestros ingenios ; pero mayo- 
res penalidades le aguardaban en su patria, por la 
que tanto había suspirado. No pretendamos rela- 
tarlas. 

Dimos principio á este artículo embarcando á 
Cervantes en Sicilia, joven, lleno de esperanzas, in- 
utilizada su mano por un tiro de arcabuz en el glo- 
rioso combate naval de Lepanto, pero entero su co- 
razón, abierta su alma á la esperanza, y llevando 
en el pecho una carta del hijo de Carlos V, en que 
se enaltecía su valor y se le declaraba digno de 
mandar una compañía de soldados. Cerremos nues- 
tro trabajo dejándole embarcado otra vez y ansian- 
do pisar el suelo de su patria: los años y los tor- 
mentos han envejecido su cuerpo, pero su alma si- 
gue joven. No viste ahora el traje de soldado, sino 
los harapos del cautivo; no lleva una carta de su 
capitán, pero sí una información de sus trabajos en 
Argel, que constituyen una verdadera epopeya; no 



le protegen los pliegues de la bandera de su tercio; 
pero la religión le alienta y la virtud le guía. 

Una escuadra turca le hizo cautivo, y una mise- 
rable barca, tripulada por los Padres Trinitarios, le 
devuelve la libertad. 

Esta vez llegará la nave á su destino: la fe sos- 
tiene el brazo de los remeros. La religión y el ge- 
nio, unidos en estrecho vínculo, no pueden nau- 
fragar. 



UN DÍA CÉLEBRE EN LA IMPRENTA REAL 



Conocidos son de todos los bibliógrafos y aman- 
tes de las grandezas artísticas de la patria el prós- 
pero estado y notable desarrollo que llegó á adqui- 
rir en los últimos años del siglo último y primeros 
del actual la celebre Imprenta Real, de cuyas pasa- 
das grandezas no podrían seguramente dar testimo- 
nio las mezquinas proporciones á que quedó redu- 
cida en nuestros días hasta llegar á su definitiva 
supresión. Buscando consuelo para su pobre situa- 
ción última en sus grandezas de ayer, tropecé con 
uno de los sucesos que mejor caracterizaron su im- 
portancia y que no juzgo ocioso reseñar, siquiera 
en demostración del interés que el Rey Fernan- 
do VII prestaba á las artes tipográficas. 

Un discretísimo cronista madrileño ha historia- 
do, no hace mucho tiempo, el entusiasmo con que 
al regresar á su patria aquel monarca era acogido 
por el noble pueblo español y el empeño con que 
supo ganarse su cariño, no perdonando ocasión 
alguna de presentarse en público para conocer y 



— 104 — 



remediar las necesidades de su pueblo y apreciar 
por sí mismo los adelantos de su industria y de sus 
artes. 

La Imprenta Real, que, como queda dicho, era 
entonces el primer establecimiento tipográfico de 
la nación, y que había conseguido especial y notorio 
crecimiento desde que se agregaron á ella los ramos 
de calcografía y de fundición de letra, fué honrada 
con la visita del monarca el sábado 17 de Septiem- 
bre de 18 14, acompañando á aquel en su visita los 
infantes D. Antonio y D. Carlos. A las once de la 
mañana aguardaban á las augustas personas el du- 
que de San Carlos, secretario de Estado y superin- 
tendente de la Imprenta Real; el subdelegado de la 
misma y consejero de Estado D. Juan Pérez Villa- 
mil; el conde de Castañeda, como oficial mayor de 
la primera secretaría de Estado y encargado de di- 
cha Imprenta, y D. Manuel Abella, jefe del nego- 
ciado en la misma en la citada secretaría. 

Acompañaban al Rey y señores infantes otros 
ministros y jefes superiores de Palacio, en unión 
de los cuales se empezó la visita por los talleres de 
fundición, en los que se informó el Rey minuciosa- 
mente de todas las operaciones de aquel ramo, 
examinando y aun manejando por sí los moldes, 
matrices y punzones, como así también las planchas 
estereotípicas abiertas de órden de la Academia 
Española. 

Desde este departamento se trasladaron S. M. 
y AA. al de composición, ejecutándose á su pre- 
sencia la inscripción que sigue: 

A el Sr. D. Fernando VII 
El Deseado, 
delicia de la patria, 
restaurador y protector de las artes, 
en testimonio de gratitud. 
La Imprenta Real. 



~ 105 — 



Acto seguido se compusieron también otras va- 
rias inscripciónes en latín, hebreo, griego y árabe, 
que renuncio á reproducir por la dificultad de la 
composición tipográfica. La traducción de las tres 
primeras es la siguiente: 

A Fernando VII, 
Rey de España y de las Indias, 
Protector 
de las artes liberales; 
El Real Establecimiento 
de la Imprenta y Calcografía. 
El XVII de Setiembre de MDCCCXIIII, 
dia dichoso 
en que se dignó visitarle, 
imprimió en su Augusta presencia 
esta inscripción. 

La versión de la inscripción árabe es como si- 
gue: «A Fernando VII, Rey de España y de las 
Indias, el mayor y más esclarecido de los príncipes 
de su tiempo, el honorable, el generoso, el justo, el 
religioso, patrono y protector de las ciencias y de 
las nobles artes, perpetúe Dios su reinado en tanto 
que las aves canten en los ramosos árboles.» 

De estos talleres pasó la comitiva al de las pren- 
sas, tirándose en la primera de ellas, en un pliego 
avitelado, marca imperial, la inscripción que copio: 

«A Fernando VII, el Deseado, Rey de España 
y de las Indias, en cuya ausencia no pudieron las 
prensas expresar el sentimiento de los españoles, en 
orfandad tan triste y lamentable, y en cuya libertad 
han sido y serán incapaces de explicar su gozo y 
satisfacción, la Imprenta Real, engrandecida hoy 
con su augusta presencia, ofrece, como la prueba 
más constante de la lealtad castellana, el testimonio 
de esta verdad. Año MDCCCXIV.» 



— ioó — 



Imprimiéronse á continuación de las inscripcio- 
nes á que dejo hecha referencia, la traducción cas- 
tellana de un salmo y la letra de un himno, que más 
tarde había de cantarse en obsequio del monarca. 

Llegábale el turno á la oficina de calcografía y 
á ella se trasladó la comitiva, teniendo ocasión el 
Rey y los infantes de examinar detenidamente la 
magnífica colección de originales y dibujos que po- 
seía el Establecimiento, la perfección de los tórcu- 
los y la habilidad con que se realizaba por los em- 
pleados en la dependencia la estampación. 

Allí, en presencia del Rey, se tiraron la gran es- 
tampa del Pasmo de Sicilia, dibujada por D. José 
Camarón y grabada por D. Fernando Selma, y el 
San Juan Bautista y Santo Tomás apóstol, graba- 
dos por D. Juan Antonio Salvador y Carmona, 
mostrando el Rey y los infantes su deseo, que fué 
satisfecho en el acto, de poseer tres juegos de aque- 
llas láminas, tiradas á su presencia. 

La visita hecha posteriormente al despacho de 
libros, en cuyo examen comparativo, tanto tipográfi- 
co como en lo referente á encuademaciones, tuvo 
ocasión el infante D. Antonio de patentizar su buen 
gusto é inteligencia, ocupó á las augustas personas 
hasta las dos de la tarde, en cuya hora se traslada- 
ron á la sala en que se tenía dispuesta la mesa, por 
haberse comprendido el mucho tiempo que había 
de invertir en el examen de la Imprenta Real. Lle- 
gados á ella, el Rey, satisfaciendo la exigencia del 
público, que se agolpaba á la calle de las Carre- 
tas, salió al balcón, siendo objeto de entusiastas 
aclamaciones, y en seguida recibió de manos del se- 
ñor duque de San Carlos ejemplares ya encuaderna- 
dos de las diferentes inscripciones, salmo é himno 
que se acababan de imprimir, elogiando cumplida- 
mente el Rey así la gallardía de caracteres y limpie- 
za de impresión, como la prontitud con que se ha- 
bían realizado todas las operacioues. 



— io7 — 

Acompañaron á S. M. y á los señores infantes á 
la mesa, el duque de San Cárlos, D. Pedro Macanaz, 
D. Cristóbal de Góngora, marqués de Castellflorido, 
duque de Alagón, conde de Castelldorius, marqués 
de Bélgida, marqués de Villela, D. Juan Pérez Vi- 
llamil y otros gentiles hombres y ayudas de cámara; 
y presenciaron la comida, después de haber tenido 
la honra de ser admitidos á besar la mano del Rey 
y señores infantes, los empleados del establecimien- 
to cuyos nombres constan á continuación: D. Gon- 
zalo Martínez, administrador del mismo; D. Ramón 
Navarrete, contador é interventor; D. Juan Garrido, 
D. José María Abades, D. Manuel Ignacio de Var- 
gas Machuca, D. Pedro Andrés de la Cámara y don 
José Martín Chicote, oficiales de la administración; 
D. Santiago Garrido y D. Bernardo Rodríguez, ofi- 
ciales del despacho; D. Andrés Ponce de Quiño- 
nes y D. Juan Gil Obon , regentes de la imprenta; 
D. Francisco Rongel, regente del obrador de fun- 
dición de letras, y D. Juan Lázaro, regente de la 
calcografía. 

No sé si el activo é inteligente doctor The- 
bussem, tan aficionado á las curiosidades histórico- 
culinarias, conservará el mentí , como ahora se dice, 
de aquella comida. Por si acaso no lo hubiera lo- 
grado su diligencia, quiero proporcionárselo. Era el 
siguiente : 

Sopas. — De arroz á la reina; de pan guarnecida 
á la española. 

Eekvés.^-T)Q truchas; de riñonada de ternera. 

Entradas. — De frito de perlanes; de pechuga 
de pollas; de sesos con buñuelos y criadillas; de 
fricandós de ternera con acederas ; de pavito des- 
huesado con puré de tomate; de bayonesa de po- 
llos; de costillas de ternera esparramadas; de paste- 
litos á la besamelá. 

Asado. — De perdigones. 



— io8 ~ 



Piezas fiambres. — De jamón guarnecido con ca- 
nutillos de huevos hilados; de pastelería. 

Entremés. — De paeu de España con salpicón*, 
de escarolas rellenas; de pimientos en ensalada; de 
cajas de almendra; de pasta frola; de crema me- 
rengada. 

Tal vez se eche de menos en la lista que ante- 
cede la indicación de vinos; pero estos aparecerán 
más tarde, aunque sin expresarse su clase, en la 
cuenta de gastos. 

Durante la anterior comida, D. Juan Bautista 
Arriaza, oficial de la primera secretaría de Estado, 
improvisó é hizo imprimir el siguiente soneto, cuyos 
ejemplares aceptó el Rey y distribuyó entre las per- 
sonas que le acompañaban á la mesa. 

«Gran Rey: Vos que con pasos vencedores 
De ocultos ó soberbios enemigos 
Visitasteis los presos y mendigos, 
Convirtiendo sus lágrimas en flores, 

Mirad cómo la prensa en sus sudores 
Prepara á tu virtud fieles testigos, 
Pues delante de príncipes y amigos 
No gime, sino canta sus loores. 

El taller de Minerva en un momento 
Caracteres movibles combinando 
Retrata el fugitivo pensamiento; 

¡Ah! Si al de tus vasallos ahora dando 
Una sola expresión, un sólo acento, 
¿Qué dijera el papel? ¡Viva Fernando!» 

Durante toda la comida estuvo tocando la mú- 
sica de Reales Guardias Walonas, en combinación 
con una orquesta formada por los profesores más 
notables de Madrid, y al terminar aquella con un 
brindis del duque de San Carlos por la felicidad 
del Rey y la prosperidad de su reinado, Fernan- 
do VII volvió á presentarse en el balcón, repitién- 
dose los vivas y aplausos del numeroso concurso. 

La visita terminó con la cantata del himno 



— 109 — 

compuesto al efecto y las palabras pronunciadas 
por el Rey, manifestando la satisfacción con que 
veía el desarrollo del establecimiento tipográfico en 
todos sus ramos, y la inteligencia y buen deseo con 
que contribuían á él todos los empleados y depen- 
dientes del mismo. 

He incluido antes, para noticia de los gastróno- 
mos, la lista del banquete ofrecido al Rey: he de ci- 
tar ahora para los aficionados á los estudios políti- 
ticos y económicos, los gastos hechos por la Im- 
prenta en aquel día. 

Fueron estos: 



Por compra de géneros 4. 2 1 1 rs. 

Por vinos, helados y frutas. ... 1.920 » 2omrs. 

Dulces 1.120 » 

Pagado á los profesores músicos 

más afamados de Madrid. ... 1.780 » 
Id. á las dos músicas de Reales 

Guardias Walonas 1.220 * 

Por la estera fina empleada en 

algunas piezas 508 » 17 » 

Por el adorno de dichas habita- 
ciones 215 » 

Por el alquiler de arañas 100 » 

Gratificaciones á los mozos del 

cierre y ordenanzas 600 > 

Id. á 61 individuos del ramo de 

imprenta 3.1 10 » 

Id. á libreros y ayudantes 230 » 

Id. á oficiales y aprendices del 

obrador de fundición 440 > 

Id. á los cuatro oficiales y un 

aprendiz de la calcografía. . . 360 » 



Total general. .. . 15.915 > 3 > 



— 110 — 



El día 17 de Septiembre de 18 14 fué uno de los 

más señalados en la brillante historia de la Impren- 
ta Real. Apena profundamente considerar el conti- 
nuado y progresivo aniquilamiento de la misma, 
hasta llegará los últimos tiempos en que, ostentando 
el título más pretencioso de Imprenta Nacional, 
ocupaba una modestísima casa, cuyo alquiler satis- 
facía, limitada á los más exiguos elementos, privada 
de sus principales ramos, y sosteniendo, como la 
antigua nobleza, su pequeñez y su desgracia, con la 
importancia de su historia y con los recuerdos de su 
próspero paeado. 



UN PERIÓDICO FRANCOESPAÑOL 



(1804) 



Si el título con que estos párrafos se encabezan 
pudiera dar ocasión á imaginar que trataba de 
referirme en ellos á un asunto del momento (i), la 
fecha que le sigue destruirá claramente la errónea 
apreciación de quien lo creyese. Aficionado á re- 
volver papeles viejos y á registrar archivos — con 
todas las funestas consecuencias que acarrea á la 
ropa esta afición — he de limitarme á dar cuenta de 
un hallazgo de que es posible que no tengan noti- 
cia muchos lectores, y que desde luego ofrece cierta 
curiosidad é interés en nuestra historia política y en 
la del periodismo español. Conste, pues, que no 
pretendo hacer aplicación alguna de los documen- 
tos que á la mano tengo, y he de reproducir. 



(i) La fundación del periódico La Eurejba. 



112 



Comenzaba el siglo xix bajo muy desfavorables 
auspicios para nuestro país. Débil y' apocado Car- 
los IV para soportar el peso de la corona, y más 
débil todavía por el período de transición que la 
revolución francesa había señalado en la marcha de 
la humanidad— revolución desconocida oficialmen- 
te en España durante largo tiempo — entregado el 
gobierno del reino al favorito Godoy, cuyo título 
de príncipe de la Paz había de parecer una antífra- 
sis para los que temblaban por los azares del por- 
venir ; combatido el monarca por las co spiraciones 
de su propio hijo el Príncipe de Asturias, el solio 
español parecía desmoronarse, aun sin la ingerencia 
de extraño impulso, y la política de nuestra patria 
habíase mostrado en recientes estipulaciones diplo- 
máticas, humilde, mezquina é impotente. ¡ Qué ex- 
traño, en vista de estas circunstancias, que el espí- 
ritu avasallador del guerrero del siglo, confundien- 
do la corte y el trono con el verdadero pueblo, 
juzgara empresa fácil extender sus dominios más 
allá de los naturales límites del territorio francés! 

Pero Napoleón no pensaba en la violencia para 
con España en los primeros años del siglo; las cir- 
cunstancias, más poderosas que los cálculos mejor 
combinados, habían de hacer cambiar su propósito: 
la fecha del 2 de Mayo y los nombres de Bailén, 
Zaragoza y Gerona — violentas palpitaciones de un 
pueblo indomable— no podían entrar en las previ- 
siones del Emperador. 

Mientras en España se vivía sin política y sin 
Gobierno — como observa Rico y Amat — Napoleón 
imponía en Francia con la espada una política de 
reacción saludable y de gobierno dictatorial, en 
consonancia con sus vastos planes de ambición y 
engrandecimiento. Después de matar la revolución 
en el Parlamento y en las calles, entregóse á sus 
sueños de dominio universal, y clavó su vista de 
lince en el desmoronado trono de España, prccu- 



— H3 — 



rando conseguir aquí con la intriga lo que en otros 
países consiguiera con la espada. 

De esta tendencia surgieron sin duda los tratos 
que promovieron la conspiración del Escorial y la 
abdicación de Carlos IV; el protectorado de Napo- 
león sobre la corte española, la ocupación militar y 
el levantamiento del pueblo contra la misma. 

Y entre los medios empleados para que la in- 
fluencia francesa fuera infiltrándose en nuestras 
costumbres, tal vez no será muy descaminado el 
incluir la extraña publicación en Bayona de un pe- 
riódico redactado en español, en 1804. Lo que en 
el comercio actual de las ideas carece de toda im- 
portancia, teníala entonces muy grande, y aun 
cuando mis presunciones paeden ser aventuradas y 
den al asunto un alcance de que carece , la verdad 
es que no habrá quien, al conocer el hecho, deje 
de preguntarse : 

— ¿A qué podía obedecer en 1804 la publicación 
en Bayona de la Gaceta de Comercio, Literatura y 
Política? 

Tal vez la lectura del número que ha llegado á 
mi poder aclarase algo el misterio. Por el pronto, 
debo hacer constar que en nuestras bibliotecas no 
he encontrado colección de dicha Gaceta, á pesar 
de los esfuerzos que sus editores debieron hacer 
para que circulase en la Península. 

¡Qué digo debieron hacer! Prueba irrecusable 
tengo de que los hicieron en una carta dirigida por 
el editor de dicho periódico al administrador de la 
Imprenta Real y de la Gaceta de Madrid, carta 
que, traducida á nuestro idioma, dice así : 

«Señor propietario de la Gaceta de Madrid. — 
Señor: Voy á haceros una proposición que forzosa- 
mente ha de seros muy ventajosa, como editor 
propietario que soy de la Gaceta que en lengua 
española publico en Bayona. Mi Gaceta no se en- 



— H4 — 



cuentra prohibida en los Estados de S. M. C. por 
otra causa que el perjuicio que podría ocasionar 
privando á la vuestra de algunos suscriptores, y yo 
os ofrezco el 50 por 100 de los ingresos de mi hoja 
(siendo de cuenta mía todos los gastos), mediante 
la autorización que consigáis para que se permita 
libremente en España la circulación de mi Gaceta 
bajo faja, como los periódicos en francés ; la ofici- 
na de suscripciones se establecería en vuestra casa, 
con lo que podríamos prometernos gran número de 
abonados, lo cual os dejaría muchos productos 
(beaucoup d'argent), mayores seguramente que la 
pérdida que esto pudiera ocasionar á vuestra publi- 
cación. Nuestra Gaceta seguiría redactándose en el 
mismo espíritu de moderación que la ha distinguido 
hasta hoy. Dignaos tomar en consideración mi pro- 
puesta y comunicarme lo que decidáis. Tengo el 
honor de saludaros. — Gosse. — Bayona 20 de Julio 
de 1804. > 

La contestación del administrador de la Gaceta 
de Madrid, D. Juan Facundo Caballero, no se hizo 
esperar, y en ella , como era de presumir, se mani- 
festaba la imposibilidad de acceder á lo solicitado. 

He aquí los términos de dicha contestación: 

€ Madrid jo de Julio de 1804. — Señor propieta- 
rio de la Gaceta de Bayona. — Señor : Usted, en el 
concepto de que yo soy propietario de la Gaceta 
de Madrid, me hace la proposición de abonarme 
50 por 100 por las que expenda yo de la suya en 
estos dominios de S. M. C , suponiendo que no está 
en ellos prohibida la Gaceta de Ud. por otro motivo 
que la disminución de suscriptores que ella ocasio- 
naría. En respuesta á la apreciable carta de usted 
de 20 de este mes, debo decirle que yo no soy el 
propietario de la Gaceta de Madrid t pues lo es 
S. M. C, y habiéndose prohibido la Gaceta de us- 



— n5 — 



ted por S. M. , conocerá Ud. que no soy persona 
bastante autorizada para admitir ninguna proposi- 
ción ni para interpretar las causas que el Gobierno 
haya tenido en la prohibición de la suya. Si en mi 
destino de administrador general de la Real Impren- 
ta puedo complacer á Ud. en alguna cosa, tendré 
satisfacción en acreditarle que soy, señor, vuestro 
atento servidor. > 

El número de la Gaceta de Comercio , Litera- 
tura y Política de Bayona de Francia que tengo á 
la vista, es el 176 de la colección, y corresponde 
al 19 de Julio de 1804 (30 Mesidor, año 12. ). En 
su primer sección , bajo el epígrafe de Imperio 
francés , se incluyen algunas noticias interesantes, 
entre las que figura la de una recepción de emba- 
jadores, en la que aparece representando á España 
el almirante Gravina, un año antes de escribir su 
nombre en el libro de los héroes y los mártires. La 
segunda sección reproduce del Moniteur dos artícu- 
los: el primero encaminado á demostrar la impor- 
tancia de la recepción diplomática á que queda 
hecha referencia y la buena disposición de las de- 
más naciones para con el naciente imperio francés; 
el segundo consagrado á hacer notar lo injustifica- 
do de los rumores con que la malicia pretendía 
obscurecer la verdad de la situación. 

Articulo éste como la inmensa mayoría de los 
que redacta la prensa ministerial de todos los tiem- 
pos y países, encierra, entre muchos lugares comu- 
nes, algunas declaraciones de interés, como la de 
que el imperio no trataría nunca de disminuir la 
consideración de la Santa Sede, ni de reunir bajo 
su Gobierno á las Repúblicas Italiana y Ligústica, la 
de Luca, el reino de Etruria, los Estados del Papa, 
y, por consiguiente, Nápoles y Sicilia, Holanda, 
Suiza y Hannover. Respecto á esto último, el arti- 
culista combate como ridículo el rumor de que 



— n6 — 



dueña Francia del Hannover pudiera entrar en el 
cuerpo germánico. 

<E1 cuerpo germánico — dice — se compone de 
reyes, de electores, de príncipes, y no admite más 
que una dignidad imperial. Por otra parte, sería no 
conocer bien la vanidad de nuestro país el creer 
posible que consintiese á entrar como elemento en 
un cuerpo particular; y si esto hubiera sido compa- 
tible con la dignidad nacional, ¿quién nos hubiera 
impedido el conservar nuestros derechos al círculo 
de Burgofia y al Palatinado? ¿Quién nos hubiera 
estorbado el quedarnos con una parte de los Esta- 
dos de Badén y del territorio de Suabia? No: la 
Francia no pasará jamás el Rhin, y sus ejércitos no 
le pasarán tampoco, á menos que no sea menester 
garantir al imperio germánico y á aquellos prínci- 
pes que le inspiran tanto interés por su afección, 
por ella y por su utilidad para el equilibrio de la 
Europa.» 

He aquí ahora los tranquilizadores términos en 
que se refería á las naciones fronterizas á Francia: 

«Su capital está situada en el centro de su im- 
perio; sus fronteras están rodeadas de cortos Esta- 
dos que completan su sistema político; no puede 
desear nada de lo que pertenece á sus vecinos , pues 
no está en enemistad natural con nadie; y como 
no existe para ella ni otra Finlandia, ni otras líneas 
del Inn, se halla en una situación muy diferente de 
la de las demás potencias...» 

El artículo termina asegurando que el Empera- 
dor «no se mete en los asuntos de sus vecinos», 
afirmación un tanto atrevida y que los hechos se 
encargaron poco tiempo después de desmentir. 

La última parte del periódico contiene una re- 



— ii7 — 



lación de viajes por el Africa, extracto y juicio crí- 
tico de un libro inglés, traducido á lengua francesa 
por la época en que el pe riódico se publicaba. 

Como se ve, el objeto preferente de la política 
francesa se reducía á simular un cordial deseo de 
paz y concordia con todos los pueblos y muy espe- 
cialmente con los vecinos del imperio napoleónico. 
Esta tendencia, hábilmente secundada por los par- 
tidarios del poder dominante, se reflejaba en las 
columnas de El Monitor ; y se pretendía sin duda 
generalizar y difundir, obedeciendo probablemente 
á este fin la publicación en Bayona de la Gaceta de 
Comercio », y el afán con que su propietario Mr. Gosse 
quería que circulase en España y se alzase la pro- 
hibición que le había sido impuesta por el Gobierno 
español. Los sucesos que en nuestra patria ocurrie- 
ron al poco tiempo, pudieron ser independientes de 
un plan largamente madurado por el jefe del Esta- 
do francés ; pero siempre es digno de consideración 
un dato como el que hago constar en estos párra- 
fos, y que parece hallarse en íntima relación con 
los sucesos de la historia política. 

.% 

De todas maneras, la pretensión de los editores 
del periódico francoespañol no prosperó en nuestro 
país, y el negocio en que ofrecía Mr. Gosse á don 
Juan Facundo Caballero ganar beaucoup d'argent, 
según su propia frase, se ahogó en germen. Y es 
porque sobre el dinero y el negocio se hallan siem- 
pre consideraciones de mayor peso que encarnan 
en nuestra dignidad nacional. 



MUERTE DE LOPE DE VEGA. 



Circunstancias del momento y razones de car- 
go ( i ) que constituyen ineludible si bien gratísi- 
mo deber para mí, hanme puesto en el caso de 
practicar ciertas diligencias respecto á la fecha 
exacta de la muerte de Lope , á fin de poner de 
acuerdo varios pareceres tan respetables como con- 
tradictorios. En otro país que no fuera España, mis 
investigaciones constituirían una verdadera imper- 
tinencia, por estar plena y terminantemente com- 
probado hasta el último detalle de la vida y de la 
muerte de sus grandes hombres; pero aquí, por 
desgracia, tiene todavía razón de ser la siguiente 
pregunta : ¿ Cuándo murió Lope de Vega ? 

Y demostración palmaria de que la pregunta es 
pertinente , se encuentra en un suceso del momen- 



(i) La conmemoración de la muerte de Lope por la Sociedad de 
Escritores y Artistas, deque el autor de este libre era secretario 
general. 



120 



to, que presta á estos párrafos carácter de suma 
oportunidad. Deseosa la Asociación de Escritores 
y Artistas de consagrar algunas veladas literarias á 
enaltecer la buena memoria de los más célebres 
españoles , resolvió inaugurarlas en el corriente mes 
de Agosto, y encomendando á uno de sus más 
eruditos y curiosos individuos la determinación de 
los aniversarios más importantes, éste, cumpliendo 
el encargo, señaló el día 8 como correspondiente 
al fallecimiento de Lope, ocurrido, según él, en 8 
de Agosto de 1635. La evidente falta de funda- 
mento de la noticia movió á un periódico madrile- 
ño á rectificarla , y sin recordar que la casa que fué 
propiedad del Fénix de los ingenios conserva una 
lápida en que consta la fecha de su fallecimiento, 
señaló el día 27 de Julio, probablemente— -no es 
posible creer otra cosa — por error de imprenta. 

En tal estado el asunto, emprendí las averi- 
guaciones oportunas, encontrándome á las prime- 
ras de cambio con las seis fechas que siguen , ad- 
mitidas y proclamadas por diversas autoridades: 

27 de Julio de 1635. 
8 de Agosto. 

21 de Agosto. 

26 de Agosto. 

27 de Agosto. 

28 de Agosto. 

¿ Es posible , me pregunté entonces , que existan 
semejantes dudas respecto á la fecha de la muerte 
del padre del teatro español, del que fué justamen- 
te denominado monstruo de la naturaleza? ¿Refié- 
rese á época tan remota que sea difícil comprobar- 
la? ¿Será posible que lleguen á perderse memorias 
tan recientes, y que no se sepa cuándo murió el 
hombre más extraordinario que figura en el Parna- 
so español, y cuyo nombre se halla ligado á tan 
fabuloso número de documentos históricos y litera- 
rios? Compréndese, aun cuando no tenga disculpa, 



121 — 

que los restos mortales del mismo se hayan perdi- 
do; pero ¿cómo puede admitirse que existan dudas 
respecto á la fecha de su muerte? 

La consulta de diferentes libros y el consejo 
que, aun en contra de sus anteriores afirmaciones, 
me han dado respetabilísimos literatos, me permi- 
ten hoy asegurar, sin vacilación alguna, que Lope 
de Vega murió en Madrid y en la casa de su pro- 
piedad, antigua calle de Francos y hoy de Cerván- 
tes, conforme consigna la lápida de su fachada, 
en 27 de Agosto de 1635. 

Antes de exponer los fundamentos de lo que 
afirmo, creo del caso rechazar resueltamente varias 
de las fechas equivocadas, y proceder por elimina- 
ción para facilitar el hallazgo de la verdad. 

Indiqué anteriormente, y debo ahora repetir, 
que el 27 de Julio citado por un periódico, era ma- 
nifiesto error de imprenta, y como no tiene mayo- 
res autoridades la fijación de esta fecha, débese 
olvidar desde luego. Lo mismo digo de la fecha 
del 8 de Agosto; errónea positivamente, y nacida 
tal vez de una involuntaria equivocación del curio- 
so Vargas Ponce. Quedan, pues, únicamente, y 
merecen mayor examen, las de 21, 26, 27 y 28 de 
Agosto , que por lo mismo que discrepan en muy 
poco, tienen trazas de acercarse más á la verdad, 
y aun dentro de las mismas puede hacerse una 
nueva eliminación de los días 26 y 28; el primero 
porque no tiene otro origen que haber sido citado 
por lord Holland en La Vida de Lope de Vega , que 
publicó en Lóndres en 18 17, y en el segundo por- 
que es indubitable error del asiento parroquial, en 
que se tomó la fecha del entierro por la de la 
muerte: contra esta última cita, que por su origen 
es respetable, se alza la del Dr. Fernando Cardo- 
so, en su oración fúnebre de Lope, que afirma 
ocurrió su fallecimiento en 27 , además de todas las 
posteriores y convenientes investigaciones. 



— 122 



Quedan, pues, únicamente las fechas del 21 
y 27 de Agosto, que constituyen una sola, según 
veremos después. La gran amistad del Dr. Pérez 
de Montalbán para con Lope de Vega, y la cir- 
cunstancia de haber sido el primero que trazó la 
biografía del mismo, al frente de la Fa?na póstuma 
en que varios ingenios celebraron al poeta difunto, 
ha justificado la preferencia con que todos sus bió- 
grafos posteriores han recurrido á tan abundante y 
fidedigna fuente. El Sr. D. Juan Eugenio Hartzen- 
busch, respetable y respetado patriarca de la lite- 
ratura contemporánea, en el prólogo que escribió 
para la colección del teatro de Lope, de la Biblio- 
teca de Autores Españoles, se limita á reproducir, 
sin comentarios ni ilustraciones en este punto, la 
biografía trazada por Pérez de Montalbán ; el señor 
D. Cayetano Rossell, dignísimo Presidente actual 
de la Asociación de Escritores ( 1 ), en el prólogo 
de las obras no dramáticas de Lope, perteneciente 
á la misma Biblioteca, descompone la cuenta de 
Montalbán, y consigna también la muerte de Lope 
como ocurrida en 21 de Agosto. 

He aquí ahora el origen del error: 

Dice Montalbán que Lope de Vega se vió aco- 
metido de su postrera enfermedad en 18 de Agos- 
to, fiesta de San Bartolomé, y que murió á los tres 
dias. De aquí se ha deducido la fecha del 21, sin 
tener en cuenta que la fiesta de San Bartolomé se 
celebra en el dia 24 de Agosto, correspondiendo, 
por lo tanto, su muerte al dia 27. 

En apoyo de esta opinión dice el erudito don 
Cayetano Alberto de La Barrera en su Catálogo 
bibliográfico y biográfico del teatro español, premiado 
por la Biblioteca Nacional: 

«...En 1634 le ocasionaron ciertos disgustos 



(1) S« escribió este artículo en 1875. 



— 123 — 

una pasión de ánimo que le afligió durante un año, 
hasta que el 24 de Agosto de 1635 , asistiendo ya 
enfermo á unas conclusiones en el Seminario de 
los Escoceses, fué acometido de un desmayo; con- 
ducido al cuarto de su amigo el Dr. Sebastián Fran- 
cisco de Medrano y luego á su casa, falleció tres 
días después, el lunes 27 de Agosto, á los 73 años 
de edad.» 

El mismo Sr. La Barrera, en su excelente Nue- 
va biografía de Frey Lope Félix de Vega Carpió, 
premiada igualmente por la Biblioteca Nacional en 
público concurso, aun cuando respetables conside- 
raciones parezcan haberla destinado á que siga 
perpetuamente inédita , consagra los siguientes pá- 
rrafos á la muerte de Lope : 

«El viernes 24 de Agosto, fiesta de San Barto- 
lomé, al medio día, notó Lope los primeros sínto- 
mas de su postrera enfermedad. Asistió, sin embar- 
go, por la tarde á las conclusiones en el Seminario 
de los Escoceses, pero acometido allí repentina- 
mente de un desmayo, aunque sosegado luégo un 
poco en el aposento de Medrano, fué conducido 
en una silla á su casa, donde se acostó inmediata- 
mente. Llamados los médicos, uno de ellos, el 
licenciado D. Felipe de Vergara, dispusiéronle una 
purga para el siguiente día, sábado 25, y después, 
porque la fiebre arreciaba, una sangría, que pro- 
bablemente hubo de hacérsele en la noche del 
mismo, ó ya en la mañana del domingo 26, que 
fué cuando le vió y desahució, mandándole viati- 
car, el médico de cámara Dr. Juan de Negrete. En 
el propio dia 26 otorgó y firmó su testamento ante 
el escribano Francisco de Morales y Barrionuevo, 
s endo testigos el susodicho médico Vergara; Juan 
de Prado , platero de oro ; el licenciado José Ortiz 
de Villena, presbítero; D. Juan de Solís y Diego 



— 124 — 

de Logroño, todos residentes en esta córte. Aquella 

noche recibió el Viático y la Extremaunción, pasóla 
inquieto y rendido, y amaneciendo el lunes 27 con 
el pecho ya levantado, y sin poder casi articular 
palabra, espiró á las cinco y cuarto de la tarde. 
Consta la fecha de su muerte auténticamente ins- 
crita en los libros de la Congregación de sacerdotes 
naturales de Madrid; y deberá constar en los de 
óbitos de la parroquia de San Sebastian ( 1 ). Pre- 
sentes se hallaban los dos albaceas que acababa de 
instituir: Luis de Usategui, su yerno, y D. Luis 
Fernandez de Córdova Cardona y Aragón, Duque 
de Sesa. El testamento debió de leerse aquella 
misma noche.» 

Pasando ahora del Sr. La Barrera — el biógrafo 
más concienzudo de Lope — al Sr. Mesonero Ro- 
manos - el cronista madrileño más respetable, — 
veamos lo que dice en sus paseos por El antiguo 
Madrid al llegar á la casa de Lope de Vega: 

«... Dicho Lope de Vega vivió en esta casa 
muchos años hasta su muerte, ocurrida en 27 de 
Agosto de 1635; y por su testamento, que acompa- 
ña á los títulos, otorgado en 26 de Agosto, dia 
anterior al de su muerte, ante el escribano Fran- 
cisco de Morales, heredó esta casa su hija única 
D. a Feliciana de Vega Carpió.» 

El mismo Sr. Mesonero Romanos, al referirse 
más adelante al convento de las Trinitarias, dice 
textualmente: 

«En el mismo convento profesó también otra 
hija natural de Lope de Vega, D. a Marcela, y el 



(1) Ya hemos indicado que el asiento parroquial consigna la 
fecha del 28 , aun cuando todos los testimonios parecen confirmar 
que esta fecha fué la del entierro y no la de la muerte. 



— i2S — 



suntuosísimo entierro del mismo, verificado én 28 
de Agosto de 1635, con una pompa y concurrencia 
nunca vistas, pasó desde la casa mortuoria de la 
calle de Francos, por la de San Agustín, que da 
frente á las rejas del mismo convento, para que 
pudiera verle su hija sor Marcela », asunto, entre 
paréntesis , trasladado habilísimamente al lienzo 
por el notable pintor y mi buen amigo D. Ignacio 
Suarez Llanos. 

El citado Sr. Mesonero Romanos, á cuya ini- 
ciativa se debió hace algunos años el monumento 
mural de Cervantes, creyó que igual honor merecía 
de sus conciudadanos el Fénix de los ingenios , y 
para facilitar su patriótico deseo, recurrió á la Real 
Academia Española. En el memorial dirigido á la 
misma con dicho objeto en 30 de Enero de 1861, 
se consignan, asimismo, entre otros extremos, que 
en 26 de Agosto otorgó Lope su testamento, que 
pasó á mejor vida en 27, y que fué trasladado su 
cadáver á la bóveda de la parroquial iglesia de San 
Sebastián en 28 del mismo mes. La primen cor- 
poración literaria de España aceptó el pensamiento 
del Sr. Mesonero, celebró para realizarlo un con- 
venio con los dueños á la sazón de la casa que fué 
de Lope, consignando en la escritura pública le- 
vantada al efecto, que Lope de Vega vivió en 
aquella habitación hasta el día de su fallecimiento, 
ocurrido en 27 de Agosto de 1635; y una vez hecho 
esto se discutió y aprobó la inscripción que había 
de figurar debajo del busto en la lápida conmemo- 
rativa, y que figura en efecto, y dice así: 

AL FÉNIX DE LOS INGENIOS 
FREY LOPE FELIX DE VEGA CARPIO 
QUE FALLECIÓ Á 27 DE AGOSTO DE 1635 
EN ESTA CASA DE SU PROPIEDAD, 
LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, 
AÑO DE 1862. 



I2Ó 



Ahora bien: así como he juzgado, no sólo dis- 
culpable, sino natural y plausible que los señores 
Hartzenbusch y Rossell siguieran ciegamente la 
versión del Dr. Pérez ce Montalbán en sus prólo- 
gos, escritos muchos años antes de estas investiga- 
ciones, no comprendo que el ilustrado Presidente 
de la Academia Española, señor Marqués de Mo- 
lins, que aprobó la inscripción; que en 25 de No- 
viembre de 1862 asistió á la ceremonia inaugural 
del monumento de Lope de Vega; que en dicha 
ceremonia pudo ver el testamento original del poe- 
ta, en el que clarísimamente se lee: 

« y lo otorgo ansí ante el escriuano del nú- 

» mero y testigos de yuso scriptos en la Villa de 
> madrid á veinte y seis dias del mes de agosto año 
» de mil seiscientos y treinta y cinco » 

no comprendo , dije y repito , que después de 
autorizar con su firma el acta de la solemnidad, el 
mismo Marqués de Molins diga ocho años más 
tarde, en otra obra suya, La Sepultura de Cervan- 
tes, que el cadáver de Lope fué conducido á su 
última morada en 22 de Agosto. Confesemos que 
si aliquando bonus dormitat Homerus> el Presiden- 
te de la Academia, al publicar su precioso libro 
en 1870, había cogido admirablemente el sueño. 

Creo, pues, que no admite el asunto la menor 
duda, y que deshecha la involuntaria equivocación 
ó errata de imprenta de la Fama postuma de Pérez 
de Montalbán — errata que desaparece desde luego 
fijándonos en que el día de San Bartolomé no es 
el*i8, sino el 24 de Agosto — resulta clarísimamente 
que la inmensa pérdida que experimentó el Parnaso 
español con la muerte de Lope, arranca del día 27 
de Agosto de 1635, y que el suntuoso entierro 
que pasó por delante del convento de las Trini- 
tarias para que pudiera verlo sóror Marcela , pa- 



127 — 



tienta del difunto, se verificó en 28 del mismo mes. 

Permítaseme ahora que, cediendo á una debili- 
dad poética, reproduzca aquí algunos fragmentos 
del romance que hace años consagré á este asunto, 
jf en el cual fijé la verdadera fecha, precisamente 
por los días en que la obra del Sr. Marqués de 
Molins, inapreciable á causa del estudio que en 
ella se hace de la representación literaria de sor 
Marcela de San Félix, consignaba la equivocación 
á que anteriormente me he referido. 

Decía, después de pintar la muerte de Lope, y 
refiriéndome al convento de Trinitarias: 

... ¡Cuán pobres son sus paredes! 
¡ Cuánto es pequeña su entrada ! 
¡ Quién dirá que allí reposa 
la honra más grande de España! 
¡ Quién dirá que aquellos muros 
la sepultura señalan 
del soldado de Lepanto , 
del cobrador de alcabalas, 
del rescatado cautivo, 
del que engrandeció su patria 
con su nombre, del que tuvo 
por premio de sus hazañas 
una buhardilla en la corte, 
una mazmorra en la Mancha, 
una sepultura humilde 
en las monjas Trinitarias, 
cubierta con poca tierra, 
con mucho llanto regada ! 

Es el veintiocho de Agosto ; 
la muchedumbre apiñada, 
por delante del convento 
con curiosidad aguarda. 
Sabe que á Lope se entierra, 
sabe que desde su casa 
á la parroquia es camino 
la calle de Cantarranas, 
y sabe que aquel convento 



— 128 — 



guarda un pedazo del alma 
de Lope , que fué mancebo , 
que fué galán con las damas , 
y que casado dos veces 
y enamorado otras varias, 
hijas tuvo, dos le viven: 
una en el mundo casada, 
otra , fruto de la culpa , 
habita en la santa casa, 
borrando con sus virtudes 
del nacimiento la mancha. 
Sabe el pueblo que hija y padre 
tanto en la vida se amaban , 
que han pronto de despedirse 
un cuerpo yerto y un alma. 
Diéronse cita á la reja 
de las monjas Trinitarias, 
porque los cielos presidan 
aquella escena de lágrimas. 
Sor Marcela está en su puesto ; 
el cadáver mucho tarda; 
sólo el silencio interrumpen 
los sones de las campanas. 
De pronto crece el murmullo 
que en la calle se levanta : 
la inquietud de los semblantes 
pronto ha de verse borrada. 
Llega al fin la comitiva : 
una cruz rompe la marcha ; 
en la senda de los cielos 
jamás una cruz nos falta. 
Síguenla el clero , los nobles 
fanáticos de su fama, 
pobres que al piadoso lloran, 
ricos que al amigo ensalzan , 
representantes á miles 
de las órdenes monásticas, 
cofradías, familiares 
del Tribunal de la Santa, 
poetas, cómicos, artistas, - 
hidalgos y gentes de armas. 
En hombros de capellanes 
puede verse ya la caja , 



que encierra el cuerpo de Lope 

abandonado del alma : 

féretro humilde y sombrío, 

mísero lecho de tablas 

en el que , en sueño postrero, 

el genio español descansa... 

Llega enfrente del convento : 

la comitiva se pára, 

y un grito ahogado se escucha 

tras la reja solitaria. 

Después , rumor de sollozos 

y acompasadas plegarias, 

suspiros que arranca el pecho 

y ecos que brotan del alma. 

Ruidos tenues que responden 

á aquella escena de lágrimas ; 

que dos corazones ligan 

lo que la muerte desata ; 

rumores imperceptibles 

como el beso de dos almas. 

Ya sigue la comitiva ; 

ya la confusión se calma, 

ya se retiran las gentes 

de las calles á sus casas : 

ya el cuerpo inerte de Lope 

en la bóveda descansa 

de la parroquia, y el clero 

con sus rezos le acompaña... 

Ya marcha la comitiva , 

con direcciones contrarias", 

hablando de las virtudes 

del que ha cambiado de patria ; 

del que estrecho juzgó el mundo 

para contener su fama, 

y en busca de gloria al cielo 

logró remontar el ánima. 

Pero, al dejarla ya en tierra, 

de cuantos le acompañaban , 

¿quién consagrará un recuerdo 

á la escena bosquejada? 

¿Quién piensa en la pobre niña 

de las monjas Trinitarias? 

Y aquella niña, entre tanto 



— i3° — 



que se pregona la fama 
del Fénix de los ingenios , 
honra de la escena patria, 
y se cuentan sus comedias 
y sus primores se ensalzan , 
tejiendo al poeta difunto 
su inmarcesible guirnalda, 
delante de un Crucifijo 
mezcla oraciones y lágrimas ; 
sabe que el muerto es su padre, 
sabe que es hija, y le basta; 
que fué pecador, y que ella, 
en su celda solitaria, 
con el fervor de sus rezos 
puede acompañar un alma ! » 



DIARIO OFICIAL DE AVISOS DE MADRID 



I 

Por privilegio especial del Rey D. Fernando VI, 
fecha 17 de Enero de 1758, concedióse á D. Ma- 
nuel Ruiz de Urive y Compañía, la autorización por 
aquél solicitada para publicar en Madrid un Diario 
curioso \ erudito, comercial y económico. Mucho título 
era este para publicación de tan modestos princi- 
pios, y así también debieron comprenderlo los edi- 
tores cuando, antes de publicar el número tercero, 
lo redujeron al primer concepto, quedando , pues, 
campeando sola la denominación de Diario noti- 
cioso. Caracteriza aquel período de nuestra histo- 
ria la orden expedida por el Gobierno , al mes de 
publicarse el Diario, para que la primera plana del 
mismo se llenase constantemente con la vida del 
santo*, así como también señala la decadencia lite- 
raria de la época, la inútil, pesada é improcedente 
inserción de obras larguísimas de viajes, en perió- 
co de tan reducidas dimensiones. 



— 132 — 



La primera de dichas órdenes cayó en desuso 
antes del año: la segunda, subsistente mayor tiem- 
po, fué olvidándose con las alteraciones sucesivas 
que la publicación iba sufriendo. No fueron en cor- 
to número los eclipses que por aquella época tuvo 
el periódico, y así le vemos suspendido durante 
todo el año en 1775; vuelto á la luz en i.° de Ene- 
ro de 1776; suspendido nuevamente en todo el se- 
gundo semestre del mismo año y los dos de 1777; 
renaciendo otra vez para arrastrar lánguida existen- 
cia, y cesando de nuevo en 31 de Diciembre de 
1781. El pueblo de Madrid, que había seguido en 
sus fortunas y adversidades al Diario; que habíase 
acostumbrado paulatinamente á la periódica visita 
del papel que satisfacía muchas de sus exigencias y 
necesidades ó llenaba siquiera su curiosidad, lamen- 
taba siempre la desaparición del mismo, aun cuando 
no dejase de tener en ella alguna parte de culpabi- 
lidad. Así debió sentirlo y comprenderlo, y trató de 
remediarlo, el alemán D. Santiago Thewin, cuando, 
cinco años más tarde, solicitó permiso para conti- 
nuar la publicación, siendo resultado de sus gestio- 
nes el nacimiento en i.° de Julio de 1786 del Dia- 
rio curioso \ económico y comercial. A esta nueva épo- 
ca débese asignar el verdadero carácter de la pu- 
blicación, que recibe con Thewin notable impulso, 
normalidad y exactitud de su marcha, aunque cam- 
biando en i.° de Enero de 1788 su primer título 
por el de Diario de Madrid, 

La invasión del ejército francés y el estableci- 
miento de aquel Gobierno, en pugna con el senti- 
miento patriótico de toda la nación, cambiaron el 
carácter del diario, que lo adquirió oficial y político, 
sirviendo al Gobierno para dar á conocer sus dis- 
posiciones, hasta que creyó conveniente suprimirlo, 
en beneficio de la Gaceta. En 8 de Agosto de 1800 
volvió á publicarse El Diario y continuó desde en- 
tonces sin interrupción. 



— 133 — 



El 15 de Abril de 1826 se tituló Diario de Avi- 
sos de Madrid y fué concedida su publicación á don 
Pedro Jiménez de Haro, mediante privilegio por 
diez años. Terminado éste pasó á poder de D. To- 
más Jordán, que empezó su servicio en i.° de 
Abril de 1835, duplicando el tamaño del papel, 
mejorando notablemente sus condiciones tipográfi- 
cas y editoriales, y encomendando la dirección del 
mismo á D. Ramón de Mesonero Romanos, con lo 
que no es necesario añadir cuánto ganó en el con- 
cepto literario la publicación anunciadora. 

En 20 de Febrero de 1836, cambió su título 
por el de Diario de Madrid, y en 2 de Noviembre 
de 1847 y a definitivamente por el de Diario Oficial 
de Avisos de Madrid. Con posterioridad á Jordán 
han sido contratistas de este servicio, José María 
Alonso desde 1847; D. Pedro García Redondo des- 
de 1850; D. Julián María de Pardo en 1853; D. Va- 
lentín Brocas en 1857 ; D. Angel Suárez en 1860; 
D. José María Pemares en 1866 hasta 1868, en 
cuyo año y el siguiente se imprimió por adminis- 
tración ; D. José María Mañas en 1870; D. Pedro 
Fernández del Rincón en 1873, rescindiendo su 
contrato en Abril de 1874; la empresa editorial de 
La Correspondencia de España , representada prime- 
ro por el Sr. D. Manuel María de Santa Ana y 
después por D. Hilarión de Zuloaga, hasta Mayo 
de 1882, y finalmente D. Antonio Fernández del 
Castillo desde dicha fecha hasta Febrero de 1884, 
en que vencido el contrato pasó á administrarlo la 
Diputación Provincial. En la actualidad es su arren- 
datario D. A. Tomasetti. 

n 

Durante el larguísimo período de la publicación 
del Diario— período á que no ha llegado ningún 
otro en España, pues no ofrecen carácter de seme- 



— 134 — 



jante periodicidad las primeras Gazetas ó relaciones 
de sucesos históricos, aunque en ellas funde su abo- 
lengo la Gaceta de Madrid, que no llegó á publicar- 
se diariamente hasta 1809, — la colección del Diario 
llega á constituir curiosísimo arsenal de noticias, 
que permite al investigador, al erudito y al curioso 
ir conociendo progresivamente la vida, costumbres, 
empleos y hasta genialidades del pueblo madrileño; 
sus aficiones y caprichos, sus crecientes necesida- 
des, sus reformas y alteraciones, así en el orden ur- 
bano como en el económico y en el social. El Dia- 
rio retrata la sociedad madrileña en sus múltiples 
condiciones y en sus varios caracteres : basta leer 
sus artículos, discursos, avisos y anuncios para que, 
evocadas algunas generaciones, se presenten ante 
nuestra vista, exhibiendo las exageraciones de sus 
modas, sus adornos y sus afeites; sus caprichos y 
hábitos; las costumbres de su vida social; sus aficio- 
nes artísticas y literarias: el misticismo exagerado y 
la hipocresía evidente de algunas épocas ; el ardor 
político en otras ; la evolución de las ideas influyen- 
do en la manera de ser del pueblo; las revoluciones 
políticas alterando usos y costumbres; las nuevas 
generaciones rompiendo los moldes en que parecían 
querer eternizarse las que las precedieron y avan- 
zando en la senda del progreso, ciegas tal vez por la 
impaciencia é impulsadas por el acicate del ajeno 
ejemplo, tratando de implantar exóticas costumbres 
que han ido borrando las características de la fami- 
lia española. 

Una colección del Diario es, en cierto modo, 
resumen, índice y catálogo riquísimo, ya que no 
metódico, de la vida de Madrid durante los ciento 
veinte años; archivo permanente de cuantos á sus 
páginas acuden en busca de datos preciosos para la 
historia madrileña en todos sus ramos, y bibliote- 
ca, no siempre selecta, en que han ido dejando los 
frutos de su ingenio muchos escritores que, sin las 



— 135 — 

pocas exigentes condiciones del Diario, no habrían 
conseguido que sus nombres pasaran á la posteri- 
dad, tales como D. Alvaro Guerrero y D. Antonio 
Cacea, D. Diego Rabadán y el famosísimo sombre- 
rero Abríal, para quien fué el absolutismo fuente in- 
agotable de macarrónica inspiración, que compartía 
entre las columnas del Diario y el escaparate de su 
propio establecimiento. La epigramática pluma del 
llorado Mesonero, utilizó muchos y muy notabilísi- 
mos anuncios del Diario , que á contar desde la 
publicación de las Escenas Matritenses, han llegado 
á ser proverbiales, y aun pudo hacer resaltar otros 
muchísimos que no renunciamos nosotros á hacer 
que se conozcan. Pero ¿qué extraño que el anun- 
ciante particular escribiera dislates, cuando los co- 
laboradores más asiduos del periódico durante al- 
gún tiempo parecían tomar á empeño el pervertir 
el buen gusto de sus lectores? Y eso que también 
al Diario de Avisos corresponde la gloria de haber 
tomado la iniciativa en la colaboración retribuida, 
como lo demuestra el ofrecimiento hecho por su 
empresa en 1790 de pagar diez reales á cada escri- 
tor que le proporcionase un discurso curioso ó erudito. 

Corta parece á primera vista semejante retribu- 
ción; pero nunca será de tanta oportunidad el re- 
cordar con D. Hermógenes, el admirable y eterno 
tipo de Moratín, su célebre distingo, respecto á que 
nada hay que pueda llamarse poco ni mucho per sé, 
sino relativamente. Y así como aquel deducía que 
la comedia famosa del Cerco de Viena había tenido 
una buena venta, expendiendo tres ejemplares, nos- 
otros creemos que muchos colaboradores del Dia- 
rio estafaron miserablemente al buen D. Santiago 
Thewin, caso de que utilizaran el ofrecimiento co- 
brando por sus discursos los diez reales á que de- 
jamos hecha referencia. 



LA GACETA PROHIBIDA 



En un periódico político se leía 
hace poco tiempo un comentario que 
me ha llamado la atención , por refe- 
rirse á que en los últimos años del 
reinado de Fernando VII, se prohibió 
en Cádiz leer la Gaceta del Gobierno 
en voz alta. 

¿Podría averiguarse cuándo, cómo 
y á qué propósito se efectuó esta pro- 
hibición? 

J. M. 

(El Averiguador, 15 Sepbre. 1879.) 

Algo puedo decir, si no todo lo que quisiera, 
acerca de la pregunta del Sr. D. J. M. inserta en 
El Averiguador del día 15 de Septiembre del actual 
con el número 217 , página 257. 

Desde luego puede asegurarse que la prohibi- 
ción á que la pregunta alude de leer en voz alta 
la Gaceta de Cádiz, carecía en tendencia política y 



- 138 - 

se limitaba á un proteccionismo económico que pug- 
na con nuestras ideas liberales de hoy. 

En el Archivo de la Imprenta Nacional , legajo 
délas órdenes de 1832, aparecen dos borradores 
relacionados con el asunto á que el Sr. D. J. M. se 
refiere. El primero es un oficio del Superintendente 
general de policía al Subdelegado de la Imprenta 
Real, fechado en 4 de Julio, y se halla concebido 
en estos términos : 

cEl Subdelegado principal de policía en Cádiz, 
por el adjunto oficio, hace ver los motivos que ha 
tenido para impedir la lectura en corrillos en los 
cafés de la Gaceta de Madrid, y dirige copia de la 
orden que dió al efecto; y como esta versa en sen- 
tido ocular á favor de los fondos de ese estableci- 
miento, he creído oportuno dirigir á V. S. el oficio 
y copia citada adjuntos, para que en su vista se sir- 
va V. S. informar lo que se le ofrezca y parezca — 
Dios etc.» 

Es sensible que á la copia anterior no acompa- 
ñen, como se dice, el oficio del Subdelegado de Cá- 
diz y la orden de prohibición á que se refiere. En 
vista de esta falta de documentos, habré de limitar- 
me á reproducir el informe del Jefe de la Imprenta 
Real, en oficio dirigido al Superintendente de poli- 
cía, con fecha 20 del mismo mes de Julio. La cir- 
cunstancia de autorizar este documento el Sr. D. Pe- 
dro de la Hoz, Subdelegado á la sazón de la Im- 
prenta Real, añade cierto interés á su informe, ins- 
pirado en los buenos principios económicos. He 
aquí los términos en que se hnlla concebido: 

«Contestando al oficio del 4, en que V. S. me 
pide informe sobre la disposición tomada por el se- 
ñor Subdelegado de policía de Cádiz, Conde de 
Mirasol, para que no se lea en voz alta la Gaceta 



— 139 — 

en los cafés de dicha ciudad, con el ostensible ob- 
jeto de aumentar la venta del periódico en benefi- 
cio de la Real Imprenta, debo decir que, aunque en 
efecto pueda la medida traer utilidad pecuniaria al 
Establecimiento, no me parece que puede ser hon- 
roso ni para él ni para el Gobierno., el pretexto es- 
cogitado, el cual supondría un ávido monopolio.» 

Tales son los datos que puedo facilitar para sa- 
tisfacer, siquiera en parte, la curiosidad del señor 
D. J. M. y que comprueban mi opinión de que más 
que un objeto político, la prohibición de leer públi- 
camente la Gaceta en los cafés de Cádiz, obedecía 
á un pensamiento económico, tan poco en armonía 
con la justicia y el progreso, que el Sr. D. Pedro la 
Hoz fijó resueltamente su inconveniencia. 

Supongo, desde luego, que la prohibición que- 
daría levantada. 



{El Averiguador, 15 de Octubre de 1879.) 



VENDEDORES DE PERIÓDICOS 

EN EL SIGLO ÚLTIMO 



Para los que, viviendo exclusivamente en el 
momento actual, no se hayan tomado el trabajo de 
reconstruir con la imaginación el pasado, y espe- 
cialmente para los que, muy jóvenes aún, no hayan 
podido ir observando los cambios ocurridos en las 
costumbres públicas, no es fácil de comprender el 
desarrollo que en el presente siglo ha tenido el pe- 
riodismo. Acaso este desarrollo ha podido lograrse 
en perjuicio del libro; acaso también la importancia 
del periódico se ha exagerado, ó no se han medido 
y pesado bien sus inconvenientes y sus ventajas; 
pero esto, que puede motivar las reflexiones del 
moralista y del filósofo, es ajeno en un todo á mí, 
que me limito siempre, y con especialidad ahora, á 
entregar al juicio público, sin exponer el mío, pa- 
peles curiosos de los que tropiezo en mis investiga- 
ciones por las bibliotecas y archivos, 



— 142 — 



Entre los elementos de publicidad con que aho- 
ra contamos figura un ejército de vendedores am- 
bulantes, dotados de muy buena vista, que facilitan 
la adquisición de todo papel nuevo, llevándolo has- 
ta las más distantes barriadas con que no hubieran 
podido soñar nuestros abuelos madrileños. En por- 
tadas de cafés y de teatros, en los puestos fijos de 
cerillas, en las porterías de algunas casas y en otros 
muchos puntos de la población, pueden encontrarse 
á cualquiera hora del día y de la noche ejemplares 
de la prensa noticiera y de la política, de la festiva 
ilustrada y de la seria de carácter popular. 

Portadas y escaparates nos ofrecen gratis las 
últimas caricaturas, al lápiz ó al cromo, de políticos 
y de toreros, de escritores y artistas, y quien hoy 
tuviese la manía coleccionista y se fijase en la espe- 
cialidad periodística, habría de consagrar á la satis- 
facción de su capricho sumas no despreciables. Y 
cuando llega la hora en que se dan al público los 
diarios de más circulación, los vendedores de los 
mismos atropellan al transeúnte, ofreciéndole por 
cinco céntimos, ó un perro chico — modismo que ha 
de causar en lo futuro numerosos quebraderos de 
cabeza á los sabios españoles y á los traductores 
extranjeros— las últimas noticias del Tonkín y del 
Sudán, los acontecimientos que nosotros averigua- 
mos en brevísimas horas y que en el siglo xvm no 
serían conocidos hasta meses después de su fecha. 

En el siglo xvin había también sus vendedores 
de periódicos en Madrid, pero en número de seten- 
ta y uno y agremiados con carácter de hermandad 
religiosa yuso de chapa de latón. Verdad es que 
entonces los periódicos eran algo menos en número 
que ahora, como que se reducían por punto general 
á la Gaceta de Madrid, el Diario de Avisos (que se 
vendía poco, aunque tenía muchos suscriptores), 
El Mercurio, que ignoro si se vendía públicamente, 
j El Correo de los Ciegos, que acaso debió el nom- 



— 143 — 



bre á los auxiliares de su venta. Verdad es también 
que los ciegos vendían en los descansos forzosos 
que aquellas publicaciones les dejaban, ya las nove- 
nas de los santos, ya las historias de milagros obra- 
dos por intercesión de los mismos, ya los roman- 
ces en que se relataban las gallardías y proezas de 
los más célebres bandidos. 

Con estos elementos, las Gacetas extraordina- 
rias del Gobierno, que menudeaban por entonces 
casi tanto como los extraordinarios que hoy lanza 
la industria privada, en busca de una ganancia no 
siempre lícita, algún «caso gracioso ocurrido á una 
doncella de esta corte», «la Salve del reo á quien 
iban á ajusticiar», y «las condiciones que deben te- 
ner las señoras mujeres», «las Siete palabras de 
Nuestro Señor en la Semana Santa», «la vida del 
Santo Patrón», por San Isidro, y otras publicaciones 
análogas, los ciegos de Madrid — ciegos de veras 
entonces — ganaban honradamente la vida. 

No les faltaba tampoco en alguna ocasión que- 
jas que lamentar, por si la Real Imprenta les facili- 
taba tarde el papel, ó por si otros vendedores pri- 
vilegiados les hacían la competencia, y bajo este 
punto de vista, y á título de curiosos, creo que se 
leerán con gusto los siguientes papeles, relaciona- 
dos con la industria de los ciegos. 

Son los dos primeros, la solicitud de la Her- 
mandad al ministro Floridablanca para que se les 
facilitase á hora cómoda la Gaceta, por los perjui- 
cios que les causaba la autorización de venta que 
tenían otros libreros, y la orden del citado ministro 
comunicada al subdelegado de la Real Imprenta 
para que fuesen atendidos los ciegos. 

He aquí dichos documentos : 

Exposición. 

cExcmo. Sr. : El Hermano Mayor, Thesorei o y 
demás oficiales de la Hermandad de la Visitación 



— 144 — 



de Nuestra Señora á su Prima Santa Isabel, que se 
compone de los pobres ciegos de esta corte, con la 
veneración debida á V. E. hacen presente: Que 
conociendo el Consejo que estos infelices vasallos 
por su falta de vista no pueden destinarse á ningún 
oficio, trató el modo de darles algún destino en que 
se buscasen la vida sin ser una dura carga á el Esta- 
do, y así en el año de 1782 se les dieron sus orde- 
nanzas, y uno de los arbitrios, pero el principal en 
que se les conserva para mantenerse, es el vender 
Gacetas, que siempre se les han dado para esto á 
quatro quartos y desde por las mañanas temprano; 
pero ya en 1780, en ocasión que por cuenta de la 
Real Hacienda administraba aquella oficina don 
Gavino de Mena, hizo éste por su propia autoridad 
la novedad de invertir las horas en términos que 
huvo ocasión en que no franquearon las Gacetas á 
los pobres ciegos hasta las quatro ó más de la tarde: 
y sin embargo de que la paternal bondad de V. E. 
tuvo la de dar orden para que se les diesen las 
Gacetas por la mañana temprano, no lo cumplió 
así dicho D. Gavino, y continúan los ciegos reci- 
biendo las Gacetas, aunque no tan tarde, á una cosa 
como después de las doce del día; y en esto no se 
sigue beneficio á la Real Hacienda por cuanto á 
mas del despacho principal de la casa de la Im- 
prenta hay otros tres puestos de libreros ricos á 
quienes bien temprano se les dan á quatro quartos 
y ellos las venden á cinco. De modo que siendo 
estos mismos los precios que se acostumbran con 
los ciegos por la diferencia de hora, sucede que 
dichos libreros se enriquecen cada día más y los 
pobres ciegos perecen, no obstante que no son estas 
las intenciones de S. M. ni las de V. E., y de este 
arbitrio dependen setenta y un ciegos, hermanos de 
dicha Hermandad con sus familias y una porción de 
viudas; y así van perdiendo sus parroquianos y pa- 
sándose estos á los puestos de dichos libreros, que 



— i4S — 



es cosa enteramente nueva, pues que siempre los 
ciegos inmediatamente que recibían las Gacetas co- 
rrían en el modo posible por todos los barrios de 
Madrid y hacían su distribución. En cuia atención 
é implorando la paternal caridad de V. E., y en 
una cosa en que ningún perjuicio puede reportar la 
real Hacienda, suplican á V. E. se sirva tener la 
bondad de expedir su superior orden, para que el 
administrador de la Gaceta haga que se entregue 
ésta á los individuos de dicha Hermandad á la mis- 
ma hora y precios que á los libreros de los tres re- 
feridos puestos, y en ello recibirán merced, etc. — 
Madrid y Mayo 2 de 1787. — Por los exponentes, 
Pedro Pérez. — Excmo. Sr. : A V. E. suplican los 
pobres ciegos de Madrid.» 

Decreto del ministro. 

«Aunque se han negado varias veces diferentes 
pretensiones que ha hecho la Hermandad de ciegos 
de Madrid, con motivo de las Gacetas, que se les 
dan para que se utilicen de su venta, dejando de 
hacerlo esa Real Imprenta; atendiendo á lo piadoso 
de la causa, tengo por conveniente que de aquí en 
adelante se les distribuyan las Gacetas á la misma 
hora que á los libreros de los tres puestos, no dán- 
dose á unos ni á otros hasta las doce de los días 
martes y viernes. Lo prevengo á Vm. para su cum- 
plimiento, y que lo haga saber á los ciegos como 
resolución á la instancia que últimamente me han 
dirigido. — Dios guarde á Vm. muchos años — Aran- 
juez 26 de Junio de 1787. — El Conde de Florida- 
blanca. — Sr. D. Santiago de Barufaldi.» 

El triunfo de los ciegos habría de refluir en 
perjuicio de los libreros, que también se consagra- 
ban á la venta del periódico oficial , y así se ve que 
en Febrero de 1789 elevaban al rey la solicitud 



— 146 — 

que sigue, por conducto del conde de Florida- 
blanca : 

«Excmo. Sr.: María Teresa Alvarez, viuda y 
con una hija de menor edad, Bartolomé López y 
Pedro Texero, Libreros de esta Corte: P. A. L. R. 
P. de V. M. con el mayor reópeto exponen : 

Que en fin del año pasado de 1789, por orden 
comunicada del Excmo. Sr. Conde de Floridablan- 
ca al difunto D. Manuel Mena, se elijieron por 
puestos fixos para el despacho de la Gaceta y co- 
modidad del público las tres casas de los que supli- 
can, respecto á hallarse en distancias proporciona- 
das y ser este el único medio de evitar los desórde* 
nes que ocasionaba la confusión de gentes que acu- 
dían al único despacho, para cuio fin se les entrega- 
ba las Gacetas por la mañana temprano como así se 
anunció en la de 1 1 de Febrero de 1780, de que re- 
sultaba hallarse el público servido con comodidad y 
algún premio por este trabajo á los exponentes; 
hasta que el año pasado de 1786, sin haber dado 
el menor motivo de queja á la administración ni 
público respecto á que daban sus cuentas corriente- 
mente y quando las pedían, por orden de dicho 
excelentísimo señor, se les suspendió dar las Gace- 
tas hasta la hora de las 1 2 del día, que es la en que 
las reparten los ciegos, de forma, que todos los que 
las compraban con la comodidad de ser cerca de 
sus casas se toman la incomodidad de ir por ellas á 
la administración á larguísima distancia, resultando 
de esto algún menos despacho y el perjuicio de la 
corta utilidad que les quedaba á los suplicantes. Y 
siendo esto opuesto al establecimiento para como- 
didad del público, y de consiguiente ser corta la uti- 
lidad, se hallan imposibilitados de poderse mantener 
y extrañando se les haya desposeido de una cos- 
tumbre tan laudable en beneficio común, como es 
constante. En esta atención, A V. M. Suplican con 



— 147 — 



el mayor rendimiento que por un efecto de su gran 
Caridad , se sirba mandar se les entreguen las Ga- 
cetas para su venta, según y como se anunció en 
dicha Gaceta en n de Febrero de 1780*, en que re- 
cibirán merced.— A. L. R. P. de V. M. — Pedro Te- 
xero. — María Alvar ez. — Bartolomé López.» 

Por los mismos días se recibía también la solici- 
tud de un nuevo aspirante á la venta de Gazetas, 
concebida en los términos siguientes: 

«Excmo. Sr.: D. Miguel Valdés Cornellana, es- 
timulado de las repetidas insinuaciones de varios 
Individuos y Dependientes de los Reales Consejos 
y demás Tribunales de esta Corte, con el devido 
respeto haze saber á S. E. la comodidad que les 
resultaría establecer en la inmediación de aquellos la 
venta de la Gazeta, como se egecuta en otros pues- 
tos. Y siendo uno de los principales objetos que la 
justificación de V. E. se propone en sus savias ope- 
raciones, la utilidad común, no duda el público, te- 
niendo tan esperimentado su fabor, les dispense 
este beneficio, mandando se ponga en 1$ tienda 
Lonja, que el exponente ocupa próximo á los mis- 
mos Reales Consejos, la venta de dicha Gazeta en- 
tregándosele en la noche de la víspera de su publi- 
cación, y el día siguiente por la mañana á la hora 
que se distribuye en la Imprenta Real, por ser la 
mayor concurrencia á los citados tribunales, y Real 
Palacio; ó como sea del superior agrado de V. E. 
a4ue le vivirán sumamente agradecidos quantos tie- 
nen la precisión de asistir á ellos, y rogarán á Dios 
dilate la importante vida de V. E. muchos y felices 
años. — Madrid 23 de Febrero de 1789. — Miguel 
Valdés Cornellana^ 

Estos permisos, que hubieron de ser concedidos, 
fueron poco á poco lastimando los intereses de la 



— 148 — 



Hermandad de los ciegos, la cual recurrió al pri- 
mer ministro en Octubre de 17 91 para que la Real 
Imprenta les tomase el papel sobrante de un extraor- 
dinario que habían tenido muy pocas horas para 
vender, como se concedió por una sola vez y sin 
ejemplar, hecho que atestigua la antigüedad del pro- 
cedimiento de no entregar papel con vuelta á los 
vendedores. 

Hasta aquí mis copias. Añadiré solamente, para 
cerrar estos párrafos, que he practicado inútilmente 
algunas diligencias á fin de conocer más á fondo la 
organización del gremio de ciegos en el siglo xvin, 
ó averiguar al menos cómo y en qué fecha termi- 
nó. Sólo puedo decir que cuando los literatos de 
1 840 escribieron el precioso libro Los españoles pin- 
tados por sí mismos, el ciego que retrataron no era 
el del pasado siglo, sino un ciego de transición, digá- 
moslo así, un ciego que ejercía más libremente su 
industria, y al cual, empleando una figura retórica, 
se le empezaba á aclarar la vista. Hoy ve perfecta- 
mente, sin que haya intervenido en su curación nin- 
gún oculista: le ha bastado para ello que alumbre, 
aunque con intervalos y eclipses, el sol del progre- 
so y de la libertad. 



üü 



ESPAÑOLES Y PORTUGUESES 



Hay sucesos que se imponen de forma irresisti- 
ble á todos los demás de actualidad. 

En vano sería hoy, por ejemplo, que los más gra- 
ves problemas políticos solicitasen la atención de los 
padres de la patria; la llegada de los reyes de Por- 
tugal les haría dejarlos á un lado. 

Hoy es un día consagrado á Portugal. Se piensa 
en el baile regio, no tanto por la fiesta en sí misma 
como por los problemas que origina el lucimiento 
de las barrigas das pernas. 

Dejamos vacíos todos los teatros para llenar el 
de la Comedia, en que trabaja la perla de la escena 
peninsular, Lucinda Simoes. 

Hay madrileños de buena fe que compadecen á 
los monarcas lusitanos, porque habitan en el palacio 
de las Necesidades, y envidian á los lisbonenses que 
se mueren, porque son enterrados en el cementerio 
dos prazeres. ¡Como si no tuviésemos en Madrid 



— i5o 



el placer de disfrutar casas con vistas á los cemen- 
terios, y no hubiera proyectada una gran necrópo- 
lis, que se terminará casi al mismo tiempo que la 
reforma de la calle de Sevilla y las obras del edifi- 
cio consagrado á Bibliotecas y Museos I 

Hoy se colocan en el ojal del frac las cruces 
portuguesas ; se cuenta por reis ; se evocan recuer- 
dos históricos de todos géneros, y hasta hay quien 
pasa las horas leyendo algún tratado de geografía, 
para no decir que el Manzanares desemboca en 
Lisboa, que el cabo Espichel está muy atrasado en 
su carrera, ó que los Algarbes son unos caballeros 
particulares muy apreciables, aunque poco conoci- 
dos en España. 

Ya se han abrazado estrechamente los periodis- 
tas portugueses que han podido disponer de algu- 
nos millares de reis para venir á visitarnos, y los 
periodistas españoles que, ricos por su casa, han 
podido consagrar algunos duros para preparar la 
recepción. 

Ya han visitado aquéllos el local de la Asocia- 
ción de Escritores, donde fueron recibidos por los 
socios que han contribuido con i oo reales para que 
se pongan macetas en la escalera y banderitas en 
las salas. 

Después comerán con los escritores que puedan 
satisfacer seis duros por el cubierto. 



Estas escenas de fraternidad, aunque limitadas, 
entre escritores lusitanos y españoles, trae invo- 
luntariamente á la imaginación otra escena no me- 
nos conmovedora, ocurrida en Lisboa por el año 
de 1579, y en la que solamente figuraban dos per- 
sonajes. 

Anciano, débil y enfermo el uno, se despedía 
del mundo con la resignación del caminante que 



— i5i - 



se encuentra satisfecho del camino andado y fia 
en el porvenir. Ya no conservaba en sus labios la 
irónica sonrisa que en su juventud le hiciera incu- 
rrir en poderosos enojos é injustos destierros; ya 
su mirada no encerraba la ternura amorosa que 
tradujo las violentas pasiones de su alma; de su 
agitada existencia sólo daban señales la herida cica- 
trizada que le había privado de uno de sus ojos en 
rúdo combate naval, y el tostado color que habían 
adquirido sus facciones en las regiones africanas. 
Aquella vida tocaba á su término, y en breve había 
de cambiarse el dictado de el poeta mendigo por el 
de el príncipe de los poetas de su tiempo. Su obra fué 
Os Lusiadas: su nombre Luis de Camoens. 

Enfermo, pobre, moribundo y abandonado de 
los hombres, la religión habia acudido á él ; y re 
presentándola y enalteciéndola, acompañaba á Ca- 
moens otro anciano de setenta y cinco años, que 
desde el cláustro había logrado llevar las divinas 
verdades del cristianismo á las conciencias, con 
admirables frutos de su imaginación, en que aquellas 
lograban una interpretación como hasta entonces 
no se había conocido... como no se ha conocido 
tampoco después ; vestía el humilde hábito del do- 
minico, después de haber rechazado la dignidad 
episcopal, y sus años no le vedaban seguir escri- 
biendo las obras que habían de servir más tarde de 
autoridad á San Carlos Borromeo y á San Francis- 
co de Sales, y hacer que el Papa Gregorio XIII 
exclamase que con aquellos escritos hacía mayor 
bien á la Iglesia que si hubiera devuelto la vista á 
los ciegos y la vida á los difuntos. Era español , y 
se llamó en vida fray Luis de Granada ; su Guía de 
pecadores y su Símbolo de la Fe, justifican sobrada- 
mente, aun para las personas menos piadosas, la 
opinión de Pontífices y santos. 

La grandeza del genio y la identidad de religión 
les había unido en amistad estrecha, sin recordar el 



uno que era español y portugués el otro ; sin tener 
en cuenta que en aquellos supremos instantes, los 
últimos de la vida del uno, la herencia de una co- 
rona iba á unir por la fuerza á los reinos peninsu- 
lares, bajo el cetro aún poderoso del fundador del 
Escorial 



Si vivieran en estos tiempos, ni Camoens hubie- 
ra podido venir á Madrid por falta de recursos, ni 
fray Luis de Granada le habría podido obsequiar 
fuera del humilde refectorio del convento. 

Esto demuestra que los escritores somos hoy 
más ricos que en el siglo xvi... aunque también 
hay excepciones. Quintana no tenía traje de eti- 
queta para asistir á las fiestas de su coronación; 
Hartzenbusch no pudo ser senador, porque carecía 
de renta para ello *, Becquer vivió de milagro y mu- 
rió lógicamente, y Carlos Rubio subsistió algunos 
meses, y pagó las medicinas que requería su larga 
dolencia, gracias á la caridad de sus amigos par- 
ticulares, en una época en que los que fueron sus 
correligionarios políticos eran dispensadores de 
mercedes desde el poder. Si el escritor no figura en 
primer término, muere en un hospital como Pelayo 
del Castillo, ó su cadáver está sin enterrar tres días 
como ocurrió al de Campo Díaz. 

Pero basta de tristes recuerdos, únicamente evo- 
cados para que nuestros vecinos nos conozcan me- 
jor y no juzguen de la vida literaria en España por 
impresiones del momento. No hagamos lo que al- 
gunos que para retratarse llevan un vestido ajeno, 
se compran guantes que ocultan sus manos, se rizan 
el pelo contra costumbre, y si tienen algún grano 
en el rostro, se colocan de suerte que no se vea. 

No escondamos, como en el Centenario, la casa 



— iS3 — 



de Calderón detrás de una elegante decoración, pin- 
lada por reputados escenógrafos. Ya que el realismo 

stá á la moda, presentémonos como somos con 
nuestros defectos y todo: sin hacer ostentación de 

líos, pero sin ocultarlos tampoco hasta el punto de 

o parecemos á nosotros mismos. 
Y con la intimidad de los que se conocen bien 

se aprecian mejor, reproduzcamos los autores por- 
tugueses y españoles el fraternal abrazo de 1579 y 

íarchemos á disfrutar de los festejos reales, muni- 

ipales y particulares con que Madrid celebra la 

egada de los augustos príncipes que le favorecen 

on su visita. 

23 de Mayo de 1883 . 



EL' RETRATO DE TIRSO DE MOLINA 



Repútase, y con justicia, entre críticos y aficio- 
nados, al majestro Tirso de Molina (fray Gabriel 
Téllez) como una de las mayores glorias del teatro 
español, y evidencian la exactitud del aserto las 
comedias debidas á su peregrino ingenio, que hoy 
mismo, sin necesidad de peligrosas refundiciones, 
brillan en la escena lo mismo que hace doscientos 
años. Pero la modesta obscuridad de la vida mo- 
nástica, el desdén de nuestros abuelos á las investi- 
gaciones biográficocriticas, y otras causas igual- 
mente irremediables, han hecho que, apreciándose 
al escritor, se halle el hombre tan olvidado que los 
modernos críticos no han podido pasar de las pre- 
sunciones para fijar los puntos más principales de 
su vida. El docto y diligente D. Cayetano Alberto 
de la Barrera, que á fuerza de dispendios, consul- 
tas y de su propia vida, nos legó un monumento 
inapreciable en su Catálogo bibliográfico y biográ- 



- 156 - 

jico del teatro español, al llegar á trazar la vida del 
maestro Tirso de Molina, lo hace por deducciones 
más ó menos acertadas, aunque hijas todas de su 
buena fe y mejor juicio. 

«Nació Téllez en Madrid — dice — consta de su 
declaración expresa en la portada de una de sus 
obras, de varios pasajes de ellas, y, en fin, hállase 
comprobado por el testimonio de sus amigos Lope 
de Vega y Montalbán. ¿Cómo las diligencias de 
Baena, Vargas Ponce y otros no han bastado á des- 
cubrir su partida bautismal? Sábese que falleció 
de setenta y ocho años en 1648; hubo, pues, de 
nacer por el de 1570.» 

Respecto á los últimos años de su vida, di- 
ce así: 

«En 29 de Septiembre de 1645 fué elegido co- 
mendador del convento de Soria, y allí murió, por 
Febrero de 1648, á los setenta y ocho años de edad. 
Saqueados en la invasión francesa de 1808, así el 
archivo y biblioteca de la Merced de Madrid como 
el del convento de Soria, las diligencias del señor 
Mesonero Romanos en averiguación de noticias 
documentales acerca de fray Gabriel Téllez fueron 
casi infructuosas. Noticiósele que el P. Martínez, 
general de los Mercenarios por el año de 1828, y 
después obispo de Málaga, había recogido datos y 
escrito algunos cuadernos relativos al ilustre poeta. 
Pero muerto aquel prelado, la reclamación hecha 
por el Sr. Mesonero de estos manuscritos á la ofici- 
na de espolios no produjo resultado alguno. Por 
mi parte añadiré que el académico Sr. D. Antonio 
María Busto y Jela me aseguró haber visto en poder 
del expresado P. Martínez varias comedias autógra- 
fas, originales de fray Gabriel Téllez. En el conven- 
to de la Merced de Madrid existía también, y des- 



— i57 — 



apareció á consecuencia de la invasión francesa, el 
retrato de este grande ingenio.» 

He copiado los anteriores párrafos porque basta 
su lectura para comprender la importancia de un 
hallazgo que en sí encierra tres importantes extre- 
mos : el retrato auténtico del poeta, la fecha de su 
nacimiento y la de su muerte , que varían bastante 
las versiones generalmente admitidas. Ha tenido la 
suerte de encontrar este verdadero tesoro el artista 
y restaurador D. Vicente Poleró y Toledo, quien, 
al limpiar un lienzo cuya restauración le fué enco- 
mendada — lienzo procedente de Soria — encontró al 
pie del mismo, según costumbre de la época en que 
debió ser pintado, la siguiente interesantísima ins- 
cripción : 

«El reverendo padre maestro fray Gabriel Te- 
llez, comendador que fué de esta provincia, hijo de 
este convento, varón de insigne prudencia, predica- 
dor y maestro en teología, definidor y coronista de 
la orden, fabricó el retablo principal, el camarin, 
los colaterales y todo el adorno que se ve en la 
nave de la iglesia, dejando la sachristía llena de 
preciosas alhajas y ornamentos para el culto. Nació 
en Madrid en 1572. Murió en 12 de Marzo de 1648, 
á los setenta y seis años ^y cinco meses de edad 
Fray Antonio Manuel de Hartalejo, maestro gene- 
ral de la religión, hijo también de este convento, 
copió este retrato.» 

No es muy aventurado suponer que el retrato 
se copió del que existía en la Merced de Madrid 
algún tiempo después de la muerte del venerable 
fraile, y para honrar su recuerdo por los beneficios 
que hizo á su convento de Soria. El tipo que en el 
retrato presenta Tirso de Molina se aparta mucho 
del convencional que corre en cuadros y estampas, 



- 158 - 



y recuerda extraordinariamente el del cardenal 
Ximenez de Cisneros, aun cuando más afilada la 
cara del poeta. 

Es de suponer que existiendo actualmente una 
comisión encargada exclusivamente de reunir los 
retratos de españoles ilustres, examinará el de que 
hablo, discutirá su autenticidad y, caso de compro- 
bada, no lo dejará perder. 



1882. 





MONUMENTO DE QUINTANA 



Veinte años han transcurrido desde que el can- 
tor de La Imprenta cerró los ojos á la luz del día, 
sin que en tan largo período de tiempo pudiera Es- 
paña satisfacer la deuda contraída con el mismo. 
Por causas de índole diversa, el noble pensamiento 
de sus admiradores no se había llegado á realizar; 
y Quintana, coronado en vida por manos de la rei- 
na doña Isabel , no tenía un túmulo digno de su 
preclaro renombre. Vencidos los inconvenientes, y 
allanados, por último, todos los obstáculos, sus 
preciosos restos descansan ya en el panteón erigido 
por suscripción nacional. Su eterna fama no aumen- 
tará con este suceso; pero todos los extranjeros que 
visiten el cementerio de la Patriarcal no tendrán un 
nuevo motivo de acusar á nuestro carácter, califi- 
cando de ingratitud lo que sólo es desidia y aban- 
dono. 

En el centro del primer patio del mencionado 



— ióo — 



recinto mortuorio, y dando frente á la plazoleta del 
mismo, elévase el monumento sepulcral que guarda 
los restos del poeta. Lo majestuoso, armónico y 
proporcionado del conjunto hiere desde luego la 
vista y cautiva la atención, impresionando favora- 
blemente al espectador: más cerca ya puede apre- 
ciar debidamente sus detalles. Consiste el monu- 
mento en un sarcófago del mejor gusto, adosado á 
uno de los frentes del pedestal de un templete cua- 
drado, en cuyos resaltos laterales del zócalo gene- 
ral aparecen colocados unos pebeteros : dicho zóca- 
lo insiste sobre una plataforma algo elevada del 
suelo, á cuyo lado , aunque separada por una cinta 
de florido césped, se levanta una verja que limita 
el recinto sagrado. En el frente principal del tem- 
plete, ó sea el que domina al sarcófago, se ve el 
busto en bajo relieve de bronce del eminente Quin- 
tana, rodeado de ramos de laurel, y debajo la fecha 
de 1855 en que fué coronado. En los otros tres la- 
dos del templete , que, como el reseñado, se forman 
con unas columnas resaltadas que arrancan de unos 
ménsulos y sostienen unos romanatos , cuyo vértice 
decoran palmitas y estrellas, se encuentran los tí- 
tulos de las más notables composiciones del vate, 
sobre las que se hallan esculpidas otras coronas de 
laurel, roble y plumas entrelazadas, y además en 
el testero y por la parte inferior del pedestal una 
gran corona de especial recuerdo al finado. 
He aquí las inscripciones : 

Á QUINTANA 
' 1855 

En el lado derecho : 

PELAYO 
GUZMAN EL BUENO 
EL GRAN CAPITAN 
LAS CASAS 



— i6i — 



En el lado izquierdo : * 

AL MAR 
Á J. DE PADILLA 
Á ESPAÑA EN 1808 
Á BALMES 

En el testero: 

EL CID 
ROGER DE LAURIA 
FRANCISCO PIZARRO 
VASCO NÚÑEZ 

Una imposta separa los dos cuerpos del tem- 
plete, que termina, componiendo con los romana- 
tos, por un casquete esférico salpicado de estrellas 
y que remata un grupo de liras entrelazadas con 
guirnaldas y laureles. 

Un discreto crítico ha echado de menos en este 
remate, y no sin razón, el signo de la cruz que de- 
mostrase el lugar del sepulcro de un vate cristiano 
y español; pues el símbolo del cristianismo sólo 
existe, formado de ramos de adormideras , sobre la 
piedra monolítica que cierra el enterramiento: en 
el centro de dicha cruz se ven las iniciales del 
nombre de Cristo, Un entrelazado de hojas de pa- 
rra, cuyo motivo viene iniciado en el frente del mo- 
numento, adorna los costados del sepulcro. En la 
parte superior de la tapa, por ambos lados de los 
planos inclinados que la prestan adecuada forma, 
hay talladas estrellas en toda su extensión. Los pe- 
beteros, aunque accesorios en la composición, con- 
tribuyen á la armonía del conjunto, siendo los mo- 
tivos principales que destacan en ellos coronas de 
violetas y grupos de adormideras: en la gran mol- 
dura del zócalo, que viene á servirles como de base, 
se ven el alfa y el omega entre flores : finalmente, 

6 



IÓ2 



en la moldura superior, plana del basamento, so- 
bresalen unos pensamientos en la parte de los pe- 
beteros, y en todo el contorno del mismo unas car- 
telas para colocar las coronas que la veneración y 
el cariño lleven al sepulcro del poeta. 

La verja de hierro y bronce corresponde por su 
gusto y carácter al del monumento, cuyo efecto 
completa y avalora. 

Ei proyecto y dirección de la obra ha corrido á 
cargo del joven arquitecto y profesor D. Enrique 
Coello; el modelo del busto se debe al escultor don 
Ramón Subirat, premiado en varias exposiciones 
artísticas; los modelos de ornamentación en esca- 
yola se deben al escultor D. Silvestre L. Donaire; 
la ejecución de toda la pane de talla y adorno, ha 
corrido á cargo de los Sres. D. Luis López, don 
Eduardo Rodríguez Bellver y D. Bernardo Fourca- 
de; el cerrajero D. Aquilino Ujarabi ha construido 
la verja; D. Juan Martín ha fundido el busto y se 
ha encargado de las inscripciones y cincelado, y 
finalmente, los canteros Ricardo y Manuel Revuel- 
ta se han encargado de la labra y asiento de la 
piedra. 

Tal es, trazado á grandes rasgos, el monumen- 
to levantado por España al poeta de estro robusto 
y poderoso; al redactor del Semanario Patriótico, 
fundado para sostener vivo el entusiasmo español 
contra el invasor extranjero; al ilustre académico de 
la Española y de San Fernando; al patriota persegui- 
do en todas las épocas de reacción; al profesor de la 
Reina doña Isabel; al autor de las Vidas de españoles 
célebres, de numerosas poesías líricas y obras dra- 
máticas; al que, á pesar de los altos cargos que des- 
empeñó en vida, en 1855, al ser coronado por ma- 
nos de la Reina, tuvo que pedir prestado á un ami- 
go el dinero que hubo de invertir en un traje de 
etiqueta; al cantor de la imprenta, ó, lo que es lo 
mismo, al cantor de su época, al cattor del progreso. 



— 163 — 

La ceremonia de la traslación de sus restos 
mortales tuvo la modestia y solemnidad que reque- 
ría. A las diez y media de la mañana del 22 de 
Junio, S. M. ei Rey llegó al cementerio de la Pa- 
triarcal y se dirigió á la capilla, donde se canió un 
responso, poniéndose después en marcha la co- 
mitiva. Llevaban las cintas del féretro los seño- 
res Cueto, Pezuela (D. Jacobo) y Arrieta, como 
académicos, y un individuo de la familia del ilustre 
finado. Depositados sus restos en el sepulcro, se 
arrojaron sobre este varias coronas, y el señor 
Santa Cruz, presidente de la comisión encargada 
de la erección del monumento, dirigió á S. M. un 
breve discurso alusivo al acto, discurso que fué 
contestado por nuestro joven monarca, quien expu- 
so con frase levantada la satisfacción con que aso- 
ciaba su nombre á todo cuanto fuera rendir culto 
al arte, enalteciendo al cantor de las glorias espa- 
ñolas y de la libertad, y á uno de los más eminen- 
tes cultivadores de la lengua castellana. Las letras, 
las ciencias y las artes tenían distinguida, si no muy 
numerosa, representación en ei acto, y la prensa 
periódica había mandado muchos representantes 
suyos, Entre las coronas depositadas en el túmulo, 
llamaba la atención una enviada exprofeso por la 
Reina doña Isabel, otra del Ateneo, otra de la Aso- 
ciación de Escritores, otras del arquitecto y demás 
artistas que han intervenido en la obra, y las de los 
periódicos El Imparcial, La Iberia, Madrid Litera- 
rio, El Pensamiento y varias más. 

Pero por si algo faltaba á la gloria del poeta, ha 
habido un periódico, con cuyo nombre no mancha- 
ré mi escrito, que en el mismo día de la traslación 
del cadáver, revolviendo osada y cruelmente sus 
cenizas, le califica de «traductor afortunado de las 
impiedades de Voltaire, poeta ampuloso , hinchado, 
sin más inspiración que la del odio y la soberbia, 
sin más fuego que el del infierno, etc., etc.» 



— IÓ4 — 



Más justo, más clemente, más humano y más 
digno, el venerable patricarca de la literatura con- 
temporánea, nuestro maestro y nuestro amigo, el 
ilustre H rtzenbusch, dice, refiriéndose á la solem- 
nidad de ayer y fijando la significación del laurea- 
do cantor de la imprenta: 

«Había Quintana vivido en el mundo y para el 
mundo, entre la gloria terrestre y para ella; pero, 
próximo á su fin, á la luz que despide el alma en 
los momentos en que presiente su divorcio del cuer- 
po, conoció á tiempo que era llegado el de dirigirse 
por vía mejor; y cual infante candoroso que, asus- 
do ante un riesgo, vuelve los ojos y tiende los bra- 
zos al seno de su amante madre, buscó Quintana 
en sus postreros y más aprovechados días la piedad 
de la Iglesia que le esperaba. 

»En su seno espiró, depositando como opulento 
peregrino la rica ofrenda de las glorias que poseía 
al pie de la cruz, en los umbrales de la eternidad, 
donde reina la infinita misericordia. En ella confían 
los que dejan aquí estos despojos de la muerte, en- 
tre loores al cantor nacional insigne, entre tiernos 
afectos de gratitud á sus fieles admiradores que aquí 
le dan decoroso lecho, entre plácemes y bendicio- 
nes á los que autorizan, á los que glorifican este 
acto.» 

Esta es la verdadera candad cristiana. En vez 
de escupir sobre las cenizas de un hombre grande, 
que pudo tener errores, que los tuvo indudablemen- 
te, extender sobre sus restos inanimados el manto 
de la misericordia, y elevar al cielo una plegaria 
por el eterno descanso de su alma. 

(2) de Junio de 1877 .) 




UN RECUERDO Á HARTZENBUSCH 



El miércoles 2 del corriente fué el segundo 
aniversario de la muerte del ilustre vate D. Juan 
Eugenio Hartzenbusch. Unas cuantas misas reza- 
das en la iglesia de San Antonio de los Alemanes, 
fué el único recuerdo tributado á su memoria. 

La piedad filial y la religión suplían así el olvido 
de los que no debieron haberlo padecido; de cuan- 
tos se agiten en el mundo literario, y que si no tu- 
vieron la suerte de recibir sus consejos y de estre- 
char su cariñosa mano, han podido al menos en- 
contrar en sus obras fuentes riquísimas de la más 
pura enseñanza en la carrera de las letras. 

Recordemos brevemente su historia. 



Hartzenbusch nació en Madrid en 6 de Sep- 
tiembre de 1806, siendo sus padres Santiago Hart- 



— i66 — 



zenbusch, alemán, natural de un pueblecito próxi- 
mo á Colonia, y María Josefa Martínez Calleja, 
hija de un labrador de Valparaíso de Abajo, en la 
provincia de Cuenca. Trascurrió su niñez en el 
taller de ebanista de su padre, y por consejo de 
éste , que deseaba verle consagrado á la carrera 
eclesiástica, cursó en San Isidro el Real el latín y 
los dos primeros años de filosofía con el P. Fray 
Pedro Roca. Las enfermedades de su padre y la 
necesidad de atender á los trabajos del taller, jun- 
tamente con la escasa afición de Hartzenbusch á la 
carrera eclesiástica, le hicieron seguir trabajando 
en la ebanistería y utilizar todos sus momentos de 
descanso en el estudio de la poética, de los idiomas 
francés é italiano, de la taquigrafía, y especialmen- 
te en la lectura incesante de los dramáticos del 
Siglo de Oro de nuestra literatura. 

En 1835 ingresó como taquígrafo temporero en 
la Gaceta de Madrid,- habiendo ya por entonces 
dado al teatro algunas traducciones de escasa im- 
portancia y varias refundiciones de mérito notorio, 
así como también una obra de encargo, La Res- 
tauración en Madrid, que fué silbada. Hasta el año 
de 1836 en que estrenó Los amantes de Teruel, no 
empezó á ser apreciado Hartzenbusch en todo lo 
que valía, ni tampoco á ser perseguido por ému- 
los y envidiosos, encargados siempre de aquilatar 
los grandes merecimientos. A dicho drama, que 
nunca morirá, siguieron con largos intervalos, pues 
el poeta trabajaba mucho sus obras, los titulados 
Doña Mencía ó una boda en la Inquisición, Alfonso 
el Casto, La coja y el encogido, Juan de las Viñas, 
La jura en Santa Gadea , La madre de Relay o, Los 
polvos de la madre Celestina, La redoma encantada, 
La ley de raza, U?i sí y un nó, La archiduque sita, 
Vida por honra y El mal Apóstol y el buen ladrón. 

De sus obras no dramáticas, coleccionadas, 
citaré las que siguen : 



— 1 67 — 



Ensayos poéticos y artículos en prosa* 
Fábulas puestas en verso castellano. 
Cuentos y fábulas. 
Obras de encargo. 

Entre las no coleccionadas y que piden serlo, 
merecen citarse sus Discursos académicos , en los 
que hizo gala de portentosa erudición ; las Memo- 
rias de la Biblioteca Nacional, en cuyo estableci- 
miento ingresó en 1859, llegando á ser director de 
la misma y del cuerpo de archiveros y biblioteca- 
rios; sus notas é ilustraciones á Tirso de Molina, 
Calderón, Alarcón y Lope de Vega, y sus copiosas 
advertencias para ilustrar las publicaciones de la 
Real Academia Española y las ediciones del Qui- 
jote, libro al que consagró mucha parte de su vida, 
como lo atestiguan , además del tomo de notas que 
dió á la estampa en 1874, las cinco mil que ha de- 
jado inéditas, ya en papeletas sueltas, ya en las 
márgenes de un ejemplar de incalculable valor, 
que conserva su hijo. 

Su larga y laboriosa existencia puede decirse que 
terminó al ser jubilado como director de la Biblio- 
teca: desde entonces, apenas salió de su modesta 
habitación, en donde vivía consagrado por comple- 
to al estudio 'del Quijote, libro estimado por la hu- 
manidad como uno de los primeros que ha produ- 
cido el ingenio, y que cuenta entre sus méritos los 
desvelos de Hartzenbusch. 



Hartzenbusch fué, como he dicho, de origen 
humilde, y debió á su propio trabajo, á su perseve- 
rancia y á su inteligencia, el haber llegado dentro 
del mundo literario á la más alta jerarquía Si tuvo 
en su vida algún arranque de inmodestia, bien le- 



— i63 — 



gítima por cierto, fué recordando su origen, como 
cuando exclamaba: 

«La tercia rima con trabajo acoplo : 
más fácil instrumento necesita 
diestra que manejó mazo y escoplo.» 

El autor de tantas y tan preciadas obras litera- 
rias, buscaba en los últimos años de su vida con 
singular empeño alguna de las obras... de ebaniste- 
ría en que siendo joven había tomado parte. 

La prensa hizo pública algún tiempo há una es- 
cena en que fué protagonista el ilustre poeta. Visita- 
ba el palacio de un sitio Real, y se fijó en una de 
las sillerías que en el mismo se conservan. El guar- 
da de la residencia no podía menos de extrañar el 
detenido examen del anciano, y comprendiendo 
éste aquella extrañeza, le dijo: 

— Buscaba una marca del taller de que proceden 
estas sillas, y ya la he encontrado. Hace cuarenta 
años que trabajaba yo en la construcción de esta 
sillería. 

|Qué mejor abolengo para el genio que el hon- 
rado trabajo de los primeros año si 

Lo que no pudo ser Hartzenbuscr\, á pesar de 
una elección unánime, fué senador; era un poeta 
eminente, pobre por consecuencia, y la ley consti- 
tutiva del Senado sólo tolera á los sabios cuando 
son ricos. 

Sencillo y modesto hasta la exageración; acce- 
sible á cuantos buscaban su consejo y su apoyo; 
amante de la juventud, y creyendo de buena fe que 
era lícito alentar todas las aspiraciones poéticas, el 
ilustre anciano encontraba siempre algo bueno y 
digno de elogio en los originales que se le hacían 
leer ó se le leían, y llevaba su bondad hasta el ex- 
tremo de no negar sus prólogos á obras y coleccio- 
nes que no merecían semejante honor. ¿Pero quién 



— i6g — 



no absolverá de esta debilidad á Hartzenbusch, 
cuando, gracias á ella, pudieron también ser cono- 
cidos y apreciados escritores que han sido después 
honra del Parnaso? 

Hartzenbusch recordaba sin duda la parábola 
del trigo y la cizaña, y esperaba fundadamente que, 
á pesar de nacer juntos, el público apartaría á ésta 
poco á poco, y cosecharía gustoso el primero en el 
campo de la literatura. 



El que estas líneas firma, llamaba el miércoles 
á la habitación del que mereció en vida todo el cari- 
ño de Hartzenbusch, de su hijo D. Eugenio. 

Allí, en modesto despacho, rodeado de inapre- 
ciables recuerdos, se encontraba el distinguido ofi- 
cial de la Biblioteca Nacional, el autor del estudio 
sobre los periódicos y periodistas españoles, que fué 
premiado en público certamen; el que profesa ver- 
dadero culto á la memoria del ilustre anciano, de 
quien fué constante compañero hasta hace dos 
años. 

En los anchos estantes de la habitación se ven 
en cajas, al efecto construidas, millares y millares 
de notas al Quijote, último trabajo del autor de Los 
amantes de Teruel-, diferentes ediciones de sus obras 
dramáticas, críticas y académicas; infinitos autógra- 
fos, libros de consulta, colecciones de los clásicos, 
estudios de bibliografía y de historia. Más allá, los 
copiosos índices referentes á la prensa periódica, 
formados por el hijo del poeta, y las numerosas no- 
tas bibliográficas de varios ramos, formadas por pa- 
dre é hijo. 

Diferentes retratos de familia — muchos de don 
Juan en diferentes edades — caprichos y comodida- 
des para el estudio y la consulta, varios bustos y 



— iyo — 



otros objetos artísticos, y, finalmente, los muebles 
que utilizó en vida él ilustre anciano. 

Pero mi visita no era desinteresada en absoluto: 
los que vivimos en diaria comunicación con el públi- 
co, necesitamos contentar su afán de emociones y 
su curiosidad nunca satisfecha, y para llenar exigen- 
cias profesionales, después de haber cumplido con 
los deberes de la gratitud y del cariño, expuse á 
D. Eugenio lo mucho que me honraría, si me con- 
fiase para la hoja literaria de El Día algún escrito 
inédito del autor de Vida por honra. Difícil era 
esto, según me demostró, pues durante los últimos 
años de su vida, D. Juan Eugenio sólo se ocupó en 
sus eruditas anotaciones al Quijote, de las que ya 
he hablado, y en terminar el drama Doña Juana 
Coello, que no debe ser conocido hasta que se pre- 
sente en el natural cuadro de esta índole de compo- 
siciones literarias, en alguno de los teatros de Ma- 
drid. ¿Cuándo será esto? ¿Cuándo habrá una em- 
presa ó una dirección teatral que quiera honrarse 
solicitando la obra póstuma de Hartzenbusch? Difí- 
cil es la contestación á estas preguntas, dada la si- 
tuación que el arte escénico atraviesa. 

— Pero, ¿y algún otro escrito menos importante? 
pregunté á mi buen amigo. Una cuarteta, un pensa- 
miento, una observación... 

— Los únicos trabajillos sueltos que hizo última- 
mente, fueron algunas fábulas para el periódico in- 
fantil que publicó Frontaura; y de éstos, todos ex- 
cepto uno vieron la luz pública. 

— Pues á la excepción me acojo, para que ambos 
merezcamos la gratitud de los lectores. 

Y el hijo de Hartzenbusch, después de revolver 
algunos papeles sueltos, me entregó la siguiente fá- 
bula, tan buena por su fondo como bella por su 
forma. 



— i7i — 



^DIALOGO DE CHICOS 



Al joven precoz Octavio 
preguntó su primo Blas: 
— «¿Qué quisieras tú ser más?» 
«¿Santo ó sabio?» — El dijo: «Sabio. 
— «Y ¿por qué?» Blas insistió 
y replicóle el primito : 
— «Porque el saber queda escrito 
por sí, la santidad no. 
En cosa que no se ve, 
sospecha cabe sesuda.» 
— «¡Ay (dijo Blas) del que duda 
en artículo de Fé!» 



¡Que la fe del anciano haya abierto á su alma 
la mansión de los cielos, por el mucho bien que 
dispensó en la tierra! 

1882. 




RENACIMIENTO DEL ARTE DE LA PINTURA 

EN ESPAÑA (1) 



I 

La historia del arte contemporáneo español 
arranca de hace cuarenta años; el primer tercio del si- 
glo solo presenta generosos esfuerzos para conservar 
la práctica profesional: quítese la figura del escultor 
Alvarez Cubero, redúzcase el arte á la manifesta- 
ción pictórica, y nos encontraremos siguiendo tor- 
pe, lejana y pausadamente el estilo académico de la 
invasora Francia. Los españoles, que sabemos re- 
chazar heróicamente á los ejércitos extranjeros, lu- 
char por nuesira independencia y quedar victorio- 
sos en la demanda, no hemos sido nunca tan vale- 
rosos contra las modas y costumbres ; y así como 
nuestra literatura se convirtió en fiel imitadora de 
la francesa durante el siglo xvm, y hasta recurrió 



(i) Este artículo constituye el apéndice de la obra de D. José 
Manj arres, titulada Las Bellas Artes, publicada por los editores de 
Barcelona Sres. Bastinos. 



— 174 — 



á una escuela exótica para destruir á fines del mis- 
mo y principios del actual los vicios de la poesía, 
así también la pintura, rompiendo con sus gloriosas 
tradiciones, con su peculiar estilo, con su marca de 
fábrica, por decirlo así, se limitó á seguir las hue- 
llas de una escuela francesa en la que todo era 
convencional, en la que el artista volvía la espalda 
á la naturaleza, ahogaba su propio genio y se con- 
cretaba á seguir un figurín préviamente adoptado 
por el gusto del público. 

Natural consecuencia de este vasallaje e6 la frial- 
dad que revisten todas las producciones del arte, y 
aun lo falso de las concepciones del artista, llegando 
el mal gusto hasta el extremo de convertir en sim- 
pático lo que el pintor quiso hacer antipático y vi- 
ceversa. 

. De aquella época arrancan obras en que tratan- 
do un artista de retratar el hambre y la constancia 
de los madrileños, presentaba á los franceses ani- 
mados de generoso y caritativo afán y á los españo- 
les mostrando una ingratitud poco envidiable y una 
falta de educación que perjudica su misma entereza-, 
de aquella época arrancan cuadros en que, para pre- 
sentar enlazados dos campeones, no se ocurría al 
pintor otro recurso que hacer que uno de ellos 
esgrimiera el acero con la mano izquierda: 

llevando las espadas (cosa es hecha) 
este en la ^urda^ aquel en la derecha; 

en tanto que un caudillo asesinado en su lecho, 
figuraba estar dormido para no desarreglar acaso 
la composición, ó 

porque las fieras ansias de la muerte 
no se atrevieron á varón tan fuerte, 

gegún la sátira que allá por los años de 1818 corría 



— 175 — 



impresa en el Diario de Avisos de Madrid, si mis 
apuntes y mi memoria no son infieles. 

Y si esto sucedía en cuanto al fondo de los 
asuntos y las tiránicas reglas de un dibujo académi- 
co, no eran menos extraños los caracteres que res- 
pecto al color ostentaban los cuadros de nuestros 
respetables abuelos. La paleta no consentía consor- 
cios irritantes ni términos medios: todo en ella era 
claro, definido y puro, resultando á veces agrio y 
siempre frío el producto artístico. 

De repente la atmósfera de hielo que aprisiona- 
ba al arte empieza á romperse, y Alenza, Tejeo y 
Elbo, se manifiestan como legítimos representantes 
de escuelas que se juzgaban muertas. 

Alenza siente en sí la llama del genio; pero vive 
desconocido, sin protección, sin modelos, puede 
decirse; acaso busca y encuentra en Goya base 
para su género, y de ahí la extraordinaria analogía 
que se observa entre sus cuadros y los* del pintor 
aragonés, principalmente cuanto al color se refiere. 
Escenas de la vida de la clase más ínfima de la so- 
ciedad; composiciones sacadas de diversiones y 
espectáculos públicos, de los que están al alcance 
de aquella misma clase; tipos y costumbres de los 
aldeanos de todas las provincias de España: he ahí 
los asuntos que pintó, dibujó y grabó Alenza. Su 
obra más notable fué la muestra de un café, en la 
que figuraban unos jugadores de ajedrez, y que 
después de estropearse al aire libre durante muchos 
años, honra hoy alguna colección extranjera. Pero 
¿qué extraño que así emplease su genio el que no 
dejó al terminar su vida fondos suficientes para que 
su cadáver fuese enterrado fuera de la fosa común, 
adonde habría ido indudablemente sin la colecta 
que hicieron varios de sus amigos para tomarle un 
nicho? 

Elbo, artista de análoga significación, muere 
joven, como Alenza, y después de haber cultivado 



- i 7 6 - 

como él el género popular. Una impresión recibida 
á la edad de siete años, indica su patriotismo y de- 
nuncia su carácter. Jugaba Elbo en la Plaza de un 
pueblo de Andalucía, al mismo tiempo que una co- 
lumna francesa entraba en el lugar haciendo fuego 
sobre aquellos habitantes. Un labrador que desde 
la ventana de su casa se disponía á la resistencia, 
llamó al niño para precaverle del peligro que le 
amenazaba, teniendo al cabo que hacer uso de la 
fuerza para reducirle á la obediencia: el niño, arma- 
do con una piedra, se preparaba á hacer frente á la 
columna de los enemigos de su patria. Este rasgo 
de carácter, citado por todos los biógrafos de Elbo, 
merece serlo indudablemente, por lo que influyó en 
el género de sus trabajos y hasta en la analogía de 
muchos de sus tipos; Elbo se complacía en repetir 
en sus apuntes las facciones del labrador que le 
había libertado de la muerte y á quien poco des- 
pués había visto caer, atravesado el pecho á bayo- 
netazos. La profusión con que ejecutó asuntos de 
toreros y majos le valió algunas censuras, á las que 
él contestaba que siendo él pintor español, sólo eu 
asuntos españoles debía ocuparse; y que, á su jui- 
cio, tan degradados veía los caracteres, que no re- 
conocía como compatriotas más que á las manólas 
y los toreros. Elbo, siguiendo el género cultivado 
por Alenza y la escuela de Goya, supo ser original 
en sus asuntos: dibujó sin duda mejor que el prime- 
ro de dichos artistas, pero fué más frío en la expre- 
sión. 

Le faltaba el calor del verdadero genio. La mi- 
nuciosidad con que ejecutaba todos los detalles le 
hubiera hecho brillar en época más reciente; pero 
en la que Elbo floreció, hubiera necesitado romper 
más valerosamente con las tradiciones del arte aca- 
démico para ocupar el puesto que le estaba desti- 
nado. Si hubiera hecho cuanto podía hacer, su 
nombre hubiera sido tan conocido como el de 



— 177 — 



Alenza; pero cb todos modos, y á pesar de cuantas 
contrarierades se oponen á ello, su figura no puede 
pasar inadvertida en la historia del arte, y en tal 
concepto he debido mencionarlo. 

Brillando al mismo tiempo que los dos artistas 
citados, pero en condiciones más favorables para 
su desarrollo, D. Rafael Tejeo pudo estudiar en 
Roma lo que no podía aprender en la Escuela de 
Madrid, y así se explica que habiendo sido en sus 
primeros años discípulo de Aparicio pudiera ejecu- 
tar más adelante su Magdalena en el desierto, su 
Cristo crucificado y otros lienzos de indudable im- 
portancia, entre ellos muchos retratos, de carácter 
verdaderamente artístico. 

Alenza, Elbo y Tejeo, tienen, pues, además de 
su propia y personal significación, la que les presta la 
circunstancia de haber sido los verdaderos iniciado- 
res del renacimiento del arte contemporáneo. 

Impreso el movimiento, no era dudoso que 
había de seguir, y acaso extraviarse y perderse. Vi- 
llamil , Esquive!, Gutiérrez, Brugada y algunos 
más, personificaron este segundo periodo del arte. 

Villamil, ardiente, impetuoso, desobediente á 
toda regla académica, ciego á toda observación de 
la naturaleza, llena con sus trabajos y su fama cer- 
ca de un cuarto de siglo: ocho mil cuadros al óleo 
ejecutados por él mismo, suponen el ímprobo tra- 
bajo de empezar y concluir un asunto cada día. 
Basta dejar consignado este dato para evitarse mu- 
chas deducciones y clasificar á Villamil entre los 
monstruos de la naturaleza, con todas sus grandes 
cualidades y sus no menores defectos. Villamil 
su nte las bellezas, domina los fenómenos naturales, 
no inventa, no sueña, pero amalgama las causas y 
los efectos tan atrevida é inverosímilmente, que 
sus lienzos carecen de verdad. Llega al resultado 
despreciando los medios , sintetiza sus observacio- 
nes y las formula en el cuadro con una velocidad 



- i 7 8 - 

más industrial que artística. Cultiva con preferencia 
el paisaje-, pero esto no le impide atacar todos los 
demás géneros, y en ocasiones con gran gallardía: 
pinta según su inspiración, según las circunstancias 
y exigencias del momento, y de aquí nace su des- 
igualdad, lo diverso del mérito de sus obras, la es- 
cala en que éste se presenta, y hasta la necesaria 
vulgaridad de la mayoría de sus trabajos Los efec- 
tos de perspectiva suelen ser falsos, las figuras po- 
bres, la luz de sus composiciones participa de la 
naturaleza y del teatro; pero no lleva á. los objetos 
una reflexión lógica, no produce una transparencia 
razonada. Por el contrario, es preciso rendirse al 
encanto de los engaños para transigir con muchos 
efectos del pincel; hay que aplaudir la belleza del 
absurdo y proclamar sus excelencias; hay que ser 
idealista hasta la extravagancia... 

Pero en medio del desorden que caracteriza á 
Villamil, ¡qué admirable facilidad de ejecuciónl 
¡Cuántos encantos en los más insignificantes asun- 
tos tocados por su pincel! ¡Qué dominio sobre la 
naturaleza y sobre los procedimientos materiales! 

Villamil no podía tener discípulo y no lo tuvo; 
fué y sigue siendo una excepción en el arte, un 
portento en la facilidad, un productor incansable, un 
artista que rechaza el análisis, que se impone á la 
opinión y arranca el aplauso. Si la crítica fría y seve- 
ra, apoderándose de un lienzo, de casi todos los lien- 
zos de Villamil, tratase de formular su juicio, proba- 
blemente le sería muy fácil hacerlo y probablemente 
también no resultaría muy favorable al pintor; pero 
si tuviera en cuenta que éste sólo pudo trabajar vein- 
tidós años; que en ellos firmó 8.000 lienzos y un fa- 
buloso número de litografías y dibujos; si sabe ó re- 
cuerda que sus carteras contenían unos 18.000 
apuntes y bocetos al morir el artista, en 1854, de 
seguro tendrá que proclamarle como hombre ex- 
cepcional y extraordinario. 



— i79 — 



Paralelamente á la figura de Villamil se destaca 
en el arte moderno la de D. Antonio María Esquivel, 
cuya novelesca existencia ha sido trazada por otras 
plumas. Este pintor, entusiasta por el brillo de la 
escuela sevillana; feliz imitador en ocasiones de Mu- 
rillo, hasta el punto de hacer pasar imitaciones suyas 
por originales del inmortal artista; abastecedor en 
Madrid por bajo precio de dos ó tres traficantes que 
conseguían notable lucro con las escenas andaluzas 
de Esquivel; pintor á la moda más tarde, solicitado 
por todas las clases de la sociedad, deseosas de ser 
retratadas por él; autor de infinitas obras de género 
histórico; docto profesor, crítico notable y ardiente 
polemista, Esquivel viene á ser el complemento de 
Villamil para el dominio de todos los géneros de la 
pintura. 

Si hoy se pregunta por sus obras preferentes, á 
pesar del incalculable número que de las mismas 
dejó, no sería tarea muy fácil señalarlas; pudiéndo- 
se citar apenas su Caída de Luzbel (i), Los Apósto- 
les, La Transfiguración, el cuadro llamado de los poe- 
tas y un centenar de buenos retratos. Y sin embar- 
go, Esquivel, como Villamil , fueron los pintores de 
una época que los ancianos recuerdan hoy al recor- 
dar el Liceo de Villahermosa. 

Juntamente con ellos debe citarse á Gutiérrez de 



(i) La historia de este lienzo merece sei conocida. En 1841 , cuan- 
do más brillante porvenir se ofrecía al artista, un desgraciado suceso 
destruyó en un momento sus esperanzas, poniéndole á las puertas de 
la desesperación; á consecuencia de un humor herpético perdió la 
vista, en cuyo estado sufrió lo que no es decible. Sus muchos amigos, 
deseosos de hacer más llevadera su desgracia, recurrieron al Liceo, 
y la cit2da sociedad en masa contribuyó al sostenimiento del desdi- 
chado y de su familia, hasta que la Providencia sanó sus ojos enfer- 
mos. Esquivel, cristiano y caballero, no quiso después de su curación 
volver á servirse de sus pinceles en asuntos profanos hasta haber 
cumplido con Dios y con la amistad, y su primera obra fué La caída 
de Luzbel^ que regaló al Liceo; trabajo apreciado generalmente, por 
el cual no hace muchos años que el Auditor de la Rota D. Pedro 
Reales pagó la cantidad de 2.000 duros, tipo á la sazón desconocido 
en el pago de las producciones del arte. 



— i8o — 



la Vega (padre), compañero de Esquivel desde Se- 
villa en la entrada en Madrid y en la conquista de 
sus honores académicos, menos fecundo que él, 
pero en cambio conservador más fiel de las tradi- 
ciones de la escuela sevillana (i); mereciendo tam- 
bién cita especial el pintor de marinas D. Antonio 
Brugada, cuyas obras en su mayoría se conservan 
en el Museo Naval como testimonio de que el genio 
pictórico no se había perdido en su época, si bien 
atravesaba tan peligrosa crisis que rayaba en la 
licencia, acaso por desquitarse del mucho tiempo 
en que le habían privado de todo movimiento las 
académicas ligaduras. 

El arte español, paralizado durante treinta años, 
había dado pruebas inequívocas de vida y vigor con 
las obras de los profesores á quienes me he referido. 
Tal vez el excesivo arrojo de éstos pudo ser germen 
de futuros males; pero no ocurrió esto por fortuna, 
y después del momento de transición que he tratado 
de reseñar, debía encauzarse el movimiento artístico 
para que natural y dignamente pudiera verificarse 
su completo desarrollo. 

II 

Grande y merecida es la importancia que tienen 
en la historia del arte moderno los Sres. D. Fede- 
rico Madrazo y D. Carlos Luis de Rivera: hijos 
ambos de artistas demasiado apegados á las tradi- 
ciones académicas, inician un nuevo género en la 
pintura, lo mismo en su fondo que en su manera; 
rompen con lo tradicional y atacan el género reli- 
gioso é histórico, apartándose del modo con que 
anteriormente á ellos se trataban dichos asuntos. 



(i) La mejor copia del célebre cuadro de San Antonio, de Muri- 
11o, destruido hace poco tiempo por la codicia de algún infame, pero 
restaurado poco há, se debe á este pintor. 



— i8i — 



Las Santas Mujeres en el sepulcro de Cristo, de 
Madrazo, obra de que dijo Owerbeck que era la 
más bella en su género de cuantas había visto, y 
El origen de los Girones, de Rivera, despiertan la 
afición del público á los asuntos de la patria histo- 
ria; uno y otro artista concurren á públicos certá- 
menes al extranjero, y traen á España los laureles 
del triunfo. 

D. Luis de Madrazo, D. Bernardino Montañés 
y otros pintores, siguen sus huellas; y el infeliz 
Utrera, flor de un día en el arte contemporáneo, 
llega de Cádiz á Madrid, se matricula en las clases 
de la Academia de San Fernando, y sorprende á 
sus maestros con el cuadro de Guzmán el Bueno 
arrojando desde los muros de Tarifa el puñal con 
que han de dar muerte á su hijo, cuadro lleno de de- 
fectos, pero marcando elocuentemente todo lo que 
podía y debía esperarse de quien tan felices dispo- 
siciones ostentaba siendo todavía un niño. 

Pero Madrazo y Rivera abandonan muy pronto 
el ejercicio del arte elevado para consagrarse á la 
enseñanza y á la pintura de retratos. Montañés se 
dedica también á la instrucción de la juventud pri- 
mero en Madrid y posteriormente en Zaragoza,: y 
Utrera, que niño aún se atreve á elegir para su pri- 
mera obra un lienzo de gran tamaño y un asunto 
de notable grandeza, muere prematuramente, seña- 
lando su paso por el mundo del arte con el lienzo 
en cuestión. sLa obra de Utrera, dijo D. Adolfo de 
Castro, debía consumir, así por el pensamiento 
como por la ejecución, el trabajo de toda la vida de 
un artista; y en efecto, sucedió lo que debía suce- 
der. Quiso el joven gaditano anticipar el curso de 
los tiempos; lo que el estudio y el talento habían de 
hacer en largos años, ejecutó en los Abriles de su 
existencia, y su existencia terminó al terminar Utre- 
ra la obra de su vida.» 

Por las ligeras citas que llevo hechas, se com- 



— l82 — 



prende que la historia del arte contemporáneo no 
ofrece algunas al historiador, que se enlazan unos 
nombres con otros, constituyendo una cronología 
muy fácil de precisar. Pero al llegar al último pe- 
ríodo que he señalado, muertos unos pintores, re- 
traídos otros de la publicidad, buscando los más 
en la ejecución de retratos el medio de atender á 
sus necesidades , el arte al parecer dormita perezo- 
samente, pero no desaparece; su germen vital sub- 
siste y de vez en cuando se manifiesta, aunque en 
pequeñas proporciones. El reinado de Isabel II une 
su historia á la del desarrollo mayor del arte. Du- 
rante él se reforman en beneficio de la juventud las 
Academias y Escuelas de Bellas Artes, ampliando 
el número de estudios y las enseñanzas superiores; 
se protege ei dibujo de aplicación á las artes y ofi- 
cios, considerando también el geométrico y de ador- 
do como una de las asignaturas de la segunda ense- 
ñanza; se forma el Museo Nacional con la obras 
existentes en los conventos al tiempo de la extin- 
ción de las órdenes monásticas; se enriquece el Real 
Museo del Prado con un gran número de obras pro- 
cedentes del Monasterio del Escorial, de los Reales 
Sitios de San Ildefonso, Aranjuez y Buen Retiro, 
del Casino, del Nuevo Rezado , Monasterio de las 
Descalzas y el Real Palacio de Madrid , sin contar 
diferentes compras y regalos, así de cuadros como 
de esculturas y modelos arquitectónicos, ni la im- 
portante serie cronológica de retratos de los Reyes 
de España; se conceden premios á los alumnos más 
aventajados de las enseñanzas artísticas; se regu- 
lariza el envío de pensionados á Roma , mediante 
oposición; y finalmente, se celebran Exposiciones 
nacionales y provinciales de Bellas Artes, en donde 
el mérito puede encontrar los plácemes de la críti- 
ca, la pública admiración y la recompensa que me- 
rece. 

Por eso el público se ha familiarizado con los 



- i8 3 - 

nombres de los artistas, y no es raro ver hoy á un 
pintor recordando la importancia que lograron ad- 
quirir los maestros de la antigüedad, ostentando en 
su pecho las más preciadas condecoraciones espa- 
ñolas ó extranjeras. 

III 

La moda de las Exposiciones contribuye espe- 
cial y decisivamente, como he indicado, al desarro- 
llo artístico. 

El Gobierno español, que así lo comprendía, y 
que había tenido ocasión de examinar los resulta- 
dos conseguidos en otras naciones, convocó á todos 
los artistas españoles para la primera Exposición 
nacional, celebrada en 185 ó, ofreciéndoles distin- 
ciones y premios. 

Ya no era el local de la Exposición el mezquino 
patio de la Academia de San Fernando, sino el del 
ministerio de Fomento; ya no eran las obras pre- 
sentadas unos cuantos ejercicios de alumnos ó al- 
gún capricho de pintores encanecidos, entremezcla- 
do con infinitos retratos de dudoso mérito, sino 
lienzos de gran tamaño y complicada composición-, 
ya figuraban con sus obras los pintores de todas las 
provincias del reino, en competencia con los resi- 
dentes en Madrid ; ya, finalmente, se había realiza- 
do la unión artística de todas las provincias bajo el 
protectorado del Gobierno central. 

De dicha Exposición y las sucesivas arranca la 
brillante pléyade de los artistas modernos. 

Gisbert exhibe el Suplicio de los Comuneros, el 
Desembarco de los puritanos en la América del Nor- 
te, la Muerte del príncipe D. Carlos y la Jura de 
Fernando IV, Lo mismo en estas obras que en las 
que produjo con anterioridad y posterioridad, Gis- 
bert se presenta como un artista lleno de imagina- 
ción y vida, poseyendo la completa noción del arte, 



— 184 — 



de sus recursos y el conocimiento de su personal 
valor. Compone admirablemente, dibuja como los 
grandes maestros, y si no tiene un colorido que re- 
cuerde las buenas escuelas, sabe dominarse y no 
abusar del que le es peculiar. Cuando la envidia y 
la maledicencia exageran sus defectos, como lo 
agrio del color en Los Comuneros, Gisbert contesta 
con lienzos como el Desembarco de los puritanos, 
admirablemente entonado, y en el cual, como en 
oíros, contesta asimismo á los que le acusaban de 
que no sabía pintar mujeres con figuras notables 
por su belleza, expresión y carácter. La producción 
de Gisbert es abundante, aunque desigual. Artista 
de inspiración, no traduce bien en ocasiones las 
ideas ajenas ; necesita inspirarse en las propias, 
buscar dentro de sí mismo el impulso y el calor. Su 
crédito no es exclusivo de España; sus cuadros pre- 
miados en esta y en otras naciones, pertenecen á 
esa patria común del arte, en que no existen limi- 
taciones ni fronteras. 

Casado del Alisal se presenta como una grande 
esperanza en la Muerte del conde de Saldaña, más 
tarde realiza promesas y confirma los ajenos augu- 
rios con Fernando IV el Emplazado, el Juramento 
de las Cortes de Cádiz y la Batalla de Bailén. En 
todas muestra limpieza de tintas y buena entona- 
ción; en muchas hace verdaderos y laudables es- 
fuerzos para que la composición corresponda á la 
grandeza de los asuntos, aunque no siempre lo lo- 
gra. Su cuadro de Las Cortes de Cádiz y el de la 
Batalla de Bailén carecen en gran parte del carác- 
ter que debió imprimirles un pintor español; pero 
en cambio manifiestan tal riqueza en la ejecución, 
que basta para afianzar el nombre artístico del 
autor. 

Sans nace para el arte cuando ha pasado su 
primera juventud; pero recorre su camino á pasos 
agigantados. Prometeo denuncia su viril inspiración 



- i8 S - 

y sus predilecciones artísticas, que desarrolla des- 
pués en Los náufragos de Trafalgar } la Toma del 
campamento de Tetudn y la Muerte de Churruca, y 
cuando la exigente y tiránica moda reclama del 
artista la ejecución de obras de cortas dimensiones, 
poniendo como norma general la escuela de Meis- 
sonnier, Sans ejecuta su admirable juguete de La 
Visita , y pasando con la facilidad del verdadero 
genio de un ge'nero á otro, pinta casi á continuación 
dos Evangelistas de tamaño colosal, destinados á 
hacer juego con otros de Rosales ; y así como en el 
primero rivaliza con el pintor francés , en el segun- 
do se confunde con Rosales. Sans ejecuta como 
siente, y siente con una precisión, con un criterio, 
con una verdad admirables. Aún recuerdo una fra- 
se que escuché en la Exposición de 1860: «¿Ve 
usted — me decía un crítico — ese brillante cuadro 
de Los Comuneros ? ¿Ve usted ahora esa severísima 
composirión que el catálogo denomina Libertad é 
independencia, y que simboliza el levantamiento de 
Cádiz en 181 2? Pues bien; Gisbert, el autor del 
primero, puede reputarse como el pintor del pre- 
sente; Sans, el autor del segundo, es el pintor del 
porvenir.» Y la predicción se va cumpliendo. 

Víctor Manzano, muerto cuando más podía es- 
perarse de él, deja firmadas obras como Santa Te- 
resa con los príncipes de Eboli y la Audiencia de los 
Reyes Católicos, Rodrigo Vázquez visitando en la pri- 
sión á la familia de Antonio Pérez , y numerosos 
cuadritos de tan pequeñas dimensiones como subido 
mérito. Si la carrera de Manzano no hubiese sido 
tan breve, su representación sería mucho mayor; 
estaba en el camino de los triunfos. 

Palmaroli lucha con noble emulación con todos 
los anteriores, y sus admirables estudios, hechos 
en Roma, le señalan al público en concepto de un 
artista de primera fuerza. Su Lnter cesión de los San- 
tos españoles en favor del príncipe de Asturias , hoy 



— i86 — 



rey de España, á pesar de lo difícil y comprometido 
del asunto, muestra sus buenas cualidades; la Ca- 
pilla Sixíina en Roma, modelo de perspectiva, de 
luz, de ambiente, de minuciosa y excelente ejecu- 
ción, justifica la medalla que por ella le fué conce- 
dida; sus Enterra?nientos de la Mo?icloa en i8o8 y 
asunto eminentemente dramático y fijado en el 
lienzo con acierto notable, pone el sello á su repu- 
tación. Tal vez una crítica excesivamente severa 
podría encontrar en este pintor, ya olvidos de ca- 
rácter, ya una perjudicial tendencia á la elegancia 
recargada y sentimiento convencional; pero en la 
ejecución, en el dominio de los recursos del arte, 
nada le falta para tender muy de cerca á la per- 
fección. 

Rosales, genio de la moderna escuela española, 
toma la representación que tuvo Veiázquez en el 
siglo xvit, y ejecuta las inapreciables obras que se 
llaman el Testamento de Isabel la Católica, los Evan- 
gelistas (destinados al templo de Santo Tomás de 
Madrid) y la Muerte de Lucrecia, La primera de 
dichas obras — tal vez la más perfecta que en el 
género histórico ha producido el genio moderno 
español — pone en moda la escuela clásica de Ma- 
drid, pues lo mismo que el pintor de Felipe IV, 
Rosales mostraba aire, luz y verdad en su obra: 
examinada de cerca parece toda confusa y grosera- 
mente pintada, se ven manchas de varios colores y 
salpicaduras de pincel ; pero á una distancia conve- 
niente se confunde todo, se precisa y anima, y los 
extremos de las figuras, antes confusos, se detallan 
y dibujan de un modo admirable. 

Esta obra, premiada en Madrid y en Dublín, 
llega al concurso universal de París en 1867 y dispu- 
ta el premio de honor al cuadro del pintor floren- 
tino Ussi; una leve diferencia de votos concede la 
primacía á éste, pero la opinión unánime consagra 
el mérito de Rosales, y el emperador Napoleón le 



concede la cruz de la Legión de Honor, que niega 
á su contrincante. ¡ Quién diría entonces á Rosales 
que tan breve había de ser la carrera de sus triun- 
fos, y que la penosa enfermedad que minaba su 
existencia desde que, pobre y desvalido, luchaba en 
Roma contra la pobreza y la falta de protecc ón, 
debía conducirle tan en breve al sepulcro! Pero 
aun pudo ejecutar otras obras que confirmasen su 
valer, como los ya citados Evangelistas y la Muerte 
de Lucrecia, lienzo en que acaso exageró Rosales 
sus cualidades típicas de sobriedad de color y es- 
tilo franco y atrevido, pero que demuestra más que 
otro alguno un poderoso genio y un realismo muy 
semejante al de Velázquez. 

Domingo, que tiene grandes analogías con Ro- 
sales, firma su valiente composición de Un lance en 
el siglo XVII, exagera algo en su Santa Clara las 
licencias de composición, privando al cuadro de 
fondo, y haciendo, no obstante, que sea una obra 
notabilísima; y en Los titiriteros y otras composi- 
ciones posteriores reclama un puesto en primera 
línea en las falanges del arte. 

Fortuny llega en sus acuarelas y cuadros de gé- 
nero á superar á todo cuanto se conoce, y en pocos 
años pasa desde pensionado por una provincia á 
pintor predilecto de Europa; sus lienzos son dis- 
putados por la Grandeza y los especuladores, y 
cuando muere en la flor de sü edad, el arte univer- 
sal se conmueve y el mundo entero le llora. Su 
cuadro de La Vicaría , el de El pórtico de San Gi- 
nés y el de La batalla de Tetuán , no muestran su 
personalidad artística tanto como los infinitos estu- 
dios y caprichos del natural; sus composiciones de 
árabes y gitanos; sus fantásticas alegorías; sus ca- 
prichos, ejecutados ora al óleo, ora á la aguada; 
sus tipos; sus retratos; los inmensos tesoros de sus 
carteras, convertidos en tesoros más materiales á 
su muerte, por la predilección en que siempre le 



— i88 — 



tuvieron los aficionados de toda la Europa á las ar- 
tes. Nadie como Fortuny ha podido repetir, con un 
célebre pintor que se hacía pagar carísimos sus 
trabajos: «El mundo tiene pendiente una deuda 
considerable con los artistas que me han precedi- 
do , y yo he nacido para cobrarla con sus corres- 
pondientes intereses.» Fortuny, como Rosales, se- 
ñala brillantemente el último periodo de quince 
años en el arte español; marchando acaso uno y 
otro por diferentes caminos, y muertos ambos en 
edad juvenil, han llegado al mismo término y lo- 
grado la misma gloria. 

Vera siente y expresa los más puros y bellos 
sentimientos: sobresale principalmente en el dibu- 
jo, y cada uno de sus cuadros es un modelo de eje- 
cución. El Entierro de San Lorenzo, la Comunión en 
las Catacumbas , la Coronación de Santa Cecilia y 
San Valeriano , caracterizan principalmente al mejor 
de nuestros pintores religiosos; y sus asuntos de 
costumbres pompeyanas reconstruyen, por decirlo 
así, la ciudad víctima del Vesubio. La pintura reli- 
giosa es, á pesar de todo, lo que en Vera predomi- 
na y le enaltece; y así como no he vacilado en ca- 
lificar antes el Testamento de Isabel la Católica como 
el primer cuadro moderno dentro de la pintura his- 
tórica, debo ahora calificar el Entierro de San Lo- 
renzo como el más notable del género religioso. 
«Este cuadro, de seis figuras, — escribía un crítico, — 
sobrio de luz, sobrio de colorido, sobrio de preten- 
siones, pero lleno de verdad, de ternura y de un- 
ción cristiana, es sin disputa alguna el más sentido 
de cuantos hay en la Exposición. El dulce color 
que baña todo el lienzo, la vaguedad y el misterio 
en que se hallan envueltas las figuras, la expresión 
deleitosa de los rostros, las actitudes tranquilas, la 
soltura de los paños, la armonía y suavidad de los 
realces, la degradación de las tintas, y sobre todo 
aquel ambiente pálido de los cuadros viejos, for- 



— 189 — 

man un conjunto tan sublime, tan ideal y tierno, 
que el alma se identifica con las de los personajes 
que aparecen en el lienzo, y se siente poseída de 
una emoción santa y una beatitud igual á la de los 
que presencian el entierro Mórbido en los con- 
tornos, suelto en el color, franco en las tintas, simé- 
trico en las proporciones, el Sr. Vera puede gloriar- 
se hoy de ser uno de los primeros pintores de nues- 
tro país , y sin pretenderlo, quizá el primero de los 
expositores de 1862.» 

Domínguez, en su cuadro la Muerte de Séneca, 
logra asimismo puesto muy preferente entre la ju- 
ventud artística. 

Puebla cuenta para su gloria con lienzos como 
la Bacante y el Desembarco de Cristóbal Colón, en 
que la hermosa figura de éste hace olvidar los pe- 
queños defectos d~ la obra. 

Jiménez Fernández, pintor de animales, lleva 
la perfección á todos sus trabajos, y lucha con éxi- 
to contra los pintores extranjeros de la misma es- 
pecialidad. 

Monleón y Ocón descubren nuevos horizontes 
para las marinas. 

Llanos inicia su envidiable carrera con El laza- 
rino de 'formes y la prosigue con La tía fingida, el 
Entierro de Lope de Vega — su obra de más empe- 
ño— y otras. 

Mercadé, que en su cuadro de Colón en la puer- 
ta del convento de la Rábida indicó lo mucho que de 
él podía esperarse, ejecuta posteriormente asuntos 
como el de San Juan Clí 'm acó— digno de Zurbarán, 
según un crítico; — Carlos V en el monasterio de- 
Yus te, y La traslación del cuerpo de San Francisco 
de Asís. 

Alvarez debe su nombre á El sueño de Calpur- 
nia, y lo conserva dignamente después en asuntos 
de costumbres romanas. 

Navarrete en sus lienzos de Los capuchinos en 



— 190 — 

el coro y El Marqués de Bedmar ante el Senado de 
Venecia, muestra vigor extraordinario en la compo- 
sición y brillantez en el colorido. 

Ruy Pérez, Zamaeois, Rico y otros muchos edu- 
cados en la moderna escuela francesa, compiten 
con los más célebres de sus maestros ; Hispaleto 
copia admirablemente la naturaleza, consiguiendo 
embellecerla en algunos momentos; Jimeno persi- 
gue lo extravagante en el dominio del arte, y deja 
cuadros como el del Infierno de Dante , La noche 
del sábado y Las Animas. Finalmente , otros muchí- 
simos artistas, sin salirme del terreno de la pintura, 
rivalizan en ocasiones con los que llevo citados, les 
superan en algunos momentos y permiten abrigar 
la creencia de que no serán perdidos los ejemplos 
de aquellos, de que el arte seguirá triunfando de 
todos sus detractores, y podrán reemplazar digna- 
mente á los artistas arrebatados por la muerte. 

Utrilla, Ruy-Pérez, Zamaeois, Jimeno, Fortuny, 
Rosales, han muerto jóvenes y desvaneciendo mu- 
chas y muy risueñas esperanzas; pero con ellos no 
ha terminado el arte español , cuyo renacimiento 
descansa en dos generaciones Por muy sensibles 
y lamentables que sean las pérdidas que dejo con- 
signadas, no constituyen ni pueden constituir la 
desaparición completa de la escuela española; po- 
drá á lo sumo abrirse un paréntesis en la historia 
de sus triunfos, pero una vez cerrado, y creo que 
ha de cerrarse pronto, se señalarán indudablemen- 
te nuevos nombres, herederos de la importancia 
de los que van borrándose, y nuevas y brillantes 
obras aumentarán el catálogo de los que constituyen 
hoy el riquísimo museo formado por los artistas á 
quienes acabo de citar. 

Si las dimensiones de esta pequeña reseña lo 
permitiesen y su carácter lo hiciera oportuno, po- 
dría desde luego ampliar notablemente el catálogo 
con los nombres de la brillante juventud, que no 



— I9i — 



sin falta de razón protestará de mi silencio; y al 
lado de Raimundo Madrazo, que reverdece los 
laureles de su familia y conserva la memoria de su 
hermano Fortuny; al lado de Villegas, y de Pradi- 
11a, y de otros cuyas acuarelas compiten con las 
del difunto artista, habríamos de citar á Sala, Fe- 
rrant, Balaca, Díaz Carreño, Fierros, Galván , Fe- 
rrándiz, Francés, Borras, Lizcano, Haes, Galo- 
fre (B.), Martí, Ortego, Pérez Rubio, Torrás, Aran- 
da, Martínez de la Vega, Perea, Torrescasana, 
Cabral Bejarano, Martínez Cubells, Codina, Mau- 
ra, Laguna, Medina, Becquer, Laplaza y otros 
muchísimos que ni por injusticia ni por olvido omi- 
to, sino porque, según dejo consignado anterior- 
mente, sólo he querido trazar en brevísimos párra- 
fos, sin profundizar vidas ni examinar obras, el 
movimiento artístico que de algunos años á esta 
parte entraña una especie de renacimiento en la 
pintura española. 

(1876.) 



EL PUEBLO Y LA CAPITAL 



Situado en el fondo del valle ó en la falda del 
monte, rodeado de productivas tierras ó de áridos 
arenales, lejos de la antigua carretera ó inmediato 
á la línea férrea que lleva la vida á las comarcas 
que atraviesa, el pueblo ofrece en su vida íntima 
caracteres distintivos que no se borran ni se desva- 
necen á pesar de la marcha vertiginosa del tiempo 
y de las evoluciones sociales y políticas. 

Los estadistas y los legisladores han dotado al 
país de leyes para todos los gustos; la vida del cen- 
tro se Ka extendido por la superficie ; se han reco- 
nocido y proclamado muchos derechos; se ha exi- 
gido el cumplimiento de muchos deberes ; pero to- 
das las medidas, al tener su aplicación al pueblo, 
han debido ajustarse á las costumbres, tradiciones 
y modo de ser de éste. La capital de la nación y el 
pueblo se completan mutuamente; se conocen, se 
tratan, se aprecian ; pero no se confunden, como no 
puede confundirse la aparente luz del satélite con 
la efectiva del astro; la vida exuberante del uno 
con la anémica del otro. 

7 



— 194 — 



I 

¿Qué Constitución es la vigente? 

Pregúntese esto en la gran mayoría de los pue- 
blos y es seguro que serán muy pocas las personas 
que puedan dar una respuesta categórica; verdad 
que algo análogo ocurriría en la corte si se hiciese 
la misma pregunta. 

¿Qué leyes rigen sobre tal materia? 

Igual desconocimiento é igual silencio. 

¿Qué partidos hay en España? ¿Cuáles son sus 
analogías y cuáles sus diferencias? ¿Qué caracteres 
esenciales tiene la escuela conservadora? ¿Cuáles 
distinguen á los partidos monárquicodemocráticos? 
¿Qué divisiones y subdivisiones caracterizan á los 
partidos republicanos? ¿Dónde termina el posibilis- 
mo y dónde arranca el progresismo democrático? 
¿Qué marca la diferencia entre los pactistas y no 
pactistas? ¿Qué representación tienen dentro de la 
legalidad las escuelas absolutistas? La complicada 
máquina política, poco clara para ios cortesanos, 
tiene que ser verdaderamente un jeroglífico en el 
pueblo, donde los pocos periódicos que llegan po- 
drán servir para sostener viva la fe de determinadas 
personas pero no para llevar al conocimiento de la 
generalidad las verdades políticas. 

Los antiguos bandos de blancos y negros, de 
absolutistas y liberales, eran más comprensibles 
para los pueblos ; pero acaso más peligrosos por el 
encono de sus luchas. El indiferentismo político, 
que científicamente es un mal, tiene siquiera la ven- 
taja de haber templado las pasiones. 

Llega, sin embargo, un día en que la política 
turba la ordenada marcha de la vida en los pue- 
blos. La llamada del alcalde á la capital de la pro- 
vincia, el pliego cerrado del gobernador, la llegada 
de forasteros que celebran conciliábulos con la 



— i9S — 



autoridad local, advierten al vecindario que se apro- 
xima una función de carácter político. Y si estos 
síntomas no lo advirtieran, pronto desaparecería 
toda duda por las gestiones de la autoridad, para 
que nadie deje de acudir á votar y para que el voto 
sea favorable á D. Fulano de Tal, persona á quien 
nadie conoce generalmente; pero que, según la 
autoridad, es de gran arraigo, muy apoyado por el 
Gobierno que nada le niega, y por cuya causa es 
seguro que una vez elegido para la Corporación 
provincial ó para ocupar un asiento en el Congreso 
de los Diputados, lloverán sobre el pueblo bienes y 
privilegios sin cuento; se compondrá la carretera; 
se hará que un ferrocarril en construcción cambie 
su trazado y pase por las eras de aquel término ; se 
hará un alumbramiento de aguas para aumentar las 
muy escasas del pueblo; se aumentará la guardería; 
se pondrá una estafeta de correos y un puesto de 
la guardia civil ; se comprará un reloj y un juego de 
campanas para la iglesia ; se concederán al pueblo 
tres escuelas y una biblioteca popular... El candi- 
dato no ofrece casar á todas las solteras, sanar á 
todos los enfermos y enriquecer á todos los pobres; 
pero casi, casi, lo da á entender. 

Al propio tiempo llegan emisarios del candidato 
contrario y hablan al pueblo de sus derechos, de la 
tiranía del Gobierno, de los abusos de los caciques; 
repiten cualquiera de los discursos que han oído á 
los más elocuentes tribunos; manifiestan secretas 
esperanzas de grandes cambios; llevan á ios ánimos 
el convencimiento de que nada hay mejor que el 
candidato de la oposición, y los obsequios, los con- 
vites y las promesas menudean cuanto es necesario 
para llevar á buen término la recomendación. 

Se entabla al fin la lucha; chocan unas influen- 
cias con otras; los encontrados intereses de oposi- 
cionistas y ministeriales llevan la perturbación al 
tranquilo pueblo; las mañosas artes de los unos, 



— 196 — 



acaso los abusos de autoridad de los otros, hacen 
nacer enemistades ó acrecentarse antiguos odios, 
surgiendo en ocasiones querellas de irremediable 
carácter, choques personales ó colectivos y tal vez 
largos procedimientos judiciales que dan ocupación 
á las Audiencias. Y pasado el momento de la lu- 
cha, los contendientes saben de fijo los perjuicios 
que la misma les ha causado, aunque acaso ignoran 
qué era lo que defendían y qué lo que combatían 
en las elecciones. Más tarde llegan también al pue- 
blo en nueva forma las usuales consecuencias de 
semejantes luchas con la remoción de los emplea- 
dos , la traslación de los que pueden serlo , los pre- 
mios á que se hicieron acreedores los unos y las 
penas en que los otros han incurrido. 

Y cuenta que sólo hablamos de los periodos 
ordinarios, en que la vida nacional se encuentra 
regularizada, pues cuando las discordias civiles se 
han enseñoreado del territorio, los pueblos han teni- 
do que sufrir directamente las más terribles conmo- 
ciones, viendo sus riquezas mermadas, consumidos 
en el ocio poderosos elementos, saqueadas acaso 
sus propiedades y comprometidas las vidas de sus 
hijos, empeñados en mal hora en lucha fratricida. 

Por eso la política que puede nacer con carac- 
teres grandes en el gabinete de estudio del hombre 
pensador, desarrollarse en el calor de la controver- 
sia, traducirse en nobles y levantados principios, 
exponerse en las conferencias de los centros cientí- 
ficos y en los debates de las Cámaras, pierde sus 
caracteres y su grandeza al ser llevada al seno de 
los pueblos, y, sombra menguada de lo que fué en 
su origen, ni es comprendida, ni puede ser imitada 
por los que se mueven en el reducido círculo de la 
población rural. 

El centro ha hecho que de él brote la luz; pero 
esa luz, al esparcirse, ó no alumbra lo suficiente, ó 
abrasa á todo cuanto toca. 



— 197 ™ 



II 

Si las relaciones políticas entre la corte y el pue- 
blo marcan las diferencias que ligeramente acabo 
de señalar, lo que ocurre en el orden administrativo 
no es menos sensible. Nada supone para el pueblo 
que las doctrinas económicas del librecambio triun- 
fen de las del sistema proteccionista ó viceversa, n 
que en cátedras, ateneos y libros se controviertan 
y aquilaten los principios y procedimientos finan- 
cieros. El reparto llega hecho á los pueblos y el 
tipo de los tributos se aumenta de día en día. El 
labrador, el industrial y el comerciante, ignoran tal 
vez el verdadero concepto de los tributos que deben 
satisfacer; pero saben perfectamente que en las 
épocas prefijadas se presentará en sus domicilios el 
recaudador de contribuciones; que en los asuntos 
tributarios hasta para protestar contra las injusticias 
es necesario comenzar por tolerarlas, pagando lo 
que indebidamente pueda exigírseles ; y así lo ha- 
cen, porque tampoco ignoran que al ausentarse el 
recaudador de contribuciones deja abierto el porti- 
llo al comisionado de apremios, y que nada aumen- 
ta en proporción tan prodigiosa como la cuantía de 
un tributo que no se pague en el instante de ser 
reclamado. Y, pagado el contingente para las aten 
ciones generales del país, llega el que debe darse 
para las atenciones provinciales y municipales, lo 
que por consumos se satisface, y, finalmente, todas 
las contribuciones de carácter indirecto que acuden 
por el resto de lo que las otras hayan dejado al 
habitante del pueblo. Una cosecha perdida , un fe 
nómeno atmosférico, perjudican á la regularidad de 
los ingresos, lleva la ruina al seno de las familias, 
privándolas de todo medio de reemplazar aquellos 
productos. La vida del labrador llega por estas 
múltiples causas á hacerse casi imposible, y justifi- 



— 198 — 

ca, en cierto modo, el que la juventud busque nue- 
vas vías para su actividad, que los pequeños pue- 
blos vayan disminuyendo en importancia al par que 
la acrecientan los grandes centros de población, 
donde si la vida es más cara, existen, como com- 
pensación, mayores medios de atender á satisfacer 
las necesidades de la misma. 

En el orden económico, así como en el político, 
las relaciones entre el pueblo y la capital sólo su- 
ponen la absorción por esta última de los elementos 
de riqueza de aquél y el mantenimiento de una 
situación llamada á grandes reformas, cuando los 
intereses generales del país sean más atendidos qua 
los de determinada parcialidad política. 

III 

El centro, la gran capital, no ha beneficiado al 
pueblo; pero su influencia para él mal es evidente, 
aunque sea irresponsable de ella. 

El habitante del pueblo ha estado en la corte; 
ha gozado breves horas ó breves días sus placeres 
y ha podido formarse equivocada idea de la misma. 
No ha tenido para nada en cuenta las costumbres 
de los hombres trabajadores ; pero en cambio le han 
solicitado los holgazanes y los vagos; no ha visto 
en la mujer á la virtud que lucha y vence, sino á la 
debilidad que se inclina y cae; desconoce sus fá- 
bricas, sus talleres y sus escuelas, pero conoce sus 
plazas de toros y sus teatros y sus salones de baile; 
ha estado en la corte á divertirse y vuelve de ella 
con la errónea impresión de que la población de la 
corte no hace otra cosa más que salir de un con- 
cierto para entrar en un café. 

Al burdo chaquetón sucede la americana; al 
vestido modesto de lana, confeccionado en el hogar, 
el traje de seda preparado por hábil modista de la 
corte. 



— 199 — 

Los Ateneos y Casinos de Madrid son llevados 
al pueblo, pero en una forma qué no contribuye al 
progreso; mas puede contribuir á la ruina de las fa- 
milias. 

Se desea leer; pero se prescinde del libro y se 
recurre al periódico, y sobre todo al periódico apa- 
sionado y violento. 

La antigua piedad se va borrando; las tradicio- 
nes de la familia española se van perdiendo; los 
mutuos respetos empiezan á desconocerse. En una 
palabra: lo malo de la corte se adopta y de lo bue- 
no se prescinde. Un espíritu de imitación inspira 
los actos todos de los habitantes del pueblo y un 
ansia inmoderada de vida, de movimiento, de tras- 
lación, se apodera de ellos; los límites del horizonte 
les parecen estrechos, el pueblo sombrío, las casas 
mezquinas, la campana del templo no les arranca 
de la indiferencia y el pequeño cercado en que re- 
posan los restos de los que fueron les horroriza. 
Quisieran volar, trasponer los montes, desligarse de 
aquella tierra en que tan profundas raices tuvieron 
sus familias, y cuando escuchan entre el silencio de 
la noche el ruido de la locomotora que salva dis- 
tancias enormes por la vía férrea próxima al pue- 
blo, traducen su estridente silbido como la carca- 
jada de un demonio que se burla de su impotencia 
y de su forzada quietud. 



— 200 — 



INDICE 



PÁGINAS. 

Periodismo madrileño, 178 8- 1888 5 

Los autos sacramentales de Calderón. . . . . 19 

La imprenta Real en el siglo xvm 41 

Imprentas de Madrid en el siglo xvm 53 

Misterios de bastidores en 1802 63 

Un retrato de príncipe 75 

El panteón nacional 81 

Un hallazgo bibliográfico en defensa del Teatro. 87 

Cervantes en Argel. . . . 95 

Un día célebre en la Imprenta Real 103 

Un periódico franco -español (1804).. ........ 111 

Muerte de Lope de Vega 119 

Diario oficial de avisos de Madrid 131 

La Gaceta prohibida 137 

Vendedores de periódicos en el siglo último. ... 141 

Españoles y portugueses ..^ 149 

El retrato de Tirso de Molina 155 

Monumento de Quintana 159 

Un recuerdo á Hartzenbusch 165 

Renacimiento del arte de la pintura en España.. 173 

El pueblo y la capital 193 



CV2 



Oniversity ol Toronte 
Library 



DO NOT 

REMOVE 

THE 

CARD 

FROM 

THIS 

POCKET 



Q 

• ti* 
K 




Acmé Library Card Pocket 
Under Pat. "Ref. Index Fiie" 

Made by LIBRARY BÜREAÜ